Siempre la Mujer.

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Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Mar Ene 10, 2012 1:11 pm

El proverbial y constatado desde hace más de 5000 años: La mujer madura para todo psicofísicamente a los 18 y el hombre, tal vez, comienza a hacerlo a los 30 o nunca, siempre se cumple:


Una experimentada camarada soñadora y acechadora me ha dicho que las planchas de Elsa huelen a "macho" por todos sus poros. En todos los órdenes la mujer supera al hombre en caleidoscópica y súbita decodificación no lingüística y todo tipo de percepciones y perspicacias.
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  hypatia el Miér Ene 11, 2012 12:44 am

jajajajaja..... Lo que pasa, Mario, es que hay cosas muy sutiles que se os escapan y os delatan a los hombres cuando os quereis hacer pasar por mujeres...
Abrazos

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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  Guaraní el Miér Ene 11, 2012 11:53 am


El hombre es mente que piensa…
La mujer es intuición que inspira.
Pensar es tener cerebro...
Intuir es tener corazón…
El cerebro ora, el corazón adivina

(Mago JEFA – Poderes)


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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  Guaraní el Miér Ene 11, 2012 11:56 am

Si eres hombre, debes divinizarte por la mujer..
Si eres Dios, debes humanizarte por ella.
Ella es el camino en la ida y en la vuelta.
El hombre se diviniza por la mujer,
Ella manifiesta la divinidad en él.

(Mago JEFA – de su obra “Poderes”)

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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Miér Ene 11, 2012 3:25 pm

Guaraní escribió:Si eres hombre, debes divinizarte por la mujer..
Si eres Dios, debes humanizarte por ella.
Ella es el camino en la ida y en la vuelta.
El hombre se diviniza por la mujer,
Ella manifiesta la divinidad en él.

(Mago JEFA – de su obra “Poderes”)


No conocía esa obra de JORGE ADOUM. Lo leí bastante hasta el 76 y por el 78 conocía, particularmente, a uno que lo seguía al pie de la letra, en cuerpo y alma.

Habíamos compartido el cuento EL PUÑAL de LEOPOLDO LUGONES que dramatiza este tema enseñado y practicado por FEDERICO II y todos los FIELES DE AMOR; Ibn Arabi, Rumi, Ezra Pound, etc. de que así como el que llega a Allah sin haberse conocido a sí mismo es rebotado a más atrás de donde había comenzado, también el que no ha asumido, realizado, servido a la Mujer y vuelto a nacer por Ella será rechazado y verá cómo se le desmoronan todas sus construcciones y realizaciones como si fueran castillos de naipes...
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Miér Nov 14, 2012 7:41 am

(...)Y no me vengáis diciendo que es un flaco argumento enjuiciar las cosas invocando su nombre, pues sabemos bien que el soberano Creador de las cosas y de sus nombres ya las conocía antes de asignarles un nombre, y El, que no puede equivocarse, asignó los nombres en la medida en que servían para expresar la naturaleza, propiedad y uso de cada cosa.

En efecto, y según atestiguan las leyes romanas, la verdad de los nombres antiguos consiste en ser conformes con las cosas, dándoles una significación clara. (…) Por consiguiente, y según este derecho, recurrimos por argumentación a la interpretación del nombre, e incluso a la fuerza de la palabra y del vocablo. Invocamos además la etimología del nombre, su sentido y el lugar que ocupan las palabras, pues ambos derechos observan con atención el significado de los nombres a efecto de extraer de ellos alguna interpretación.

(...)

En cuanto a mí, ya que no puedo contar con tamaño privilegio ni me será permitido forjar según mi sentimiento la etimología del nombre Eva para honor del sexo femenino, permitidme decir cuanto menos que según los secretos y misterios de los cabalistas, el nombre propio de la mujer tiene mayor afinidad con el nombre inefable de la omnipotencia divina, nombre que se escribe con cuatro letras, pues el del hombre no guarda concordancia con el nombre de Dios ni en cuanto a caracteres, ni en cuanto a figura, ni en cuanto a número.

(...)

Debo confesar que en más de una ocasión y en mi fuero interno mi audacia tuvo que combatir contra mis escrúpulos. Pues si querer abrazar en un único discurso los innumerables méritos de las mujeres, sus virtudes y su absoluta superioridad es un plan enteramente ambicioso y audaz, pretender acordarles, además, la preeminencia sobre los hombres ya es completamente chocante, colmo de la vergüenza y cosa propia, al parecer, de espíritus afeminados; quizás por esta razón tan pocos autores se aventuraron a dejar por escrito la alabanza de las mujeres, sin haberse atrevido a afirmar ninguno de ellos, hasta el día de hoy, su superioridad sobre los hombres.

