AURAS Y BARAKAS DE UNA ODISEA GENEALÓGICA-

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AURAS Y BARAKAS DE UNA ODISEA GENEALÓGICA-

Mensaje  mariocesar el Sáb Mayo 02, 2015 3:08 pm

AURAS Y BARAKAS DE UNA ODISEA GENEALÓGICA-

Mundos íntimos: Sin saberlo, yo formaba parte de mi "familia perdida" en Italia
Raíces que nos hablan.

Su abuelo dejó a diez hermanos en Europa. El vínculo se perdió. La autora sentía algo extraño cuando iba a la Boca ... o a Venecia. Empezó a buscar huellas de tíos y primos. Lo logró, y acá narra ese reencuentro. Por Flavia Tomaello.

En Mestre, Italia. Una familia se vuelve a formar. De izquierda a derecha: Franca (con bebé en brazos), Flavia, la autora, Roberto y su esposa Vanda.
En Mestre, Italia. Una familia se vuelve a formar. De izquierda a derecha: Franca (con bebé en brazos), Flavia, la autora, Roberto y su esposa Vanda.
TAGSHistorias De Familia,Inmigración,Mundos Íntimos
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Desarmar una casa del pasado tiene desencuentros y pesquisas felices. Llevaba 18 años de pareja y uno de matrimonio sin que hubiese podido dar a conocer a mi entonces marido las fotos de mi infancia. Esa mañana de 2009, mientras poníamos orden al desastre de lo que había sido la casa de mis padres, aparecieron unos sobres amarillo no patito con originales y negativos. Se sucedió ante nuestros ojos una fiesta tras otra. Contemplamos mi pasado en imágenes, pudimos ponerle palabras.

El casamiento de mis padres, mi bautismo, mis cumpleaños, mis amigos del colegio, los que aún están y los que no vi más ... Yo llevaba más de 20 años sin ver esas imágenes. Muchas, ni siquiera las conocía.

Volvimos a nuestra casa esa misma tarde a sumergirnos en lo mucho pendiente por hacer. Primer paso: responder mails. Allí estaba el de Guido, desde Mestre, la última ciudad en la que se puede ir en auto antes de caer en la laguna de Venecia. No era sorpresa porque para entonces ya nos escribíamos, pero el contenido era raro: “Roberto C ..., Vanda S ..., Roberta del 23.06.70, non sposata e Michela del 30.11.71, sposata a Davide V ... con due figli Riccardo di 8 anni e Arianna di 7; Franca C ..., Giuseppe B ... due figli: Loris del 10.04.68 sposato con Monica V ... e una figlia, Giada, di 4 anni e Miriam del 04.06.1971 sposata a Giovanni A ... con una figlia, Matilde, di 1 ano”.

Al texto le seguían cinco fotos: mi cumpleaños de 4, el casamiento de mis padres, mi bautismo, una foto con mi papá y una carta que él había enviado hacía más de 30 años ... Lo mismo que veníamos de ver en mi casa de pequeña en Buenos Aires, llegó el mismo día cruzando el océano desde Italia.

Tuve una infancia afortunada hasta empezar la primaria, por la inconsciencia de la edad. Como le ha pasado a muchos otros, el hogar no era un sitio a recordar. Mi madre no era fácil y, con el tiempo, detecté que mi papá no tenía recursos para haber hecho lo que hizo de un modo diferente. Él murió a los 40 años de un infarto, en el baño de casa, a las 6 a.m. de un miércoles. Yo tenía 12. Todo fue peor desde entonces. Sin hermanos, sin familia, con una madre –diagnosticada esquizofrénica 40 años después– que marcaba territorio para aislarme (y asilarse) todo lo posible, crecer fue el doble de difícil que para cualquiera.

Luego de mucha violencia, aún sin los (escasos) recursos de hoy, un día tomé mi cartera y salí para no volver. Estuve una década ausente. Con esa partida perdí el contacto con mi historia, desde Pelusa, mi “hermano” osito de peluche, hasta los datos de los parientes de Italia. La vida hizo lo suyo para todos, aunque la carencia de familia estaba ahí. Nadie más con mi apellido en este lado del planeta.

