PARABOLAS QUE HABLAN DE NOSOTROS

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PARABOLAS QUE HABLAN DE NOSOTROS

Mensaje  mariocesar el Dom Jul 12, 2015 3:38 am

PARABOLAS QUE HABLAN DE NOSOTROS ( es inevitable caer en la redundancia - dado el fin de ciclo- de que los mitos y las par{abolas, en acto o potencia nos describen y nos "escriben") :Paraiso de cancion
A hangar era un poderoso forjador de espadas que vivía en uno de los valles del este de Afganistán. En tiempos de paz hacía arados de hierro, herraba y, sobre todo, cantaba.
Las canciones de Ahangar, que es conocido por nombres diferentes en varias partes del Asia Central, eran ávidamente escuchadas por la gente de los valles. Venían de los bosques de nogales gigantescos, de las montañas nevadas del Hindu-Kush, de Qataghan, de Badakshán, de Khanabad, y Kunar, de Herat y Paghmán, para oír sus canciones.
Sobre todo, la gente venía a oír la canción de todas las canciones, que era la canción del Valle del Paraíso, de Ahangar.
Esta canción tenía la cualidad de fascinar. Poseía una tonada extraña y, sobre todo, una historia que era más extraña aún, tan extraña que la gente sentía que conocía el remoto Valle del Paraíso, sobre el cual cantaba el forjador. A menudo, cuando no estaba con ánimo de cantarla, le pedían que la cantara y él rehusaba. A veces, la gente le preguntaba si el Valle era en verdad real, y Ahangar sólo podía decir:
-El Valle de la canción es tan real como la realidad puede ser.
-¿Pero cómo lo sabes? -preguntaba la gente. ¿Alguna vez has estado allí?
-No de una forma ordinaria -decía Ahangar.
Para Ahangar, como para casi todo el que le escuchaba, el Valle de la Canción era, sin embargo, real, tan real como la realidad podía ser.
Aisha, una doncella local a quien él quería, dudaba de la existen-cia de ese lugar, y también Hasan, un jactancioso y temido esgrimista que juraba que se casaría con Aisha y no perdía oportu-nidad de reírse del forjador.
Un día, estando los del pueblo sentados silenciosamente alrededor de Ahangar, que les había estado contando su historia, Hasan habló:
-Si tú crees que este valle es tan real y está, como dices, en aquellas montañas lejanas de Sangan, en donde se levanta la neblina azul, ¿por qué no tratas de encontrarlo?
-Sé que hacerlo no estaría bien -dijo Ahangar.
-¡Tú sabes lo que te conviene saber y no sabes lo que no quieres saber! -gritó Hasan. Ahora, amigo, propongo una prueba. Tú quieres a Aisha, pero ella no confía en ti. Ella no tiene fe en ese absurdo valle tuyo. Nunca te podrás casar con ella, porque cuando no existe confianza entre hombre y mujer no pueden ser felices y sobrevienen toda clase de males.
-Entonces, ¿esperas que yo vaya al Valle? -preguntó Ahangar.
-Sí -dijeron Hasan y todos los presentes.
-Si voy y regreso a salvo, ¿consentirá Aisha en casarse conmigo? -preguntó Ahangar.
-Sí -murmuró Aisha.
Así fue como Ahangar tomó algunas moras secas y un poco de pan seco también, y corrió hacia las distantes montañas.
Escaló y escaló, hasta que llegó a un muro que rodeaba toda la sierra. Cuando ya había salvado sus escarpados lados, encontró otro muro aún más dificil de saltar que el primero. Después de éste, un tercero y un cuarto y, finalmente, un quinto muro.
Descendiendo al otro lado, Ahangar se encontró en un valle, sorprendentemente similar al suyo.
La gente salió a saludarlo y, al verla, Ahangar se dio cuenta de que algo muy extraño estaba sucediendo.
Meses después, Ahangar, el forjador de espadas, caminando como un anciano y cojeando, volvió a su pueblo natal y se dirigió a su humilde choza. Al correr la voz por la comarca, la gente se juntó frente a su hogar para oír sus aventuras.
Hasan, el esgrimista, habló por todos y llamó a Ahangar a la ventana.
Hubo un silencio cuando vieron lo mucho que había envejecido.
-Bien, maestro Ahangar, ¿llegaste al Valle del Paraíso?
-Sí, llegué.
-Y, ¿cómo es?
Ahangar, buscando sus palabras, miró a la gente que estaba congregada, con un cansancio y un sentimiento de desaliento que nunca antes había sentido, y dijo:
-Escalé, escalé y escalé. Cuando parecía que no podía haber señales de vida humana en un lugar tan desolado, y después de muchas pruebas y desilusiones llegué a un valle. Este valle es exactamente igual al que vivimos. Y entonces observé a la gente. Esa gente no sólo es como nosotros, sino que es la misma gente. Por cada Hasan, cada Aisha, cada Ahangar por cada uno de los que estamos aquí, hay otro exactamente igual en ese valle. Estas son semejanzas y reflejos para nosotros, cuando vemos tales cosas. Pero somos nosotros los que nos parecemos y reflejamos a aquellos que están allí, nosotros somos sus mellizos.
Todos pensaron que Ahangar había enloquecido por las penurias sufridas, y Aisha se casó con Hasan, el esgrimista.
Ahangar pronto envejeció y murió. Y todos los que habían escuchado la historia de labios de Ahangar, primero se descorazonaron y luego se hicieron viejos y murieron, pues sentían que iba a pasar algo sobre lo cual no tenían ningún control y que no tenían esperanzas. Así perdieron interés en la vida misma.
Sólo una vez cada mil años es visto este secreto por el hombre. Cuando lo ve, cambia. Cuando cuenta los hechos tal cuales son, se marchita y muere.
Las gentes creen que tal evento es una catástrofe, y que, por lo tanto, no deben saber sobre ello, pues no pueden comprender (tal es la naturaleza de sus vidas ordinarias) que tienen más de un yo, más de una esperanza, más de una oportunidad allá arriba, en el Paraíso de la Canción de Ahangar, el poderoso forjador de espadas.
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