(...)
¿Acaso no sería poco razonable o absurdo pensar que Dios terminaría tan magnífica obra con una cosa imperfecta? Ya que el mundo fue creado por Dios como un anillo de perfección absoluta, consideró necesario que éste quedara cerrado con un elemento que fuera como un eslabón capaz de reunir a la perfección, el principio y el final del círculo.

Por eso, y aunque la mujer fuera la última en ser creada según el tiempo y dentro del conjunto de las cosas, el espíritu divino la concibió en primer lugar, tanto por su prestigio como por su dignidad; en este sentido el profeta ha escrito: Antes de que los cielos fueran creados, Dios ya la había escogido entre todas. Es lugar común entre los filósofos decir (y lo cito en sus propios términos): el fin siempre es el primero en la intención y el último en la ejecución. La mujer fue la última obra de Dios y El la introdujo en nuestro mundo como regente de un reino que fue dispuesto para ella, íntegro y perfecto en todo. Por tanto, es justo que toda criatura la ame, la honre y la respete, y justo es que toda criatura le esté sometida y la obedezca, pues es la reina de todas las criaturas, su fin, la perfección y la gloria completa de todo. Por eso el sabio dijo de ella: Ha hecho brillar su noble origen viviendo con Dios, pues el Señor de todas las cosas la ama.

La superioridad de la mujer sobre el hombre, en cuanto a nobleza de origen y en razón del lugar a partir del cual fue creada, también queda sobradamente demostrada en las Santas Escrituras. En efecto, la mujer fue formada, igual que los ángeles, en el Paraíso, lugar enteramente colmado de nobleza y delicias, mientras que el hombre fue creado fuera del Paraíso, en el campo y entre las bestias salvajes, para ser más tarde conducido al Paraíso a fin de que la mujer pudiera ser allí creada.
(...)

Prosigamos ahora con nuestro discurso: si consideramos la materia de su creación, la mujer es superior al hombre, pues su creación no exigió una materia inanimada o un limo vil, sino una materia purificada, dotada de alma y vida, esto es, un alma razonable, partícipe de la divina inteligencia. A esto cabe añadir que Dios creó al hombre tomando una tierra que, por su propia naturaleza y mediando la influencia celeste, produce animales de toda especie, sin embargo a la mujer la creó Dios mismo, al margen de toda influencia celeste y de toda acción espontánea de la naturaleza, sin contribución de fuerza alguna; y si en ella se descubre una cohesión absoluta, entera y perfecta, veremos que el hombre tuvo que perder la costilla que sirvió para crear a la mujer, Eva. Y esto aconteció durante el sueño de Adán, sueño tan profundo que ni siquiera notó que le había sido sacada una costilla, costilla que Dios sacó del hombre para dársela a la mujer. En consecuencia, si el hombre es una obra de la naturaleza, la mujer es una creación de Dios. Y cabe decir que, por lo general, la mujer es más visitada por el esplendor divino que el hombre, y con frecuencia es más colmada del mismo, como se puede constatar si consideramos su primor y extraordinaria belleza.

(...)
Así pues, vosotros, hombres fuertes y robustos, y vosotros, cabildos de la escolástica, gordos de ciencias y ligados por tantas fajas, id ahora y probad con otros tantos ejemplos esa tesis opuesta a la mía, que la iniquidad del hombre es mejor que las buenas acciones de la mujer. De ningún modo podréis sostenerla, a menos que recurráis a las alegorías, en las que el prestigio de la mujer igualará al del hombre.
(...)

Sin embargo, Dios no muestra ninguna preferencia por nadie, pues en Cristo no hay ni sexo masculino ni sexo femenino, sino una criatura nueva.


CORNELIUS AGRIPPA
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Lun Abr 29, 2013 3:37 pm

Siempre la mujer, siempre la madre ( "madre" se llamó a la materia metafóricamente, y aun el actual nombre de materia es una transformación de "madre")


El tasawuff comienza con las visitas de las mujeres a las tumbas de los santos...¡ y no conoce final...!(De un sheik contemporáneo, según Christian Bonaud)

(...) fue una madre la que ,junto al lecho de su hijo enfermo, inventó la plegaria (...) ha sido el amor desgraciado el que inventó la poesía. (Sören Kierkegaard)

Fue otra madre, AGAR, la que con la ayuda de ALLAH, preservó la semilla del ISLAM...
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mataril el Lun Abr 29, 2013 6:05 pm

Cualquier ser humano independientemente del sexo precisa de un segundo nacimiento, de una iniciación.
Cualquier diferenciación es INCOMPRENSIÓN profunda, y remilgos de mendigos sino se termina en un género humano, en un andrógino. Esto si que es admirable y digno de mención.
Cualquier apreciación que no se haga desde ese UNO, es apreciación periférica por parte del emisor y el receptor ni te cuento.
Y sino se tiene una debida consideración en esto es muy probable que o se termine en la misoginia o en su opuesto que no lo encuentro en la RAE, creo que es misantropía.

