La culpa es la cupla.

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La culpa es la cupla.

Mensaje  mariocesar el Vie Ene 25, 2013 8:42 am

Así como a la etimología le sobra lomo para todo (Miguel Cané) a la jeroglífica todo lomo le queda chico y todo tren la lleva bien. La identidad jeroglífica entre CULPA y CUPLA nos devuelve a lo que tanto y tan eficazmente recordó RENÉ GUÉNON: La religión nos clava, nos atornilla en la corteza de la rueda giratoria , para evitar que nos alejemos indefinidamente del centro; lo iniciático nos desclava, nos destornilla , para que luego como tornillos o tuercas autoperforantes .penetremos la corteza para avanzar por un radio hacia el centro.http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/16296273/Equot_La-culpa-es-del-que-sufreEquot_.html
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Re: La culpa es la cupla.

Mensaje  ortxan el Vie Ene 25, 2013 11:10 am

Ojo que decuplar significa: Multiplicar por diez una cantidad. Y eso es lo que pasa con la culpa: se multiplica hasta el infinito porque la culpa siempre decuplica.

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Re: La culpa es la cupla.

Mensaje  mariocesar el Vie Ene 25, 2013 1:28 pm

ortxan escribió:Ojo que decuplar significa: Multiplicar por diez una cantidad. Y eso es lo que pasa con la culpa: se multiplica hasta el infinito porque la culpa siempre decuplica.


Es como la hidra a la que hércules le cortaba cabezas y quemaba el corte...
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Re: La culpa es la cupla.

Mensaje  ortxan el Sáb Ene 26, 2013 7:33 am

Siendo que la Hidra era hija de una de medio aspecto humano y medio serpiente justamente la parte del desplazamiento y de padre "humo" con cabezas de dragón y serpientes.
La culpa puede asociarse a las serpientes interiores aunque hay que ver bien los dragones en los dedos y la forma pseudo humana que hay en el ella.

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Re: La culpa es la cupla.

Mensaje  mariocesar el Sáb Ago 01, 2015 5:14 pm


Gurdjieff Sarmung
·
EL SENTIRSE CULPABLE, ES SOLO UNA EVASION DE NO HACERSE RESPONSABLE.
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Re: La culpa es la cupla.

Mensaje  mariocesar el Sáb Ago 01, 2015 5:16 pm

Su Abella La culpa es un masaje a la autoestima.
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Re: La culpa es la cupla.

Mensaje  mariocesar el Jue Sep 17, 2015 2:46 pm

Sri Nisargadatta Maharaj (Español)
Miro el sufrimiento del mundo a través de los ojos de Dios y descubro que todo está bien.



Muy leibniziano. Es notable la concordancia entre la armonía preestablecida de LEIBNIZ y el avaita vedanta y el jainista en cuestión.
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Re: La culpa es la cupla.

Mensaje  mariocesar el Mar Feb 02, 2016 7:52 am


MAY
18
RENÉ GUÉNON: SALVACION Y LIBERACION
Capítulo VIII de Initiation et Réalisation Spirituelle



Hemos constatado recientemente, no sin alguna extrañeza, que algunos de nuestros lectores tienen todavía alguna dificultad en comprender bien la diferencia esencial que existe entre la salvación y la Liberación; sin embargo, ya nos hemos explicado muchas veces sobre esta cuestión, que, por lo demás, no debería presentar en suma ninguna obscuridad para quienquiera que posee la noción de los estados múltiples del ser y, ante todo, la noción de la distinción fundamental del "mí mismo" y del "Sí mismo"1. Por consiguiente, es pues menester volver de nuevo a ello para disipar definitivamente toda equivocación posible y para no dejar lugar a ninguna objeción.

En las condiciones presentes de la humanidad terrestre, es evidente que la gran mayoría de los hombres no son capaces de ninguna manera de rebasar los límites de la condición individual, ya sea durante el curso de su vida, ya sea al salir de este mundo por la muerte corporal, que en sí misma no podría cambiar nada en el nivel espiritual en el que se encuentran en el momento en que sobreviene2. Desde que la cosa es así, el exoterismo, entendido en su acepción más amplia, es decir, la parte de toda tradición que se dirige indistintamente a todos, no puede proponerles más que una finalidad de orden puramente individual, puesto que toda otra sería enteramente inaccesible para la mayor parte de los adherentes de esa tradición, y es precisamente esta finalidad la que constituye la salvación. No hay que decir que hay mucho trecho desde ahí a la realización efectiva de un estado supraindividual, aunque todavía condicionado, sin hablar siquiera de la Liberación, que, siendo la obtención del estado supremo e incondicionado, ya no tiene verdaderamente ninguna medida común con un estado condicionado cualquiera que sea3. Agregaremos seguidamente que, si "el Paraíso es una prisión" para algunos, como lo hemos dicho precedentemente, es justamente porque el ser que se encuentra en el estado que representa, es decir, el que ha llegado a la salvación, está todavía encerrado, e incluso por una duración indefinida, en las limitaciones que definen la individualidad humana; esta condición no podría ser en efecto más que un estado de "privación" para aquellos que aspiran a liberarse de esas limitaciones y a quienes su grado de desarrollo espiritual les hace efectivamente capaces de ello desde su vida terrestre, aunque, naturalmente, los demás, desde que no tienen actualmente en sí mismos la posibilidad de ir más lejos, no puedan sentir en modo alguno esta "privación".

