ENTUSIASMO ENERGIZADO POR CROWLEY :

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ENTUSIASMO ENERGIZADO POR CROWLEY :

Mensaje  mariocesar el Jue Ago 26, 2010 11:25 pm

ENTUSIASMO ENERGIZADO POR CROWLEY :

Una Nota sobre la Teurgia
ALEISTER CROWLEY

© 2005 Traducción castellano Lis Prado.

IAO el Uno supremo de los Gnósticos, el Dios verdadero, es el Señor
de este trabajo. Por consiguiente, ¡invoquémosle a Él por ese nombre
que los Compañeros del Arco regio blasfeman para que nos ayude
en el ensayo a declarar el medios que Él nos ha otorgado!

La consciencia divina que es reflejada y refractada en los trabajos del
Genio se alimenta de una cierta secreción, según creo. Esta secreción
es análoga al semen, pero no idéntica a éste. Hay no más que unos
pocos hombres y menos mujeres, siendo esas mujeres
invariablemente andróginas, que la poseen en algún momento en
cualquier cantidad.
Tan estrechamente está conectada esta secreción con la economía
sexual que a veces me parece como si pudiera ser un producto
derivado de ese proceso que genera semen. Que alguna forma de
esta doctrina ha sido generalmente aceptada está demostrado en las
prohibiciones de todas las religiones. Se ha pretendido que la
santidad depende de la castidad, y la castidad casi siempre ha sido
interpretada como abstinencia. Pero dudo si la relación es tan simple
como esto entrañaría; por ejemplo, yo descubro en mí mismo que las
manifestaciones de fuerza creativa mental siempre se hallan de
acuerdo con alguna condición anormal de los poderes físicos de
generación. Pero no es el caso de que largos períodos de castidad,
por un lado, o exceso de orgías, por el otro, sean favorables a su
manifestación o siquiera a su formación.

Me conozco a mí mismo, y en mí es extremadamente fuerte; sus
resultados son sorprendentes.

Por ejemplo, escribí "Tannhauser", completo desde la concepción
hasta la ejecución, en sesenta y siete horas consecutivas. Estaba
consciente de la caída de las noches y los días, incluso después de
parar; ni hubo reacción alguna de fatiga. Esta obra fue escrita
cuando tenía veinticuatro años, enseguida de la consumación de
una orgía que normalmente me hubiera rendido de cansancio.
Más y más frecuentemente he notado que la así llamada satisfacción
sexual me ha dejado insatisfecho y sin fatigarme, y ha soltado los
diluvios de versos que han deshonrado mi carrera.
No obstante, por el contrario, un período de castidad algunas veces
me ha fortalecido para un gran estallido. Esto dista de ser
invariablemente el caso. Al concluir la expedición al K2, después de
cinco meses de castidad, no realicé obra de ninguna clase, excepto
por unas pocas líricas casuales, durante meses después.
Puedo mencionar el año 1911. En este momento yo estaba viviendo,
en excelente buena salud, con la mujer a quien amaba. Su salud era,
sin embargo, variable, y ambos estábamos constantemente
preocupados.
El clima era continuamente agradable y caluroso. Por un período
como de tres meses difícilmente me perdía una mañana; siempre al
levantarme prorrumpía con una nueva idea que tenía que ser
escrita.

La energía total de mi ser era muy alta. Mi peso era de 148 libras,
que había sido mi peso de luchador cuando era diez años más joven.
Caminábamos unas veinte millas diarias a través del bosque de
colinas.
La cantidad existente de manuscritos escritos en este tiempo es
sorprendente; su variedad lo es más aún; de su excelencia no
hablaré.
Aquí hay una lista aproximativa de memoria; ésta dista de ser
exhaustiva:


(1) Como una docena de libros de instrucción de la A\ A\ ,
incluyendo liber Astarte, y el Temple of Solomon the King para el
"Equinox VII".
(2) Historias cortas: The Woodcutter.
His Secret Sin.
(3) Obras dramáticas: His Majesty's Fiddler.
Elder Eel.
Adonis. escritos sin demora,
The Ghouls. uno tras el otro.
Mortadello.
(4) Poemas: The Sevenfold Sacrament.
A Birthday.
(5) Fundamentos de la Qabalah Griega (comprendiendo el
acopiamiento y el análisis de varios miles de palabras).
Pienso que este fenómeno es único en la historia de la literatura.
Además puedo referirme a mi segundo viaje a Argelia, donde mi
vida sexual, aunque totalmente llena, había sido insatisfactoria. Al
salir de Biskra, estaba tan lleno de ideas que tuve que bajar del tren
en El Kantara, donde escribí "The Scorpion". Cinco o seis poemas
fueron escritos en el camino a París; "The Ordeal of Ida Pendragon"
durante mis veinticuatro horas de estadía en París, y "Snowstorm" y
"The Electric Silence" inmediatamente al regresar a Inglaterra.
Para sintetizar, siempre puedo rastrear una conexión entre mi
condición sexual y la condición de creación artística, que es tan
estrecha como para aproximarse a la identidad, y no obstante tan
indefinida que no puedo proclamar ni una sola proposición
importante.

Son estas consideraciones las que me dan dolor cuando soy
reprochado por el ignorante con que deseo producir el genio
mecánicamente. Puedo fracasar, pero mi fracaso es mil veces más
grande que su mayor éxito.
Basaré mis notas, por consiguiente, no tanto en las observaciones
que he hecho yo mismo, y los experimentos que he probado, como
en los métodos clásicos aceptados de producir ese entusiasmo
energizado que es la palanca que mueve a Dios.