Yo antes veía a la mujer con ventajas respecto al hombre ahora lo veo completamente igual. Es el hombre con sus alabanzas quien escinde pues vive en una nube de ilusión metafórica, en unos ideales de amor maternal que suelen confundir al hombre con la verdadera busqueda, y eso es el uno. La maternidad es digno de mención, pero la unidad entre ambos sexos, llegar a ser andrógino es algo mucho mayor, ahí se terminaron los cuentos.
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Mar Abr 30, 2013 4:05 am

mataril escribió:Cualquier ser humano independientemente del sexo precisa de un segundo nacimiento, de una iniciación.
Cualquier diferenciación es INCOMPRENSIÓN profunda, y remilgos de mendigos sino se termina en un género humano, en un andrógino. Esto si que es admirable y digno de mención.
Cualquier apreciación que no se haga desde ese UNO, es apreciación periférica por parte del emisor y el receptor ni te cuento.
Y sino se tiene una debida consideración en esto es muy probable que o se termine en la misoginia o en su opuesto que no lo encuentro en la RAE, creo que es misantropía.

Yo antes veía a la mujer con ventajas respecto al hombre ahora lo veo completamente igual. Es el hombre con sus alabanzas quien escinde pues vive en una nube de ilusión metafórica, en unos ideales de amor maternal que suelen confundir al hombre con la verdadera busqueda, y eso es el uno. La maternidad es digno de mención, pero la unidad entre ambos sexos, llegar a ser andrógino es algo mucho mayor, ahí se terminaron los cuentos.



Eso está muy realizado en los FIELES DE AMOR y esbozado en la METAFÍSICA DEL SEXO de JULIUS EVOLA...
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mataril el Jue Mayo 02, 2013 6:38 pm

Cualquier persona capaz de detener su diálogo interno que se preste y observe ambos sexos se dará cuenta que todo lo postulado aquí en este hilo es cierto y complementario en el sentido de; por supuesto que el hombre se diviniza por la mujer, por supuesto que la mujer tiene cualidades innatas que la hacen infinitamente superior a un hombre, y de esta "desigualdad" nace todo. Pero tener cualidades no significa despertar, quizás estén en peor situación que los hombres por infinitud de paralelismos. Uno por ejemplo es, sabiendo que el tonal es la parte conocida, la personalidad, y el nagual lo desconocido lo que no puede enseñarse y la parte divina, en este sentido le pertenece al hombre el tonal y a la mujer el nagual, pero si un tonal no se ha desprendido de su razón, si un tonal no ha pulido su piedra bruta es despedido del reino de los cielos con mayor virulencia y aun sitio mucho más atrás del que partió. De aquí que la mujer que no se trabaje sea mucho peor que un hombre que no se trabaje. Que se posean cualidades no quiere decir absolutamente nada pues ambos sexos parten de la profania.

Dicho de otro modo, la dualidad interna ha de ser equilibrada y en ambos extremos está el polo positivo hombre tonal y polo negativo mujer nagual. Esta lucha interna opera en todo ser humano y de no ser equilibrada se tenderá a la imposición de uno sobre el otro nunca a la armonización.

Por eso occidente somete a oriente, oriente es cienmilveces superior que occidente, lo mismo pasa con el hombre y la mujer. Y existe también el paralelismo en la violencia de género, cuando un hombre no consigue equilibrar acude a lo único en lo que es superior.

Pero, ante todo lo anterior cabe señalar una advertencia y es que no se puede comprender esto bajo los influjos de la razón, por eso atribuir cualquier beneficio a uno de los sexos en oídos del profano esto causará un mal mayor pues en su interior hay lucha, hay razón y hay un montón de cosas que imposibilitan la comprensión. Esto es mera contemplación, no te lleva a ningún lugar en concreto más que a sacar conclusiones del porque la creación ha sido así de injusta.

Y si se llega a esa conclusión de injusticia es que aún no se ha equilibrado bien la balanza.