Uno podría plantearse entonces esta pregunta: si esta imperfección no existe menos en realidad, incluso si los seres que están en este estado no son conscientes de lo que tiene de imperfecto en relación a los estados superiores, ¿qué ventaja hay pues en mantenerles en él así indefinidamente, puesto que ese es el resultado en el que deben desembocar normalmente las observancias tradicionales del orden exotérico? La verdad es que hay una ventaja muy grande, ya que, permaneciendo fijados así en los prolongamientos del estado humano mientras este estado mismo subsista en la manifestación, lo que equivale a la perpetuidad o a la indefinidad temporal, estos seres no podrán pasar a ningún otro estado individual, lo que sin eso sería necesariamente la única posibilidad abierta ante ellos; pero, ¿por qué esta continuación del estado humano es, en este caso, una condición más favorable de lo que sería el paso a otro estado? Aquí es menester hacer intervenir la consideración de la posición central ocupada por el hombre en el grado de existencia al que pertenece, mientras que todos los demás seres no se encuentran en él más que en una situación más o menos periférica, donde su superioridad o su inferioridad específica, de los unos en relación a los otros, resulta directamente de su mayor o menor alejamiento del centro, en razón del cual participan en una medida diferente, pero siempre de una manera solo parcial, en las posibilidades que no pueden expresarse completamente mas que en el hombre y por el hombre. Ahora bien, cuando un ser debe pasar a otro estado individual, nada garantiza que tendrá en él una posición central, relativamente a las posibilidades de ese estado, como la que ocupaba en éste en tanto que hombre, e, incluso, hay al contrario una probabilidad incomparablemente mayor para que encuentre allí alguna de las innumerables condiciones periféricas comparables a lo que son en nuestro mundo las de los animales o incluso las de los vegetales; se puede comprender inmediatamente cuan gravemente desaventajado estaría, sobre todo bajo el punto de vista de las posibilidades de desarrollo espiritual, y eso incluso si ese nuevo estado, considerado en su conjunto, constituyera, como es normal suponerlo, un grado de existencia superior al nuestro. Por ello es por lo que algunos textos orientales dicen que "el nacimiento humano es difícil de obtener", lo que, bien entendido, se aplica igualmente a lo que se corresponde con él en todo otro estado individual; y esa es también la verdadera razón por la que las doctrinas exotéricas presentan como una eventualidad temible e incluso siniestra la "segunda muerte", es decir, la disolución de los elementos psíquicos por la cual el ser, dejando de pertenecer al estado humano, debe tomar nacimiento, necesaria e inmediatamente, en otro estado. La cosa sería muy diferente, y sería incluso en realidad todo lo contrario, si esta "segunda muerte" diera acceso a un estado supraindividual; pero esto no es ya de la jurisdicción del exoterismo, que no puede y no debe ocuparse más que de lo que se refiere al caso más general, mientras que los casos de excepción son precisamente lo que constituye la razón de ser del esoterismo. El hombre ordinario, que no puede alcanzar actualmente un estado supraindividual, podrá al menos, si obtiene la salvación, llegar a él al final del ciclo humano; escapará pues al peligro de que acabamos de hablar, y así no perderá el beneficio de su nacimiento humano, sino que le guardará al contrario a título definitivo, pues quien dice salvación dice por eso mismo conservación, y eso es lo que importa esencialmente en parecido caso, ya que es en eso, pero en eso solamente, en lo que la salvación puede ser considerada como acercando al ser a su destino último, o como constituyendo en un cierto sentido, y por impropia que sea una tal manera de hablar, un encaminamiento hacia la Liberación.