Contaban en casa que desde mis cinco años, cuando llegaba a la Boca, solía repetir que quería vivir ahí. Esa nostalgia del río sucio, los barcos, los colores ... había algo que era mío. Rara la cuestión: el barrio no me era familiar (tampoco a mis padres). Algo extraño para un cerebro racional sucedió la primera vez que viajé a Venecia en 2005: esa misma sensación de pertenecer apareció ni bien salí de la estación ferroviaria Santa Lucía. Entrar en el mundo del Gran Canal me provocó un derrumbe emocional. De pronto, todo fue lágrimas y supe que estaba en casa. Canaletto y Quinquela Martín (mi pintor favorito) se unían en mi cabeza. Había intentado –con las herramientas de entonces– rastrear mi apellido por el mundo, como hemos hecho muchos. Nadie respondió jamás. No tenía referencias de mis ancestros, todos los datos habían quedado en la casa materna. Aposté a unir la percepción con el lugar y todo fue clarísimo ... yo llevaba sangre del Véneto.

Pasaron tres años de ese viaje para que apareciera el primer mail de Guido Tomaello. Propietario de una empresa de seguros en Mestre, Italia, había dedicado su tiempo libre a investigar tramo a tramo el origen del apellido. Me informaba que tenía registro de un Tomaello que había partido a Sudamérica, pero del que se perdía el rastro. Con buen ojo, detectó en mí el único descendiente posible. Empezó el intercambio dígito-epistolar. Fue el primer paso para pensar en reencontrar a los míos. Le relaté lo que sabía de la historia y le enumeré los datos que tenía: apenas el nombre de la calle que recordaba (Vía Hermada) y el nombre de la hermana de mi abuelo (María) a quien mencionaba mi padre. Los busqué en el primer viaje sin éxito.

La cadena de pérdidas se había sucedido una tras otra con el tiempo. Mi abuelo paterno, Santiago, falleció a mis 5 años. Había mantenido el contacto con su familia de origen en Italia. Muerto él, la tarea la heredó su esposa, mi abuela, quien siguió el rito de las cartas en papel. Las respuestas de la “tía María” llegadas desde Italia son las que aún hoy conservo. Algunas veces mi padre, Juan Carlos, también escribió, sobre todo apenas muerto Santiago. Siete años después también falleció mi papá. Cuestiones pertenecientes a otra historia hicieron que mi madre apartara a mi abuela de nosotros y decidiera tomar la posta de la escritura. Los años pasaron y el lazo se diluyó perdiendo los hilos más cerca de América que de Europa, donde los vínculos seguían tibios.

Los datos que transmití a Guido, esperanzada en la posible búsqueda, no fueron suficientes. Tampoco lográbamos detectar nuestro vínculo (todavía hoy no lo conocemos). Aún así, decidimos conocernos. Viajamos a Italia por segunda vez mi marido y yo. Estaba tan nerviosa el día que nos íbamos a conocer que no pude combinar por teléfono el encuentro. Nos veríamos a las 13 en el Puente de la Constitución, justo donde termina en Venecia la posibilidad de andar en auto. ¿Cómo nos reconoceríamos? ¡No nos habíamos enviado fotos! Sin embargo, fue sencillo: vi pasar el auto blanco de la mano de enfrente y le dije a mi esposo sin dudar: “Es él, es igual a mi abuelo”. Para entonces, aún no había podido mostrarle fotos familiares, de modo que sólo podía confiar en mi palabra.

Fue la primera de una serie de noches que vendrían en los años sucesivos: extraña, como de cuento, habiéndome metido en una realidad paralela donde seguía siendo yo, pero con otra gente. Guido resultó ser un aficionado experto en nuestro árbol genealógico. Recorrió paso a paso las mil iglesias del Véneto y fotocopió cada nacimiento y defunción de sujetos con nuestro apellido. Había reconstruido la historia por completo hasta detectar que el primer Tomaello aparece en el Concilio de Trento, en 1545. Paseamos por los pueblos aledaños viendo placas y recordatorios de Tomaellos famosos. Rarísimo para mi encontrarme tan masivamente. Cenamos en su casa y nos fuimos cuando ya nos daba vergüenza el tiempo que nos había destinado.