En última instancia, lo más elevado es el andrógino y carecer por comprensión que no hay sexos sino sólo la raza humana o el género humano.
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Vie Mayo 03, 2013 5:13 pm

Mito de Aristófanes
"…, tres eran los sexos.., no dos como ahora, masculino y femenino, sino que había además un tercero que era común a esos dos, del cual perdura aún el nombre, aunque él mismo haya desaparecido. El andrógino (hombre-mujer), .., era …una sola cosa en cuanto a figura y nombre, que participaba de uno y otro sexo, .., mientras que ahora no es sino un nombre que yace en la ignominia…., la figura de cada individuo era por completo esférica, con la espalda y los costados en forma de círculo; tenía cuatro brazos e igual número de piernas que de brazos, y dos rostros sobre un cuello circular, iguales en todo; y una cabeza, una sola, sobre estos dos rostros, situados en direcciones opuestas, y también cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo lo demás según puede uno imaginarse según lo descrito... Caminaba además erecto, como ahora, en cualquiera de las dos direcciones que quisiera; mas cada vez que se lanzaba a correr rápidamente, del mismo modo que ahora los saltimbanquis dan volteretas haciendo girar sus piernas hasta alcanzar la posición vertical, avanzaba rápidamente dando vueltas, apoyándose en sus ocho miembros …lo masculino era ..descendiente del sol, lo femenino de la tierra, y lo que participaba de ambos de la luna porque también la luna participa de lo uno y de lo otro. Y precisamente eran circulares ellos mismos y su manera de avanzar por ser semejantes a sus progenitores. Eran, pues, terribles por su fuerza y su vigor y tenían gran arrogancia, hasta el punto de que atentaron contra los dioses. Y lo que dice Homero de Oto y Esfialtes; se dice también de ellos, que intentaron ascender al cielo para atacar a los dioses. Entonces Zeus y los demás dioses deliberaron lo que debían hacer con ellos, y se encontraban ante un dilema, ya que ni podían matarlos ni hacer desaparecer su raza, fulminándolos con el rayo como a los gigantes -porque entonces desaparecerían los honores y sacrificios que los hombres les tributaban-, ni permitir que siguieran siendo altaneros. Tras mucho pensarlo, al fin Zeus tuvo una idea y dijo: "Me parece que tengo una estratagema para que continúe habiendo hombres y dejen de ser insolentes, al hacerse más débiles. Ahora mismo, en efecto -continuó-, voy a cortarlos en dos a cada uno, y así serán al mismo tiempo más débiles y más útiles para nosotros, al haber aumentado su número.Caminarán erectos sobre dos piernas; pero si todavía nos parece que son altaneros y que no están dispuestos a mantenerse tranquilos, de nuevo otra vez -dijo- los cortaré en dos, de suerte que avanzarán sobre una sola pierna saltando a la pata coja". Dicho esto, fue cortando a los hombres en dos, como los que cortan las yerbas y las ponen a secar o como los que cortan los huevos con crines. Y a todo aquél al que iba cortando, ordenaba a Apolo que le diera la vuelta al rostro y a la mitad del cuello en el sentido del corte, para que, al contemplar su seccionamiento, el hombre fuera más moderado, y le ordenaba también curarle lo demás. Apolo le iba dando la vuelta al rostro y, recogiendo la piel que sobraba de todas partes en lo que ahora llamamos vientre, como ocurre con las bolsas cerradas con cordel, la ataba haciendo un solo agujero en mitad del vientre, precisamente lo que llaman ombligo. En cuanto al resto de las arrugas, la mayoría las alisó, y conformó el pecho sirviéndose de un instrumento semejante al que emplean los zapateros para alisar sobre la horma las arrugas de los cueros. Mas dejó unas pocas, las que se encuentran alrededor del vientre mismo y del ombligo, para que fueran recordatorio de lo que antaño sucedió.Así pues, una vez que la naturaleza de este ser quedó cortada en dos, cada parte echaba de menos a su mitad, y se reunía con ella, se rodeaban con sus brazos, se abrazaban la una a la otra, anhelando ser una sola naturaleza, y morían por hambre y por su absoluta inactividad, al no querer hacer nada los unos separados de los otros. Y cada vez que moría una de las mitades y sobrevivía la otra, la que sobrevivía buscaba otra y se abrazaba a ella, ya se tropezara con la mitad de una mujer entera -lo que precisamente llamamos ahora mujer-, ya con la mitad de un hombre; y de esta manera perecían. Mas se compadeció Zeus y se ingenió otro recurso: trasladó sus órganos genitales a la parte delantera (porque hasta entonces los tenían también por fuera, y engendraban y parían no los unos en los otros, sino en la tierra, como las cigarras).Los trasladó, pues, de esta manera a su parte delantera e hizo que por medio de ellos tuviera lugar la concepción en ellos mismos, a través de lo masculino en lo femenino, a fin de que, si en el abrazo se encontraba hombre con mujer, engendraran y siguiera existiendo la especie, mientras que si se encontraba hombre con hombre, hubiera al menos plenitud del contacto, descansaran, prestaran atención a sus labores y se ocuparan de las demás cosas de la vida...
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Vie Mayo 03, 2013 5:16 pm