Por lo demás, es menester tener buen cuidado de no dejarse inducir a error por algunas similitudes de expresión aparentes, ya que los mismos términos pueden recibir varias acepciones y ser aplicados a niveles muy diferentes, según se trate del dominio exotérico o del dominio esotérico. Es así como, cuando los místicos hablan de "unión con Dios", lo que entienden con eso no es ciertamente asimilable de ninguna manera al Yoga; y esta precisión es particularmente importante, porque algunos estarían quizás tentados de decir: ¿cómo podría haber para un ser una finalidad más alta que la unión a Dios? Todo depende del sentido en el que se tome la palabra "unión"; en realidad, los místicos, como todos los demás exoteristas, jamás se han preocupado de nada que no sea la salvación, aunque lo que los mismos tienen en vista sea, si se quiere, una modalidad superior de la salvación, ya que sería inconcebible que no hubiera también una jerarquía entre los seres "salvados". En todo caso, puesto que la unión mística deja subsistir la individualidad como tal, no puede ser más que una unión completamente exterior y relativa, y es bien evidente que los místicos jamás han concebido ni siquiera la posibilidad de la Identidad Suprema; los místicos se detienen en la "visión", y toda la extensión de los mundos angélicos les separa todavía de la Liberación.




NOTAS:
1 Otra constatación que, a decir verdad, es mucho menos sorprendente para nós, es la incomprensión obstinada de los orientalistas a este respecto como a tantos otros; hemos visto en estos últimos tiempos un ejemplo de ello bastante curioso: en una reseña de El Hombre y su devenir según el VŚdânta, uno de ellos, señalando con un mal humor no disimulado las críticas que hemos formulado a la atención de sus cofrades, menciona como una cosa particularmente chocante lo que hemos dicho de la "confusión que se comete constantemente entre la salvación y la Liberación", y parece indignado de que hayamos reprochado a tal indianista haber "traducido Moksha por salvación de un cabo al otro de sus obras, sin parecer sospechar siquiera la simple posibilidad de una inexactitud en esta asimilación"; ¡Evidentemente, es completamente inconcebible para él que Moksha pueda ser otra cosa que la salvación! Aparte de eso, lo que es verdaderamente cómico, es que el autor de esta reseña "deplora" que no hayamos adoptado la transcripción orientalista, cuando es que hemos indicado allí expresamente las razones de ello, y también que no hayamos dado una bibliografía de obras orientalistas, como si éstos debieran ser "autoridades" para nós, y como si, bajo el punto de vista en el cual nos colocamos, no tuviéramos el derecho de ignorarlos pura y simplemente; tales precisiones dan la justa medida de la comprensión de algunas gentes.
2 Muchas gentes parecen imaginarse que el solo hecho de la muerte puede bastar para dar a un hombre cualidades intelectuales o espirituales que en modo alguno poseía en vida; eso es una extraña ilusión, y ni siquiera vemos qué razones podrían invocarse para darle la menor apariencia de justificación.
3 Precisaremos incidentemente que, si hemos tomado el hábito de escribir "salvación" con minúscula y "Liberación" con mayúscula, es, del mismo modo que cuando escribimos "mí mismo" y "Sí mismo", para marcar claramente que uno es de orden individual y el otro de orden transcendente; esta precisión tiene por cometido evitar que nadie nos quiera atribuir intenciones que en modo alguno son las nuestras, como la de depreciar de alguna manera la salvación, mientras que se trata únicamente de situarla tan exactamente como es posible en el lugar que le pertenece de hecho en la realidad total.
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Re: La culpa es la cupla.