Los griegos dicen que hay tres métodos de descargar la genial
secreción de la que he hablado. Ellos pensaron quizá que sus
métodos tendían a segregarla, pero yo no creo esto del todo, o sin
escrúpulo. Porque la manifestación de fuerza entraña fuerza, y esta
fuerza debe haber venido de algún lado. Hallo más fácil, decir
"subconsciencia" y "secreción" que postular un receptáculo externo,
extender mi connotación del "hombre" que inventar a "Dios".
Sin embargo, parsimonia aparte, hallo en mi experiencia que es
inútil azotar a un caballo cansado. Hay momentos en que estoy
absolutamente despojado de siquiera una gota de este elixir. Nada
lo repone, ni quedarse en cama, ni las drogas, ni el ejercicio. Por otra
parte, a veces cuando después de un riguroso período de trabajo
había caído de fatiga física, quizás tendido con los brazos y piernas
abiertos sobre el suelo, demasiado cansado para mover una mano o
un pie, la ocurrencia de una idea me ha repuesto a perfecta
intensidad de energía, y el llevar a cabo esa idea ha acabado en
efecto con la fatiga física mencionada aunque involucró una gran
labor adicional.

Exactamente paralelo (no encontrándose en ninguna parte) es el
caso de la manía. Un loco puede luchar contra seis atletas
entrenados durante horas, y no mostrar ningún signo de fatiga.
Entonces repentinamente colapsa, pero ante un aviso de un segundo
de parte la idea irritable reanudará la lucha tan fresco como siempre.
Hasta que descubrimos la "acción muscular inconsciente" y sus
efectos, era racional suponer que tal hombre estaba "poseído por un
diablo"; y la diferencia entre el loco y el genio no está en la cantidad
sino en la calidad de su trabajo. La genialidad es organizada, la
locura, caótica. Frecuentemente la organización del genio es sobre
líneas originales, y los ignorantes y desequilibrados curanderos lo
confunden con desorden. El tiempo ha demostrado que Whistler y
Gauguin "tenían reglas" al igual que los maestros a quienes se
suponía que desconcertaban.

Los griegos dicen que hay tres métodos de descargar la botella de
Leiden del Genio. Ellos asignan estos tres métodos a tres Dioses.
Estos tres Dioses son Dionisios, Apolo, Afrodita. En inglés: vino,
mujer y canción.

Ahora, sería un gran error imaginar que los griegos estaban
recomendando una visita a un burdel. Así como condenar la misa
cantada en St. Peter's fundándose en haber sido testigo de una
reunión de despertar religioso protestante. El desorden es siempre
una parodia del orden, porque no existe un desorden arquetípico al
que pudiera semejarse. Owen Seaman puede parodiar a un poeta,
nadie puede parodiar a Owen Seaman. Una crítica es un atado de
impresiones; no hay ego detrás de ésta. Todas las fotografías son
esencialmente parecidas; los trabajos de todos los buenos pintores
esencialmente difieren.
Algunos escritores suponen que en los antiguos ritos de Eleusis el
Sumo Sacerdote copulaba públicamente con la Suma Sacerdotisa. Si
así fuese, esto no sería más "indecente" de lo que es "blasfemo" para
el cura convertir en pan y vino el cuerpo y la sangre de Dios.
Cierto, los protestantes dicen que es blasfemo; pero un protestante
es alguien para quien las cosas sagradas son profanas, cuya mente
siendo toda suciedad no puede ver en el acto sexual nada excepto
un crimen o una jarana, cuyos únicos gestos faciales son una mirada
de desprecio y una ojeada lasciva.
El Protestantismo es el excremento del pensamiento humano, y por
ende en los países protestantes el arte, si es que existe en absoluto,
sólo existe para rebelarse. Retornemos de esta alusión desabrida a
nuestra consideración de los métodos de los griegos.

Concordemos entonces en que del hecho de que vino, mujer y
canción, creen la taberna del marinero no resulta que esos
ingredientes deban necesariamente preparar una pócima infernal.
Existen personas tan simples como para pensar que, cuando han
probado que el instinto religioso es una mera eflorescencia del
instinto sexual, han destruido la religión.
Más bien deberíamos considerar que la taberna del marinero le da a
él su único vislumbre del paraíso, lo mismo que la crítica destructiva
a los falicistas ha probado únicamente que el sexo es un sacramento.
La conciencia, dice el materialista, hacha en mano, es una función
del cerebro. Él únicamente ha reformulado el viejo dicho, "Vuestros
cuerpos son templos del Espíritu Santo".
Ahora bien, el sexo es justamente santificado en este sentido, que es
el fuego eterno de la raza. Huxley admitió que "algunos de los
animálculos más inferiores son en un sentido inmortales", porque

, porque
siguen reproduciéndose eternamente por división y por muchas
veces que dividas a "x" por 2 siempre queda algo. Pero parece no
haber entendido nunca que la humanidad es inmortal exactamente
en el mismo sentido, y continúa reproduciéndose a sí misma con
similares características a través de las eras, modificada por las
circunstancias, por cierto, pero siempre idéntica en sí misma. Pero la
flor espiritual de este proceso es que en el momento de la descarga
ocurre un éxtasis físico, un espasmo análogo al espasmo mental que
da la meditación. Y además, en el uso sacramental y ceremonial del
acto sexual, se puede alcanzar la consciencia divina.

Siendo el acto sexual, entonces, un sacramento, resta considerar en
qué respecto esto limita el empleo de los órganos.
Primero, es obviamente legítimo emplearlos para su propósito físico
natural. Pero si fuera permisible usarlos ceremonialmente con un
propósito religioso, hallaremos al acto rodeado de muchas
restricciones.
Porque en este caso los órganos se vuelven santos. Poco importa a la
mera propagación que los hombres sean viciosos; el libertino más
licencioso podría y casi ciertamente engendraría más hijos sanos que
un gazmoño semi sexuado. Por lo tanto las restricciones llamadas
"morales" no están basadas en la razón; así que son desdeñadas.
Pero admítase su función religiosa, y uno puede al instante formular
que el acto no debe ser profanado. No debe ser emprendido ligera y
tontamente sin excusa.

Puede ser emprendido con el claro objetivo de continuar la raza.
Puede ser emprendido en obediencia a la pasión real; porque la
pasión, como el nombre entraña, es más bien inspirada por una
energía de fuerza y belleza divinas más allá de la voluntad del
individuo, con frecuencia hasta en contra de ésta.