Detrás de las las metáforas siempre hay un mito aunque no lo recordemos, como la de la “media naranja” que nos lleva tanto al mito contado por Aristófanes como a la versión cabalística del andrógino que en realidad eran ADAN y EVA, a través de la pista de que el texto hebreo no dice MANZANA sino MANZANA DORADA, y como en aquel tiempo a la NARANJA, en hebreo, se la denominaba con dicha metáfora, advertimos que el dicho también nos lleva al PARDES y no sólo a ágape socrático...
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Vie Mayo 03, 2013 5:18 pm

De todos los dioses el amor es
el más amigo de los hombres
y su mejor médico, pues sólo
él es capaz de curarles de su
mayor mal que no es otro sino
la pérdida de su naturaleza
originaria.

Platón
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Vie Mayo 03, 2013 5:25 pm

http://www.lalegion.pe/Biblioteca/Filosofia/metafisicadelsexo.pdf
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Vie Mayo 03, 2013 5:28 pm

El matrimonio como "Misterio" en el mundo de la Tradición


Sobre todo a partir de la obra fundamental de Fustel de Coulanges, se reconoce generalmente que la familia antigua fue una institución de base religiosa, más que una asociación natural. De una manera genera, esto es igualmente válido que respecta a la familia en toda gran civilización de los orígenes o civilización del mundo de la tradición. Este carácter sacral no podía dejar de alcanzar también, en una cierta medida, las relaciones íntimas entre los dos sexos y el uso conyugal de la sexualidad.

Ante todo hay que notar que, en el matrimonio antiguo, el factor individualista era ordinariamente muy reducido, no aparecía como el factor determinante. A menudo, no se preocupaban sino accesoriamente de la inclinación y del afecto; era especialmente la raza lo que se tenía en consideración. La dignitas matriminii, desde un principio, se relacionaba en Roma con la descendencia nobiliaria. Es por esto que, no solamente en Roma, sino también en Grecia y en otras civilizaciones tradicionales, se distinguía la mujer destinada a alcanzar la dignitas matrimonii de las otras mujeres cuyo uso era eventualmente consentido al mismo tiempo al hombre, con fines de pura experiencia erótica (de ahí la institución del concubinato, legalmente admitido al lado del régimen familiar, como complemento de éste). Además, con respecto a la propia esposa, se daba a menudo una distinción entre su uso puramente erótico y un uso específico con voluntad consciente de procrear. Cuando el esposo se acercaba a la esposa con esa intención se seguía un ritual especial, con ceremonias lustrales o propiciatorias, con detalles particulares en el régimen de la unión sexual. A veces, se hacía preceder ésta de un período de abstinencia. En la antigua China, se daba un régimen del coito en el que el semen masculino era retenido. Determinado ritual, consideraba inclusive el exorcismo del demonio de la lascivia que se había apoderado de la mujer. En algunos casos se oraba y se invocaba a los dioses, se buscaba una fecha propicia y los esposos se aislaban. Han sido revelados elementos de una ciencia concerniente a las circunstancias que hacían más probable el nacimiento de un niño de uno u otro sexo (1).

A continuación, es importante resaltar que, inclusive en las sociedades totémicas, el concepto de procreación no se reducía al concepto naturalista de la continuación de la especie, porque, al engendrar, lo que se quería esencialmente era conservar y transmitir en el tiempo la fuerza mística de la sangre, de la gens, sobre todo la del antepasado primordial, inmanente como genius del linaje, representado bajo una forma sensible, en la antigüedad clásica, por el fuego sagrado eterno de la casa. Y de la misma manera que la participación en los ritos de una familia creaba eventualmente nuevos parentescos, es decir, agregaba a ella un extraño, tambien hay indicios que hacen pensar que en la antigüedad tracional la mujer, antes de pertenecer al marido era "desposada" por esta fuerza mística del linaje ancestral. Es significativo el hecho de que en Roma se llamase lectus genialis, es decir, lecho del genius, al lecho nupcial. Un testimonio residual más preciso concierne al uso nupcial romano según el cual la mujer, antes de unirse al marido, debía unirse al dios Matitus o Tutinus priápico que, en el fondo no constituía más que uno con el genius domesticus o lar familiaris. Despues de entrar en la mansión de su esposa, la joven, la nova rupta, antes de acceder al lecho conyugal, tenía que sentarse sobre el simulacro itifálico de este dios, como si correspondiera a este desflorar primero -ut illarum pudicitiam prior deus delibasse videtur (2). Y también se podrían indicar ritos análogos y dotados de la misma significación en otras civilizaciones. El verdadero fin del matrimonio era una descendencia cualquiera, sino en primer lugar, el "hijo del deber", como se llamaba en la India al primer varón nacido, haciéndose votos para que fue un "héroe"; la fórmula final de la ceremonia nupcial, çraddhá, era ésta: viram me datta pitarah ("¡Oh, padres, haced de manera que yo tenga un héroe por hijo!") (3).