Mensaje  mariocesar el Vie Abr 22, 2016 8:20 am

Alejandro Miranda
Ayer a las 10:04
EL SUFRIMIENTO
UN GRAN ANIMAL muerto flotaba río abajo. Sobre él había varios buitres, desgarrando la carroña; peleaban alejando a los otros buitres hasta que estaban llenos, y sólo entonces emprendían vuelo. Los otros esperaban en los árboles, o en las orillas, o revoloteaban por encima. El sol acababa de asomar, y había un espeso rocío sobre el pasto. Al otro lado del río los verdes campos estaban neblinosos, y las voces de los campesinos llegaban claramente a través del agua. Era una hermosa mañana, fresca y renovadora. Un monito jugaba alrededor de la madre entre las ramas. Corría a lo largo de una rama, saltaba a la otra y volvía corriendo, o saltaba de aquí para allá cerca de la madre. Ella estaba fastidiada por estas payasadas, y se dispuso a bajar del árbol para ir a otro. Cuando empezó a descender, el monito corrió detrás y se agarró a ella, subiéndose a sus espaldas o balanceándose por debajo. Tenía una cara pequeñita, con unos ojos llenos de juguetona y asustadiza malicia.
¡Cómo nos asusta lo nuevo, lo desconocido! Queremos permanecer encerrados en nuestras diarias costumbres, rutinas, disputas y ansiedades. Queremos pensar de la misma vieja manera, seguir el mismo camino, ver las mismas caras y tener las mismas preocupaciones. Nos disgusta encontrarnos con extraños, y cuando eso ocurre, permanecemos alejados y distraídos. ¡Y qué miedo sentimos cuando encontramos un animal que no conocemos! Nos movemos dentro de los muros de nuestro propio pensamiento; y cuando nos aventuramos fuera, es aun dentro de la extensión de esos muros. Jamás tenemos un terminar, sino que siempre alimentamos lo continuo. Arrastramos día tras día la carga del ayer; nuestra vida es un largo y continuo movimiento, y nuestras mentes están embotadas e insensibles.
Apenas si podía él contener el llanto. No era un llanto controlado o retraído, sino un sollozar que sacudía todo su cuerpo. Era un hombre más bien joven, vivaz, con ojos de visionario. Durante un tiempo no pudo hablar; y cuando finalmente pudo hacerlo, su voz temblaba y estalló en grandes sollozos, sin avergonzarse y libremente. Luego dijo:
“No había llorado desde el día en que murió mi esposa. No sé qué me hizo llorar de este modo, pero ha sido un alivio. He llorado antes, con ella, cuando estaba en vida, y entonces el llanto era tan purificador como la risa, pero desde su muerte todo ha cambiado. Acostumbraba pintar, mas ahora no puedo tocar los pinceles o mirar las cosas que he hecho. Durante los últimos seis meses yo también parecía estar muerto. No tuvimos hijos, pero ella estaba esperando uno; y ahora se ha ido. Aún no me puedo convencer de esa realidad, pues éramos muy compañeros. Era hermosa y buena, ¿qué he de hacer ahora? Estoy apenado por no haberme podido contener, y sabe Dios por qué me ocurrió eso; pero sé que el haber llorado me ha hecho bien. Sin embargo, jamás podré volver a ser el mismo otra vez; algo falta a mi vida. Días pasados tomé los pinceles, y me parecieron desconocidos. Antes, ni cuenta me daba cuando tenía los pinceles en la mano; pero ahora los encuentro pesados, engorrosos. He ido a menudo al río, con la intención de no regresar; pero siempre he regresado. No podía ver a la gente, porque su rostro estaba siempre allí. Duermo, sueño y como con ella pero sé que lo mismo no puede ser nunca más. He reflexionado al respecto, tratando de racionalizar los hechos y de comprenderlos pero sé que ella no está ya aquí. Sueño con ella noche tras noche; no puedo sin embargo dormir todo el tiempo, por más que lo haya intentado. No me atrevo a tocar sus cosas, y sólo sentir su perfume casi me enloquece. He tratado de olvidar, pero por más que haga, no puedo ya ser el mismo que antes. Acostumbraba escuchar los pájaros, mas ahora quisiera destruirlo todo. No puedo seguir así. No he vuelto a ver a ninguno de nuestros amigos desde entonces; sin ella, nada significan ya para mí. ¿Qué debo hacer?”
Quedamos en silencio un largo rato.
El amor que se convierte en pesadumbre y en aborrecimiento no es amor. ¿Sabemos qué es el amor? ¿Es amor aquello que, al ser contrariado, se transforma en locura? ¿Hay amor cuando hay ganancia y pérdida?
“Amándola, todas esas cosas dejaban de existir. Estaba completamente olvidado de todo, olvidado aun de mí mismo. Sentía un amor así, y todavía siento ese amor por ella pero ahora me doy cuenta también de otras cosas, de mí mismo, de mi pesadumbre, de los días de mi tormento”.