Es el casual o habitual — lo que Cristo llamaba "vano" — uso o más
bien abuso de estas energías lo que constituye su profanación.
Además será obvio que, si el acto en sí mismo ha de ser el
sacramento de una ceremonia religiosa, este acto debe llevarse a
cabo solamente por amor a Dios. Todas las consideraciones
personales deben ser proscriptas completamente. Lo mismo que
cualquier sacerdote puede realizar el milagro de la
transubstanciación, así puede cualquier hombre, que posea las
capacidades necesarias, realizar este otro milagro, cuya naturaleza
debe formar el tema de una discusión subsiguiente.
Habiéndose destruido las metas personales, es "a fortiori" necesario
desdeñar las consideraciones sociales y otras similares.

La fuerza y belleza físicas son necesarias y deseables por razones
estéticas, quedando la atención de los adoradores expuesta a la
distracción, si los celebrantes son feos, deformes, o incompetentes.
Apenas preciso enfatizar la necesidad de un autocontrol y una
concentración estrictísimos de su parte. Como sería blasfemia
disfrutar del sabor grosero del vino del sacramento, por lo tanto
debe el celebrante suprimir hasta la más mínima manifestación de
placer animal. De los exámenes calificativos no hay necesidad de
hablar; es suficiente decir que los adeptos siempre han sabido cómo
asegurar la eficiencia.
Es innecesario también insistir sobre una cualidad similar en los
asistentes; la excitación sexual debe ser suprimida y transformada
en su equivalente religioso.

Con estos preliminares establecidos a fin de guardarse contra
críticas previstas de aquellos protestantes que, habiéndolos hecho
Dios un poco más inferiores que los Ángeles, se han hecho a ellos
mismos mucho más inferiores que las bestias mediante su
consistentemente bestial interpretación de todas las cosas humanas
y divinas, podemos considerar primero la naturaleza triuna de estos
antiguos métodos de entusiasmo energizante.
La música tiene dos partes; tono o modo, y ritmo. La última
cualidad se asocia con la danza, y esa parte de danzar que no es
ritmo es sexo. Ahora, aquella parte del sexo que no es una forma de
la danza, el movimiento animal, es embriaguez del alma, que lo

conecta con el vino. Identidades adicionales se sugerirán por ellas
mismas al estudiante.
Mediante el uso de los tres métodos en uno todo el ser del hombre
puede así ser estimulado.

La música creará una armonía general del cerebro, conduciéndolo
en sus propios senderos; el vino brinda un estímulo general de la
naturaleza animal; y la excitación del sexo eleva la naturaleza moral
del hombre por su estrecha analogía con el éxtasis más alto. Le resta
siempre a él, sin embargo, hacer la transmutación final. A menos
que tenga la secreción especial que he postulado, el resultado será
común.

Tan consonante es este sistema con la naturaleza del hombre que es
exactamente parodiado y profanado no sólo en la taberna del
marinero, sino en el baile de sociedad. Acá, para las naturalezas más
inferiores el resultado es la ebriedad, la enfermedad y la muerte;
para las naturalezas medias un embotamiento gradual de los
sentimientos más finos; para las un poco más altas, un alborozo que
asciende, en el mejor de los casos, a la cimentación de un amor para
toda la vida.
Si estos "ritos" de Sociedad se realizan apropiadamente, no debería
haber agotamiento. Después de un baile, uno debería sentir la
necesidad de una larga caminata en el aire fresco de la mañana. El
cansancio o el aburrimiento, el dolor de cabeza o la somnolencia,
son advertencias de la Naturaleza.

Ahora, el propósito de un baile semejante, la actitud moral al entrar,
a mí me parece que es de suprema importancia. Si vas con la idea de
matar el tiempo, más bien te estás matando a ti mismo. Baudelaire
habla del primer período del amor cuando el muchacho besa los
árboles del bosque, antes que no besar nada. A la edad de treinta y
seis me hallé a mí mismo en Pompeya, besando apasionadamente la
gran estatua grave de una mujer que está en la avenida de las
tumbas. Ahora mismo, al despertar por la mañana, a veces empiezo
a besar mis propios brazos.
Es con un sentimiento semejante que uno debería ir un baile, y con

un sentimiento semejante intensificado, purificado y exaltado, que
uno debería abandonarlo.
Si esto es así, ¡cuánto más si uno va con el claro propósito religioso
quemando en todo el ser de uno! Beethoven rugiendo el amanecer
no es un espectáculo extraño para mí, que grito con alegría y
maravilla, cuando entiendo (sin lo que no puede decirse realmente
que uno vea jamás) una brizna de pasto. Caigo de rodillas en
sobrecogida adoración a la luna; con santo temor reverente escondo
mis ojos de un buen Van Gogh.
Imagina entonces un baile en el que la música es el coro celestial, el
vino es el vino del Grial, o el del Sabat de los Adeptos, y el cónyuge
de uno es el Infinito y Eterno Uno, ¡el Verdadero y Viviente Dios
Altísimo!

Ve incluso a un baile común — el Moulin de la Galette le servirá
hasta al más ínfimo de mis magos — con toda tu alma ardiendo
dentro de ti, y toda tu voluntad concentrada en estas
transubstanciaciones, ¡y cuéntame qué milagro tiene lugar!
Es el odio a, el disgusto por, la vida que lo envía a uno al baile
cuando uno es viejo; cuando uno es joven uno está a los saltos hasta
que cae la hora; pero el amor a Dios, que es el único amor
verdadero, no disminuye con la edad; se hace más profundo y más
intenso con cada satisfacción. Parece como si en los hombres más
nobles esta secreción constantemente se acrecentara — lo que
ciertamente sugiere un receptáculo externo — de forma que la vejez
pierde toda su amargura. Hallamos al "Hermano Lawrence",
Nicholas Herman de Lorraine, a la edad de ochenta en disfrute
continuo de la unión con Dios.
Buda con igual edad corría de arriba a abajo por los Ocho Altos
Trances como un acróbata en una escalera; relatos no muy disímiles
se cuentan de Bishop Berkeley. Muchas personas no han alcanzado
la unión en absoluto hasta la mediana edad y, entonces, rara vez la
han perdido.