Seis meses después de ese viaje, Guido fue con los datos que yo le pasé al recuperar las cartas vaciando la casa materna a tocar el timbre de Vía Hermada, a unas cuantas cuadras de su propio domicilio. Allí estaban los hijos de “tía María”: vivían aún en la casa original con su descendencia. En el mismo momento le sacaron el álbum familiar con una centena de parientes. Entre las fotos le mostraron las del casamiento de mis padres y las de mis cumpleaños. Yo estaba ahí. Era parte de esa familia. Le desenvolvieron un paquete de cartas donde conservaban todas y cada una desde comienzos del siglo XX, cuando Santiago había enviado la primera. Guido pidió los testimonios prestados, los escaneó en el mismo momento y me los envió de inmediato. Hoy, que lo conozco, lo imagino tan emocionado como yo.

Otra vez planeamos un viaje, esta vez para conocer a mi familia. La única, más allá de mi marido. Otra vez el rito de llegar a Venecia y llorar. Esperar a Guido, irnos a comer a la cantina bajo su oficina, donde se lucía hablando de “su pariente escritora de Argentina”, mientras llevaba mis libros en la mano con el apellido estratégicamente visible. Cometimos el delito de no comernos todo el plato (el mito del hambre de los que vivieron en la guerra es real). En auto llegamos a la mítica Vía Hermada. Allí salió Roberto, hijo de María, la hermana de Santiago, con la edad de mi padre, la nariz de mi abuelo, italiano duro que no pudo más que abrazarme por diez minutos, llorando. Estaban Franca (su hermana), Vanda (su esposa) y Giuseppe (su cuñado). Fuimos 13 en la mesa esa noche, donde se comieron 13 pizzas grandes.

La tía María había muerto hacía pocos años. Pero había transmitido a todos el mensaje torturante: “Busquen a Flavia”. Vanda –quien es hoy algo así como mi nueva mamá adoptiva a la distancia– fue la encargada de guardar el legado: una carpeta que María tejió para mi antes de morir.

Allí me enteré de que mi abuelo fue el único de 11 hermanos que había emigrado. Decidió hacerlo después de presentar un invento al Ministerio de Marina y que éste lo rechazara, pero se lo birlara. Logró vengarse en Argentina, donde fue el creador de la lámpara votiva de la Catedral de Buenos Aires.

Volvimos muchas veces. Ahora tenemos un más moderno álbum familiar que incluye la filmación que ha hecho mi primo Davide de mi casamiento por Iglesia, en la misma donde bautizaron a Santiago. Mi hijo tiene la misma edad que su prima Matilde. Se reconocen, se esperan, se extrañan. Roby y Miriam son como mis hermanas. Conociendo a ésta última, mi pareja entendió de dónde me viene la fortaleza. Hice un libro con las recetas de Vanda y una exposición de fotos allí mismo, donde todos viven ... Mi marido encontró a su pariente favorito en Gianni, “su” primo de Lecce ... De pronto, somos un familión. Siento que soy de allí, tanto como de acá.

Mi papá me contó alguna vez que Santiago (descubrimos por entonces, que era Giacomo en Italia) se resistía a alzarme cuando yo nací. Rengueaba desde hacía muchos años. Sin embargo, una tarde, cuando estaba apoyado en la pileta del patio, mi padre le tiró el bastón y me largó en sus brazos. No pudo más que sostenerme. Esa fue la primera (y la última vez) que lo vieron llorar. Como yo, cada vez que llego a Venecia.

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Flavia Tomaello. Es ensayista, escritora y periodista. Algunos de sus libros más conocidos son “Mala madre” –trata de relaciones maternales conflictivas– y “Rutinas felices”, sobre la educación y el mundo cotidiano de los chicos. Flavia es, también, fotógrafa. “El tren se va” se tituló su exposición de fotos en el Museo Evita, durante el mes de abril. Ahora se puede ver “Cajón de sastre en el fin del mundo”, sobre la inmigración japonesa, en el Centro Cultural Nichia Gakuin.
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