¡Qué pronto el amor se transforma en aborrecimiento, en celos, en pesadumbre! ¡Cuán profundamente estamos perdidos en el humo, y qué distante está lo que parecía tan cercano! Ahora nos percatamos de otras cosas, que de pronto se han vuelto mucho más importantes. Ahora nos damos cuenta de que estamos solos, sin una compañía, sin la sonrisa o la palabra del familiar reproche; ahora nos damos cuenta de nosotros mismos, y no sólo de los otros. Los otros lo eran todo, y nosotros nada, ahora el otro no existe, y nosotros somos lo que es. El otro es un sueño, y la realidad es la que nosotros somos. ¿Fue el otro una realidad, o fue un sueño de nuestra propia creación, revestido con el encanto de nuestro propio gozo, que pronto se esfuma? Lo que decae es muerte, y la vida es lo que somos. La muerte no siempre puede ocultar la vida, a pesar de lo mucho que podamos desearlo; la vida es más fuerte que la muerte. Lo que es, es más fuerte que lo que no es. ¡Amamos la muerte, y no la vida! La negación de la vida es muy satisfactoria y nos hace olvidar. Cuando el otro es, nosotros no somos; cuando el otro es, nosotros somos libres, no estamos inhibidos; el otro es la flor, el vecino, el perfume, el recuerdo. Todos queremos el otro, todos estamos identificados con el otro; el otro es importante, y no nosotros. El otro es nuestro sueño y cuando despertamos, somos lo que es. Lo que es, es inmortal, pero nosotros deseamos que lo que es termine. El deseo de terminar da nacimiento a lo continuo, y lo que es continuo jamás puede conocer lo que es inmortal.
“Yo sé que no puedo seguir viviendo de este modo, medio muerto. No estoy muy seguro de comprender lo que Ud. dice. Estoy demasiado ofuscado para poderlo captar”.
¿No halla Ud. a menudo que, aunque no preste total atención a lo que oye o a lo que lee, hay sin embargo un escuchar, tal vez inconsciente, y que algo ha penetrado a pesar suyo? Aunque Ud. no haya mirado deliberadamente esos árboles, no obstante su imagen surge de pronto con todo detalle —¿no le ha pasado nunca eso? Por supuesto Ud. está aturdido por el reciente golpe; pero a pesar de eso, a medida que se sobreponga, lo que decimos ahora será recordado y entonces podrá serle de alguna ayuda. Más lo que importa saber es esto: cuando Ud. se recupere del golpe, el sufrimiento será más intenso, y su deseo será huir, escapar de su propio tormento. Encontrará mucha gente que le ayudará a escapar: le ofrecerán plausibles explicaciones, las conclusiones a que ellos u otros han llegado, todo género de racionalizaciones; o Ud. mismo encontrará alguna forma de retiro, agradable o desagradable, para ahogar su pena. Hasta ahora Ud. ha estado demasiado cerca del suceso, pero a medida que los días pasen ansiará alguna clase de consuelo: religión, cinismo, actividad social, o alguna ideología. Pero las evasiones de cualquier clase, ya se trate de Dios o de la bebida, sólo impiden la comprensión del dolor.
El dolor debe ser comprendido y no ignorado. Ignorar es dar continuidad al sufrimiento, ignorar es escapar del sufrimiento. Para comprender el sufrimiento es necesario acercarse a él en forma experimental. Experimentar no es buscar un determinado resultado. Si Ud. busca un resultado predeterminado, el experimento no es posible. Si procura superar el sufrimiento, lo cual es condenarlo, entonces no comprende el proceso total; cuando trata de sobreponerse al sufrimiento, no debe haber ninguna acción positiva de la mente para justificarlo o superarlo; la mente debe ser enteramente pasiva, silenciosamente vigilante, de modo que pueda seguir sin hesitación las revelaciones del dolor. La mente no puede seguir la historia del dolor si está atada a una esperanza, a una conclusión o un recuerdo. Para seguir el rápido movimiento de lo que es, la mente debe estar libre; la libertad no se obtiene al final, es necesario que exista en el comienzo mismo.
“¿Cuál es el significado de toda esta pesadumbre?”
¿No es la pesadumbre indicio de conflicto, el conflicto del dolor y del placer? ¿No es el pesar la intimación de la ignorancia? La ignorancia no es la carencia de información sobre los hechos; la ignorancia es la falta de atención al total proceso de uno mismo. Debe haber sufrimiento en tanto no haya comprensión de las modalidades del “yo”; y las modalidades del “yo” sólo pueden ser descubiertas en la acción de la interrelación.
“Pero mis relaciones han terminado”.
No hay fin para la interrelación. Puede haber fin para una relación en particular, pero la interrelación jamás puede terminar. Ser es estar relacionado, y nada puede vivir en el aislamiento. Aunque tratemos de aislarnos por medio de una particular relación, tal aislamiento inevitablemente engendrará pesadumbre. El pesar es el proceso del aislamiento.
“¿Puede la vida volver a ser lo que ha sido antes?”
¿Puede la alegría de ayer repetirse hoy? El deseo de repetición surge sólo cuando no hay alegría hoy; cuando el hoy está vacío, miramos hacia el pasado o hacia el futuro. El deseo de repetición es el deseo de continuidad, y en la continuidad no existe jamás lo nuevo. Hay felicidad, no en el pasado o en el futuro, sino sólo en el movimiento del presente.
Jiddu Krishnamurti, "Comentarios sobre el vivir", primera serie.
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