Es cierto que el genio, en el sentido ordinario de la palabra, casi
siempre se ha manifestado en los jóvenes. Quizás deberíamos
considerar los casos como el de Nicholas Herman como casos de
genio adquirido.
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Re: ENTUSIASMO ENERGIZADO POR CROWLEY :

Mensaje  mariocesar el Jue Ago 26, 2010 11:32 pm

Ahora, yo ciertamente soy de la opinión de que el genio puede
adquirirse, o, alternativamente, que es una posesión por poco
universal. Su rareza puede atribuirse a la aplastante influencia de
una sociedad corrupta. Es raro conocer a un joven sin altos ideales,
pensamientos generosos, un sentido de santidad, de su propia
importancia, lo que, al ser interpretado, es, de su propia identidad
con Dios. Tres años por el mundo, y es un empleado bancario o
hasta un oficial de gobierno. Sólo los que entienden intuitivamente
desde la temprana puericia que deben apartarse, y que tienen un
coraje y resistencia increíbles para hacer esto enfrentando toda esa
tiranía, dureza, y lo que el desprecio de los inferiores puede hacer;
sólo éstos llegan a la hombría incontaminados.
Todo pensamiento serio o espiritual es convertido en broma; se cree
a los poetas "suaves" y "cobardes", aparentemente porque son los
únicos muchachos con voluntad propia y coraje para mantenerse
firme contra toda la escuela, muchachos y maestros aliados como
una vez lo estuvieron Pilatos y Herodes; el honor es reemplazado
por la conveniencia, la santidad por la hipocresía.

Incluso donde hallamos semilla completamente buena que brota en
suelo favorable, con demasiada frecuencia hay un malgasto de a
poquitos de las energías. El aliento afable a un poeta o pintor es
mucho peor para él que cualquier cantidad de oposición. Acá
nuevamente la cuestión del sexo (C. del S. así llamada por los
tolstianos, los fabricantes de castidad, comedores de nueces, y los
que no hablan ni piensan en nada más) introduce su hórrida cabeza.
Creo que todo muchacho es originalmente consciente del sexo como
sagrado. Pero no sabe qué es. Con infinita cortedad, pregunta. El
maestro contesta con horror santo; el muchacho con una baja mirada
lasciva, una risa furtiva, quizás peor.
Estoy inclinado a concordar con el Director de Eton que las pasiones
pederastas entre los escolares "no hacen daño"; más aún, las
considero el único rasgo redentor de la vida sexual en las escuelas
públicas.

Los hindúes son más sabios. En la bien observada hora de la
pubertad el muchacho es preparado como para un sacramento; e
es
conducido a un templo debidamente consagrado, y ahí por una
sabia y santa mujer, experta en el arte, y dedicada a este fin, es
iniciado con toda solemnidad en el misterio de la vida. El acto es, de
este modo, declarado religioso, sagrado, impersonal, completamente
aparte del amorismo, el erotismo, el animalismo y el
sentimentalismo, y de todas las otras vilezas que el protestantismo
ha hecho de éste.
La Iglesia Católica preservó, creo, hasta cierto punto la tradición
pagana. El matrimonio es un sacramento. Pero en el intento de
privar al acto de todas las acrecencias que lo profanarían, los Padres
de la Iglesia añadieron a pesar de sí mismos otras acrecencias que lo
profanaron más. Lo ligaron a la propiedad y la herencia. Desearon
que sirviera tanto a Dios como a Mamón.
Correctamente restringiendo al sacerdote, que debería emplear toda
su energía en el milagro de la Misa, descubrieron que su consejo era
un consejo de perfección. La tradición mágica estaba perdida en
parte; el sacerdote no podía hacer lo que se esperaba de él, y la
porción no gastada de su energía se volvía agria.
De ahí que los pensamientos de los sacerdotes, igual que los
pensamientos de los chiflados modernos, giraba eternamente
alrededor de la C. del S.

Una Misa Secreta y especial, una Misa del Espíritu Santo, una Misa
del Misterio de la Encarnación, que se realizara a intervalos
establecidos, podría haber salvado tanto a los monjes como a las
monjas, y haberle dado a la Iglesia un dominio eterno del mundo.
Retornando. La rareza del genio es en gran parte debida a la
destrucción de sus jóvenes. Así como en la vida física la planta
favorecida es aquella de la cual alguna vez germina una brizna de
una de sus miles de semillas, así también las condiciones matan a
todos excepto a los más fuertes hijos del genio.

Pero lo mismo que los conejos aumentaron aceleradamente en
Australia, donde se supo que hasta un misionero engendró noventa
niños en dos años, así seremos capaces de producir el genio si
podemos hallar las condiciones que lo estorban, y las removemos.
El paso práctico obvio a dar es restablecer los ritos de Baco, Afrodita
y Apolo a su lugar apropiado. No deberían ser revelados a todos, y

la hombría debería ser la recompensa de la ordalía e iniciación.
Los exámenes físicos deberían ser severos, y los debiluchos deberían
ser matados antes que preservados artificialmente. La misma
observación se aplica a los exámenes intelectuales. Pero tales
exámenes deberían ser tan amplios como sea posible. Yo era un
absoluto inútil en la escuela en toda forma de atletismo y juegos,
porque los despreciaba. Poseía, y aún poseo, numerosos récords
mundiales de alpinismo. Similarmente, los exámenes no logran
probar la inteligencia. Cecil Rhodes se rehusaba a emplear a
cualquier hombre que tuviera un grado universitario. Que tales
grados conduzcan al honor en Inglaterra es un signo de la
decadencia de Inglaterra, aunque hasta en Inglaterra son
usualmente peldaños al ocio clerical o a la esclavitud pedagógica.

Tal es un esbozo punteado del cuadro que deseo dibujar. Si el poder
de poseer propiedad dependiera de la competencia del hombre, y su
percepción de valores reales, se crearía al instante una nueva
aristocracia, y el mortal hecho de que la consideración social varía
con el poder de comprar champaña dejaría de ser un hecho. Nuestra
pluto-hetera-politicocracia caería en un día.
Pero estoy demasiado enterado de que no es probable que un
cuadro tal se pinte. Sólo podemos, entonces, trabajar pacientemente
y en secreto. Debemos seleccionar material adecuado y adiestrarlo
con la mayor reverencia para estos tres métodos maestros, o ayudar
al alma en su orgasmo genial.