En la familia sacralizada, la polaridad de los sexos aparece subordinada a un régimen de complementariedad; de ahí el papel que a menudo tuvo la mujer en el culto doméstico indo-europeo, en relación con el fuego, de la que ella era la guardiana natural, al tener por principio la naturaleza de Vesta, "llama viviente" o fuego-vida. En cierto modo, la mujer era el sostén viviente de esta influencia suprasensible la contrapartida del principio viril del pater familias. Por eso era a la mujer, sobre todo a quien correspondía vigilar que la llama no se apagase y permaneciera en estado en estao pudo; ella invocaba su fuerza sagrada ofreciéndole sacrificios mediante el fuego (4). En Roma, existía igualmente un régimen similar de complementareidad para el sacerdocio. Es por esto por lo que si la esposa del Flamen -la flaminica dialis- moría, aquél tenía que abandonar su cargo, como si por la falta de complemento vivificante su poder disminuyera o se paralizase. Testimonios análogos se pueden recoger de otras tradiciones, por ejemplo, de la tradición brahmánica en la que ya sentidos ulteriores son también relevantes. La mujer unida al hombre por el sacramento -samskára---. se presenta como la "diosa de la casa" -grhadevatâ- y originariamente estaba asociada al marido en el culto y en los ritos. La mujer sirve, ya de hogar -kunda-, ya dela ama de sacrifisacrificio. Se habla de meditar sobre la mujer concebida como un fuego -yosha-magnin dhyáyita. Y ya se anuncia el plan realizador, además de ritual, si en estos cuadros la unión del hombre y la mujer era concebida como un gran rito -vajna-, como un equivalente del sacrificio en el fuego -honra. Se lee: "El que conoce a la mujer bajo la forma del fuego, alcanza la liberación." Y el Cathapata-brahmán hace decir a la mujer: "Si tú haces uso de mí en el sacrificio, cualquiera que sea la bendición que pidas, la obtendrás a través de mí" (5). Se han homologado los frutos de una de las formas del sacrificio del soma ( Vajapeya) a los producidos mediante la unión con una mujer, cuando se ha cumplido con conocimiento de las correspondencias y los equivalentes cósmicos de ella y de su cuerpo. Se señala la matriz, centro de la mujer, como el fuego sacrificial (6). Otro texto tradicional hace corresponder todas las fases de la unión sexual con las fases de una acción litúrgica y muestra la posibilidad de que la segunda se realice tejida con la primera (7).

En general, el matrimonio podía presentar ya en estos términos los caracteres de un "misterio" en un régimen de ritualización. En un ritual indoeuropeo bien conocido, relativo al acto procreador, la posición consciente de las correspondencias cósmicas de lo masculino y lo femenino -el Cielo y la Tierra- está netamente atestiguado: "Así pues, que el esposo se aproxime a ella pronunciando la fórmula: Yo soy El y tú eres Ella; tú eres Ella y yo soy El. Yo soy el canto (sáman) y tú eres la estrofa (rc)... Yo soy el Cielo y tú eres la Tierra. Ven, abracémonos, mezclemos nuestra simiente, para el nacimiento de un varón, para la riqueza de nuestra casa." A continuación, haciendo que la mujer separe las piernas, dice: " ¡Oh vosotros, Cielo y Tierra, mezclaos!" Y entrando en ella, con la boca unida a su boca, acariciándola tres veces de arriba abajo, dice: "...Como la Tierra acoge al Fuego en su seno, como el Cielo acoge a Indra en su regazo, como los puntos cardinales están llenos de viento, así yo deposito en ti el germen de N. (nombre del hijo) (Cool." Así pues, la virilidad en el signo del Cielo, la femineidad en el de la Tierra. De la misma manera en Grecia, según Píndaro, por relación al fundamento ontológico de su naturaleza más profunda, los hombres invocaban en el amor a Helios, el Sol, y las mujeres a Selene, la Luna (9). También se puede notar que en casi todos los dialectos hindúes de origen sánscrito se llama a las mujeres prakriti, palabra que, como ya hemos visto, designa metafísicamente la "naturaleza", como la fuerza-mujer del dios impasible, del purusha (10). Este último término de sacralización del matrimonio mismo debía velarse poco a poco; sin embargo, hasta tiempos recientes han quedado trazos de él en hechos positivos explicables solamente si se les relaciona con ese último término. Con homologaciones divinas y cósmicas precisas, no se conserva más que en el dominio cultural en sentido específico, en las variedades del hieros gamos, de la hierogamia y teogamia rituales según lo que diremos muy pronto. Pero, para la antigüedad, se afirma a justo título que un pueblo en el que las_prácticas nupciales estaban ritualizadas y siempre conformes a las leyes eternas, constituía una gran cadena mágica uniendo la esfera material a las esferas superiores (11). Novalis tenía razón al considerar el matrimo como se le conoce hoy día, como un "misterio profanado"; en el transcurso del tiempo, se ha reducido efectivamente a no ser más que la única alternativa ofrecida a quien siente horror de la soledad. El hecho de que Claude de Saint-Martin no haya ciertamente realizado todo el alcance de sus palabras y no haya tenido una visión de la situación en que ellas son verdaderas, no disminuye la exactitud de lo que escribió: "Si el género humano supiese lo que es el matrimonio, tendría a la vez un deseo extraordinario y un miedo terrible de él, dado que gracias a él el hombre puede hacerse de nuevo semejante a Dios o bien terminar en un desastre total" (12).