Esta actitud reverente es de una importancia que no puedo valorar
por demás. La gente normal halla alivio de cualquier excitación
general o especial en el acto sexual.
El comandante Marston, A.R., cuyos experimentos sobre el efecto
del tantán sobre la mujer inglesa casada son clásicos y concluyentes,
ha descripto admirablemente cómo la vaga intranquilidad que ella
muestra al principio gradualmente asume forma sexual, y culmina,
si se le permite hacerlo así, en masturbación desvergonzada o
propuestas indecentes. Pero este es un corolario natural de la
proposición de que las mujeres inglesas casadas usualmente no

conocen la satisfacción sexual. Sus deseos son constantemente
estimulados por maridos brutales e ignorantes, y nunca gratificados.
Este hecho nuevamente da cuenta del asombroso predominio del
Safismo en la Sociedad de Londres.
Los hindúes advierten a sus alumnos contra los peligros de los
ejercicios respiratorios. Por cierto, la más ligera flojedad en los
tejidos morales o físicos puede hacer que la energía acumulada por
la práctica se descargue por una emisión involuntaria. He sabido
que esto pasa por propia experiencia.
Es entonces de la mayor importancia darse cuenta que el alivio de la
tensión ha de hallarse en lo que los hebreos y los griegos llamaron
profetizar, y que es mejor cuando está organizado haciéndolo arte.
La descarga desordenada es mero desperdicio, una mescolanza de
aullidos; la descarga ordenada es un "Prometheus Unbound", o
"L'age d'airain", conforme a las aptitudes especiales de la persona
entusiasmada. Pero debe recordarse que las aptitudes especiales son
muy fáciles de adquirir si la fuerza impulsora del entusiasmo es
grande. Si no puedes seguir las reglas de otros, haces reglas propias.
Un conjunto resulta ser a largo plazo exactamente tan bueno como
otro.

De Henry Rousseau, el aduanero, se rieron toda su vida. Yo me reí
tan a carcajadas como el resto; si bien, casi a pesar de mi mismo,
seguía diciendo (como reza la frase) "que sentía algo; no podía decir
qué".
En el momento que a alguien se le ocurrió colgar todas sus pinturas
solas en una habitación, fue aparente instantáneamente que su
"candidez" era la simplicidad de un Maestro.
Que ninguno imagine, entonces, que no logro percibir o que
subestimo los peligros de emplear estos métodos. El acontecimiento
de incluso un asunto tan simple como la fatiga podría convertir a
Las Meninas en una estúpida crisis sexual.
Será necesario para la mayor parte de los hombres ingleses emular
el autocontrol de los árabes e hindúes, cuyo ideal es desvirgar al
mayor número posible de vírgenes — ochenta se considera un
desempeño bastante bueno — sin completar el acto.
Es, por cierto, de primera importancia para el celebrante en
cualquier rito fálico ser capaz de completar el acto sin permitir
siquiera una vez que un pensamiento sexual o sensu
sensual invada su
mente. La mente debe estar absolutamente despegada del propio
cuerpo como lo está del de otra persona.

De los instrumentos musicales pocos son adecuados. La voz
humana es lo mejor, y la única que puede ser útilmente empleada en
coro. Cualquier cosa parecida a una orquesta entraña infinito
ensayo, e introduce una atmósfera de artificialidad. El órgano es un
digno instrumento de solo, y es una orquesta en sí mismo, mientras
que su tono y asociaciones favorecen la idea religiosa.
El violín es el más útil de todos, porque cada humor suyo expresa el
ansia por el infinito, y sin embargo es tan móvil que tiene un alcance
más grande que cualquiera de sus competidores. Debe prescindirse
del acompañamiento, a menos que haya un arpista disponible.
El armonio es un instrumento horrible, aunque más no sea por sus
asociaciones; y el piano es parecido a éste, aunque, si invisible y
tocado por un Paderewski, serviría.
La trompeta y la campana son excelentes, para sobresaltar, en la
crisis de una ceremonia.
Caliente, apaleador, apasionado, en una clase diferente de
ceremonia, una clase más intensa y directa, pero en conjunto menos
exaltada, el tantán no tiene igual. Combina bien con la práctica del
mantra, y es el mejor acompañamiento para cualquier danza
sagrada.

De las danzas sagradas la más práctica para una reunión es la danza
sentada. Uno se sienta con las piernas cruzadas en el piso, y se mece
en vaivén desde las caderas con el mantra. Un solo o un dueto de
bailarines como espectáculo más bien distrae de este ejercicio. Yo
sugeriría una luz muy chica y muy brillante en el piso en el medio
de la habitación. Una habitación semejante es mejor enlosada con
mosaico en mármol; una alfombra común de Logia de Francmasón
no está mal.
Los ojos, si es que ven algo, ven, entonces, sólo los cuadros rítmicos
y mecánicos que conducen en perspectiva a la simple luz no
parpadeante.

El balanceo del cuerpo con el mantra (que tiene un hábito de subir y

bajar como espontáneamente de un modo muy fantástico) se
acentúa más; por último un estado curiosamente espasmódico
ocurre, y entonces la conciencia flamea y se extingue; quizás se abre
paso a la conciencia divina, quizás es meramente vuelta en sí por
alguna variable en la impresión externa.
Lo antedicho es una descripción muy simple de una forma de
ceremonia muy simple y fervorosa, basada enteramente en el ritmo.
Es muy fácil de preparar, y sus resultados son usualmente muy
alentadores para el principiante.


Siendo el vino un mofador y la bebida alcohólica enfurecedora, es
más probable que su uso derive en problemas que la mera música.
Una dificultad esencial es la dosificación. Uno necesita exactamente
lo suficiente; y, como Blake señala, uno sólo puede distinguir cuánto
es suficiente tomando demasiado. Para cada hombre la dosis varía
enormemente; así también para el mismo hombre en diferentes
momentos.

La escapatoria ceremonial de esto es tener un servidor silencioso
que sostenga el cuenco de libación, y lo presente a cada uno por
turno, a intervalos frecuentes. Deberían beberse pequeñas dosis, y
pasarse el cuenco, tomado conforme el adorador lo crea
conveniente. Sin embargo, el copero debería ser un iniciado, y usar
su propia discreción antes de presentar el cuenco. El más ligero
signo de que la embriaguez está dominando al hombre debería ser
un signo para él de pasar a ese hombre.
Esta práctica puede fácilmente adecuarse a la ceremonia
previamente descripta.
Si se desea, en vez de vino, puede emplearse el elixir introducido
por mí a Europa. Pero sus resultados, si se usan de este modo, no
han sido estudiados a fondo hasta ahora. Reparar esta negligencia es
mi propósito inmediato.

La excitación sexual, que debe completar la armonía del método,
presenta un problema más difícil.
Es excepcionalmente deseable que los verdaderos movimientos

corporales involucrados sean decorosos en el sentido más elevado, y
mucha gente está tan mal disciplinada que será incapaz de
considerar una ceremonia semejante con ojos que no sean críticos o
lascivos; cualquiera de los dos serían fatales para todo lo bueno ya
realizado. Es presumiblente mejor esperar hasta que todos los
presentes estén muy exaltados antes que arriesgarse a una
profanación.
No es deseable, en mi opinión, que los adoradores comunes celebren
en público.
El sacrificio debería ser individual.
Sea o no que...

Hasta acá había escrito cuando el distinguido poeta, cuya
conversación conmigo sobre los Misterios me había incitado a
apuntar estas pocas notas generales, tocó a mi puerta. Le dije que
estaba trabajando con las ideas por él sugeridas, y que — bueno,
estaba algo estancado. Pidió permiso para echar un vistazo al
manuscrito (porque lee inglés de corrido, aunque habla no más que
unas palabras), y habiéndolo hecho, se inflamó y dijo: "Si viene
conmigo ahora, terminaremos su ensayo". Bastante contento con
cualquier excusa para dejar de trabajar, cuanto más verosímil mejor,
me apresuré a descolgar mi sobretodo y sombrero.
"Entre paréntesis", observó en el automóvil, "entiendo que no le
molesta darme la Palabra de Rose Croix". Sorprendido, intercambié
con él los secretos de I.N.R.I. "Y ahora, muy excelente y perfecto
Príncipe", dijo, "lo que sigue está bajo este sello". Y me dio la más
solemne de todas las señas Masónicas. "Usted está por comparar",
dijo, "su ideal con nuestra realidad".

Tocó una campana. El automóvil se detuvo, y salimos. Despidió al
chofer. "Venga", dijo, "nos queda una activa media milla".
Caminamos por bosques espesos hasta una casa vieja, donde fuimos
saludados en silencio por un caballero que, si bien con traje de corte,
llevaba una muy "accesible" espada. Al satisfacerlo, se nos hizo
pasar por un corredor hasta una antesala, donde otro guardia
armado nos aguardaba. Él después de una inspección más, procedió
a ofrecerme un traje de corte, la insignia de un Príncipe Soberano de

Rose Croix, y una jarretera y un manto, le primera de seda verde, el
último de terciopelo verde, y rayado con seda cereza.
"Es una misa rezada", susurró el guardia. En esta antesala había
otros tres o cuatro, tanto damas como caballeros, poniéndose túnicas
diligentemente.

En una tercera habitación hallamos una procesión formada, y nos
unimos a ésta. Había veintiséis de nosotros en total. Pasando un
último guardia llegamos a la capilla misma, en cuya entrada estaban
parados un joven y una joven, vestidos ambos con túnicas simples
de seda blanca bordada en oro, rojo y azul. El primero cargaba una
antorcha de madera resinosa, la última nos roció cuando pasamos
con esencia de rosas de una copa.

La habitación en la que ahora estábamos una vez había sido una
capilla; este tanto lo declaraba su forma. Pero el altar mayor estaba
cubierto con una tela que exhibía la Rosa y la Cruz, mientras que
sobre éste había siete candelabros en fila, cada uno de siete brazos.
Las bancas habían sido conservadas; y en la mano de cada caballero
ardía un cirio de cera color rosa, y ante él había un ramo de rosas.
En el centro de la nave había una gran cruz — una "cruz del calvario
de diez cuadrados", que medía, digamos, seis pies por cinco —
pintada de rojo sobre una tabla blanca, en cuyo borde había argollas
por las que pasaban varas doradas. En cada esquina había un
estandarte que tenía un león, un toro, un águila y un hombre, y de la
punta de sus varas salía un dosel en azul, en donde estaban
delineados en oro los doce emblemas del Zodíaco.
Estando las Damas y los Caballeros instalados, repentinamente una
campana tintineó en el arquitrabe. Todos se levantaron
instantáneamente. Las puertas se abrieron con un estruendo de
trompeta desde afuera, y un heraldo avanzó, seguido por el Sumo
Sacerdote y la Sacerdotisa.

El Sumo Sacerdote era un hombre de casi sesenta años, si puedo
juzgar por la barba blanca; pero caminaba con el elástico empero
seguro paso de los treinta. La Suma Sacerdotisa, una orgullosa,
sombría mujer alta de quizás treinta veranos, caminaba a su lado,
sus manos alzadas y tocándose como en el minué. Sus colas eran
cargadas por los dos jóvenes que nos habían recibido.
Todo esto mientras un órgano invisible tocaba un introito.
Esto cesó cuando ellos tomaron sus lugares en el altar. Volvieron la
cara al oeste, esperando.

Al cerrarse las puertas, el guardia armado, que estaba vestido con
una túnica escarlata en vez de verde, desenvainó su espada, y fue de
arriba a abajo por el pasillo, cantando exorcismos y blandiendo la
gran espada. Todos los presentes desenvainaron sus espadas y
volvieron la cara hacia afuera, manteniendo las puntas frente a ellos.
Esta parte de la ceremonia pareció interminable. Cuando finalizó la
chica y el chico reaparecieron; cargando, la una un cuenco, el otro
un incensario. Cantando una letanía u otra, aparentemente en
griego, aunque yo no podía discernir las palabras, purificaron y
consagraron la capilla.