En el cuadro de las mismas religiones creacionistas, ha subsistido sin embargo la concepción general de un carácter sagrado del acto procreador, en tanto reflejo, prolongación o reproducción del acto creador divino. Para el Irán mazdeista, se puede recordar un antiguo ritual nupcial en el que la idea de las gracias divinas está inclusive asociado a la intensidad máxima de la unión sexual (13). Para el Islam, un ritual que recuerda en parte el ritual indoeuropeo citado con anterioridad nos dice hasta qué punto sale de estas tradiciones la idea de la sexualidad como algo culpable y obsceno en que toda referencia a la divinidad sería como una blasfemia. Según este ritual, en el momento de penetrar a la mujer el esposo tendría que pronunciar: "En el nombre de Alá clemente y misericordioso -Bismallah alrahman al -rahim" Después la mujer y el hombre dirían al unísono: "En el nombre de Dios", y, finalmente, sólo el hombre, en el momento de sentir desfallecer a la mujer y de emitir el esperma en ella, diría el resto de la fórmula, es decir, las palabras "...clemente y misericordioso" (14). En esta misma línea, un maestro del sufismo, Ibn Arabí, llega inclusive a hablar de una contemplación de Dios en la mujer, en una ritualización de la unión sexual conforme a valores metafísicos y teológicos. En su tratado Fucuc Al-Hikam escribe: "Este acto [conyugal] corresponde a la proyección de la Voluntad divina sobre lo que, en el momento mismo en que El lo crea, lo crea en Su forma, para reconocerse en ello El mismo... El Profeta ama a las mujeres precisamente en razón de su rango ontológico, porque ellas son como el receptáculo pasivo de su acto, y porque se sitúan en relación a él como la Naturaleza Universal (at-tabi'ah ) en relación a Dios. Es sin duda en la Naturaleza Universal donde Dios incuba las formas del mundo mediante la proyección de Su voluntad y por el Acto Divino, el cual se manifiesta como acto sexual en el mundo de las formas constituidas por los elementos, como voluntad espiritual [al-himmah - lo que nosotros hemos llamado la virilidad trascendente] en el mundo de los espíritus de luz y como conclusión lógica en el orden discursivo [a este respecto se le podría relacionar con el rigor lógico concebido como una manifestación esencial del principio masculino - cf. § 38]." Ibn Arabí dice que quien ama así a las mujeres, es decir, realizando estas significaciones mientras se une a ellas, "las ama con amor divino". Pero para quien no obedece más que a la atracción sexual, "el acto sexual será una forma sin espíritu; bien entendido que el espíritu permanece siempre inmanente a la forma como tal, sólo que resulta imperceptible para quien se aproxima a su esposa -o a cualquier mujer- por la sola voluptuosidad, sin conocer el verdadero objeto de su deseo..." "Las gentes saben muy bien que yo estoy enamorado. - Unicamente ignoran de quién..." -estos versos son aplicables a quien ama por la sola voluptuosidad, es decir, a quien ama el soporte de la voluptuosidad, la mujer, pero permanece inconsciente al sentido espiritual de aquello de que se trata. Si lo conociera, sabría en virtud de qué goza y quién goza [realmente] de esta voluptuosidad, y entonces sería [espiritualmente] perfecto (15)." En esta teología sufí del amor se debe ver solamente la amplificación y la elevación' a una conciencia más precisa del modo ritual con el que el hombre de esta civilización ha asumido y vivido más o menos distintamente las relaciones conyugales en general, partiendo de la santificación que la ley coránica confiere al acto sexual, en un régimen no solamente monogámico, sino también poligámico. De ahí nace también el sentido particular que puede revestir la procreación, entendida precisamente como la administración del prolongamiento del poder creador divino existente en el hombre.