Ahora el Sumo Sacerdote y la Suma Sacerdotisa comenzaron una
letanía en versos rítmicos de igual largo. En cada tercera respuesta
se tocaban las manos de una manera peculiar, en cada séptima se
besaban. La vigésimo primera fue un abrazo completo. La campana
tintineó en el arquitrabe; y se separaron. El Sumo Sacerdote entonces
tomó del altar una botella curiosamente modelada para imitar un
falo. La Suma Sacerdotisa se arrodilló y presentó una copa de oro
con forma de bote. Él se arrodilló frente a ella, y no vertió de la
botella.
Ahora las Damas y los Caballeros comenzaron una larga letanía;
primero una Dama en atiplado, luego un Caballero en bajo, luego
una respuesta en coro de todos los presentes con el órgano. Este
Coro era:

¡EVOE HO, IACCHE! EPELTHON, EPELTHON, EVOE, ¡IAO! Una
y otra vez subió y bajó. Hacia su fin, ya sea por "efecto estado" o no,
no podría jurarlo, la luz sobre el altar se puso rosada, luego
púrpura. El Sumo Sacerdote aguda y repentinamente levantó su
mano; silencio instantáneo.
Ahora vertió el vino de la botella. La Suma Sacerdotisa se lo dio a la
chica servidora, que lo llevó a todos los presentes.
Este no era vino común. Se ha dicho del vodka que parece agua y

sabe a fuego. Con este vino el caso es lo inverso. Era de un rico oro
fogoso en el que llamas de luz bailaban y se sacudían, pero su sabor
era límpido y puro como agua fresca de manantial. Ni bien hube
bebido de él, sin embargo, comencé a temblar. Fue una sensación de
lo más asombrosa; puedo imaginar a un hombre que siente así
mientras aguarda a su ejecutor, cuando ya ha atravesado el miedo, y
es todo excitación.

Miré mi banca, y vi que todos estaban similarmente afectados.
Durante la libación la Suma Sacerdotisa cantó un himno,
nuevamente en griego. Esta vez reconocí las palabras; eran las de
una antigua Oda a Afrodita.
El chico servidor descendió ahora a la cruz roja, se inclinó y la besó;
luego bailó sobre ella de tal modo que parecía estar trazando los
diseños de una maravillosa rosa de oro, porque la percusión hacía
que una lluvia de polvo brillante cayera del dosel. Mientras tanto la
letanía (diferentes palabras, pero el mismo coro) comenzó otra vez.
Esta vez era un dueto entre el Sumo Sacerdote y la Sacerdotisa. En
cada coro las Damas y los Caballeros hacían una profunda
reverencia. La chica se movía alrededor continuamente, y el cuenco
pasaba.

Esto terminó con el agotamiento del chico, que cayó desmayándose
sobre la cruz. La chica inmediatamente tomó el cuenco y lo puso en
los labios de él. Luego lo levantó, y, con la asistencia del Guardián
del Santuario, lo condujo fuera de la capilla.
La campana tintineó otra vez en el arquitrabe.
El heraldo tocó un son de trompeta.

El Sumo Sacerdote y la Suma Sacerdotisa marcharon imponentes el
uno hacia el otro y se abrazaron, desatando en el acto las pesadas
túnicas doradas que vestían. Estas cayeron, lagos gemelos de oro.
Ahora la vi vestida con una ropa de muaré blanco, forrada de parte
a parte (como pareció más tarde) con armiño.
La vestimenta del Sumo Sacerdote era un elaborado bordado de
todos colores, armonizado por un exquisito empero robusto arte.
Llevaba también un peto que se correspondía con el dosel; una
"bestia" esculpida en oro en cada esquina, mientras que los doce
signos del zodíaco estaban simbolizados por las piedras del peto.
La campana tintineó otra vez más, y el heraldo otra vez hizo sonar
su trompeta. Los celebrantes se movieron de la mano por la nave
mientras el órgano tronaba sus solemnes armonías.
Todos las Damas y Caballeros se levantaron y dieron el signo
secreto de la Rose Croix.

Fue en esta parte de la ceremonia que comenzaron a pasarme cosas.
De repente me volví consciente de que mi cuerpo había perdido
tanto peso como sensibilidad táctil. Mi conciencia ya no parecía
estar situada en mi cuerpo. Me "confundí a mí mismo", si puedo
usar la frase, con una de las estrellas en el dosel.
De esta forma me perdí de ver a los celebrantes aproximándose
realmente a la cruz. La campana tintineó otra vez; volví en mí, y
entonces vi que la Suma Sacerdotisa, parada al pie de la cruz, había
echado su túnica sobre ésta, de forma que la cruz ya no era visible.
Había sólo una tabla cubierta con armiño. Estaba desnuda ahora
excepto por su colorido y enjoyado tocado, y el pesado collar de oro
alrededor de su cuello, y los brazaletes y tobilleras que hacían juego
con él. Comenzó a cantar en una suave lengua extranjera, tan bajo y
dulcemente que en mi aturdimiento parcial no podía oír todo; pero
discerní unas pocas palabras, ¡Io Paian! ¡Io Pan! y una frase en la que
las palabras IAO Sabao finalizaban enfáticamente una oración en la
que discerní las palabras Eros, Thelema y Sebazo.
Mientras ella hacía esto desató el peto y se lo dio a la chica
servidora. Siguió la túnica; vi que ellos estaban desnudos y no
tenían vergüenza. Por primera vez hubo un silencio absoluto.

Ahora, de cien boquillas que rodeaban la tabla se vertió un humo
púrpura perfumado. El mundo fue envuelto en una fina gasa de
niebla, sagrada como las nubes sobre las montañas.
Entonces, a una señal dada por el Sumo Sacerdote, la campana
tintineó una vez más. Los celebrantes extendieron sus brazos en
forma de cruz, entrelazando sus dedos. Lentamente dieron vueltas
por tres círculos y medio. Entonces ella lo tendió sobre la cruz, y
tomó su propio lugar designado.
El órgano otra vez trinó su música solemne.
Yo estaba insensible a todo. Sólo vi esto, que los celebrantes no
hacían ningún movimiento esperado. Los movimientos eran
extremadamente pequeños empero extremadamente fuertes.
Esto debe haber continuado por larguísimo tiempo. A mí me pareció
como si la eternidad misma no pudiera contener la variedad y
profundidad de mis experiencias. Ni la lengua ni la pluma podrían
registrarlas; y sin embargo estoy dispuesto a intentar lo imposible.

1. Yo era, cierta e indudablemente, la estrella en el dosel. Esta
estrella era un mundo incomprensiblemente enorme de llama pura.
2. Repentinamente me di cuenta de que la estrella no tenía tamaño
alguno. No era que la estrella se encogiera, sino que (=yo) se volvía
repentinamente consciente del espacio infinito.
3. Una explosión tuvo lugar. Yo era en consecuencia un punto de
luz, infinitamente pequeño, empero infinitamente brillante, y este
punto era "sin posición".
4. Por consiguiente este punto era ubicuo, y había un sentimiento de
aturdimiento infinito, enceguecido después de muchísimo tiempo
por un borbotón de arrebato infinito (uso la palabra "enceguecido"
como si fuera bajo coacción; habría preferido usar las palabras
"borrado" o "abrumado" o "iluminado").
5. Esta infinita llenura — no la he descripto como tal, pero era eso —
fue repentinamente transformada en un sentimiento de infinita
vacuidad, que se volvió consciente como un anhelo.
6. Estos dos sentimientos comenzaron a alternarse, siempre con
brusquedad, y sin sobreponerse de ningún modo, con gran rapidez.
7. Esta alternancia debe haber ocurrido cincuenta veces — más bien
querría haber dicho cien.
8. Los dos sentimientos repentinamente se volvieron uno.
Nuevamente la palabra explosión es la única que da alguna idea de
esto.
9. Ahora yo parecía ser consciente de todo a la vez, que esto era al
mismo tiempo "uno" y "muchos". Digo "a la vez", es decir, yo no era
sucesivamente todas las cosas, sino instantáneamente.
10. Este ser, si puedo llamarlo ser, pareció dejarse caer en un infinito
abismo de Nada.

11. Mientras esta "caída" duró, la campana tintineó tres veces.
Instantáneamente me volví mi yo normal, empero con una constante
conciencia, que no me ha dejado nunca hasta esta hora, de que la
verdad del asunto no es este "yo" normal sino "Eso" que todavía está
dejándose caer en la Nada. Me aseguran los que saben que puedo
ser capaz de retomar el hilo si asisto a otra ceremonia.

El tintineo desapareció gradualmente. La chica servidora se adelantó
corriendo velozmente y plegó el armiño sobre los celebrantes. El
heraldo tocó un son de trompeta, y las Damas y los Caballeros
dejaron sus bancas. Avanzando hasta la tabla, nos agarramos de los
palos dorados de transporte, y seguimos al heraldo en procesión
hacia afuera de la capilla, cargando la litera a una pequeña capilla
lateral que salía de la antesala media, donde la dejamos, cerrando el
guardia las puertas.
En silencio nos sacamos las túnicas, y dejamos la casa. A cerca de
una milla por el bosque hallamos el automóvil de mi amigo
esperando.
Le pregunté, si esa era una misa rezada, ¿no podría permitírseme
presenciar una misa cantada?
"Quizás", respondió él con una curiosa sonrisa, "si todo lo que dicen
de usted es cierto".

Mientras tanto me permitió describir la ceremonia y sus resultados
tan fielmente como yo fuera capaz, mandándome sólo que no diera
indicación alguna de la ciudad cerca de la cual tuvo lugar.
Estoy dispuesto a indicar a iniciados del grado Rose Croix de la
Masonería bajo la cédula apropiada de parte de las autoridades
genuinas (porque hay Masones ilegítimos trabajando bajo una
cédula falsificada) la dirección de una persona dispuesta a
considerar su aptitud para afiliarse a una Sede que practica ritos
similares.

Considero supererogatorio continuar mi ensayo sobre los Misterios
y mi análisis del "Entusiasmo Energizado".



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Re: ENTUSIASMO ENERGIZADO POR CROWLEY :

Mensaje  mariocesar el Lun Abr 18, 2016 1:13 pm

Frater Parakletos
Ayer a las 13:18 ·
EL RITO DE LAS ESTRELLAS INFINITAS
Enfrentando al Este, asume la forma divina de Hoor-paar-kraat y toma una inhalación profunda.
Exhala bruscamente arrojando tu mano hacia abajo, con las palabras:
¡Tua Ra! (¡Salve Ra!)
La Cruz de Luz
Tocando tu frente di:
¡Tua-tu-heru! (¡Los seres de las alturas te adoran a ti!)
Tocando los genitales:
¡Tua-tu-kheru! (¡Los seres de las profundidades te adoran a ti!)
Tocando el hombre derecho:
Neb sésep (Señor de irradiación)
Tocando el hombro izquierdo:
Kenti Het Hert (A la cabeza de la Gran Casa)
Cruzando los brazos sobre el pecho:
¡Háti-a en Kheperu! (¡Mi corazón, mi llegada al ser!)
Los Pentagramas
Haz un pentagrama exorcizante de Tierra en cada cuarto, cargándolo con las siguiente palabras:
Este: Tuamautef
Norte: Hapi
Oeste: Qebsennuf
Sur: Amset
Mirando al Este, eleva tus brazos hasta formar una cruz. Di.
Delante de mí Neith
Detrás de mí Serq
A mi derecha Isis
A mi izquierda Neftys
A mi alrededor arden las estrellas de Nuit
Y en mi interior arde la estrella de Hadit
¡Tua Ra!
Repite la Cruz de Luz como al comenzar, terminando en el Signo de Hoor-paar-kraat.
A B R A H A D A B R A
por Rodney Orpheus
Foto de Frater Parakletos.
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Re: ENTUSIASMO ENERGIZADO POR CROWLEY :

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