El antiguo hebraismo ignoró, también él, la condena ascética y puritana del sexo y concibió el matrimonio no como una concesión a la ley de la carne, más fuerte que el espíritu, sino como uno de los más sagrados misterios. Para la Kabala judía, cada verdadero matrimonio era como una realización simbólica de la unión de Dios con la shekinah (16).

Finalmente, vale también la pena referirse a la doctrina china de las uniones reales. Aparte de la que es propiamente su esposa, el rey tiene ciento veinte mujeres. El uso de todas ellas reviste también el sentido de un rito y obedece a un simbolismo preciso. Las mujeres reales se dividen en cuatro grupos diferentes en rela-ción inversa a su número y su valor: el grupo más numeroso está compuesto por las mujeres consideradas menos nobles. A las mujeres no les es permitido acercarse al rey más que en determinadas noches, en un período decreciente de la noche del plenilunio, comenzando por los grupos más numerosos y exteriores, llamados en las noches casi oscuras, sin luna, hasta el último grupo, compuesto solamente por tres mujeres, que tienen para ellas las dos noches anteriores a la noche sagrada del plenilunio. En esta noche, en que macrocósmicamente la luna, desnuda en toda su luz, se encuentra frente al sol, únicamente la reina perma-nece delante del rey, el Hombre Unico, y ella se hace una unidad con él.

He aquí la idea de una unión que, absoluta en el centro, se multiplica atenuada en los grados en que lo múltiple -la cantidad- crece y la dignidad disminuye, como la fuerza del Uno, cuando fecunda la materia: reflejos, cada vez más condicionados de lo que es absolutamente en acto en la hierogamia de la pareja real, en un sistema de participación que repite un modelo cósmico (17).


Notas a pie de página:

(1) Cf. S. PELADAN, La Science de l'Amour, París, 1911, págs. 324-325.
(2) PROPERCIO (Carm., IV, ü, 33); LACTANCIO, Div. Inst. i, 20, 36 (apud PESTALOZZA, Op. cit., págs. 387, 407). Cf. también A. DE MARCHI, // culto privato in Roma antica, Milano, 1896.
(3) Cf. S. RADHAKRISHNAN, The Hindu view of life, LondonNew York, 1927, pág. 84.
(4) F. de COULANGES, La cité antique, París, 1900, págs. 107-166.
(5) I, viii, i, 9. J. WOODROFFE, Shakti and Shdkta, Madra-London3, 1929, págs. 96-97.
(6) Brhaddranyaka-upanishad, IV, iv, 3.
(7) Chándoya-Upanishad, II, xii, 1-2.
(Cool Brhadáranyaka-upanishad, VI, iv, 20-22; fórmula análoga abre-viada en Atharva-Veda, XIV, ii, 71.
(9) Cf. KERENYI, Figlie del Sole, cit., pág. 134.
(10) Es interesante que, en ciertas lenguas romances -por ejemplo, en italiano y en francés- el órgano sexual femenino es llamado, en el habla popular, "la naturaleza", de la misma manera que prakriti representa la "naturaleza" frente a purusha.
(11) P. B. RANDOLH, Magia sexualis, París2, 1952, pág. 28.
(12) C. DE SAINT MARTIN, Le Ministére de l'Homme-Esprit, París, 1802, pág. 27.
(13) Yaena, 53, 7.
(14) HALEBY OTHMAN, Les bis secrétes de l'amour, París, 1906. La evocación de Brahma en el momento de eyacular el semen, al mismo tiempo que la fórmula citada con anterioridad, se encuentra por ejemplo en el Mahanirvana-tantra, IX, 112-116.
(15) IBN ARABI, La Sagesse des Prophétes, Trad. T. Burckhardt, París, 1955, págs. 187-189.
(16) Cf. SCHOLEM, Mystique juive, cit., pág. 251.
(17) M. GRANET, La pensée chinoise, París, 1950, págs. 293-295.
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Vie Mayo 03, 2013 5:30 pm

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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Vie Mayo 03, 2013 5:31 pm

La doctrina del andrógino en el misticismo cristiano
por juliusevola en Metafisica del sexo

Ya hemos visto que, con Escoto Erígena, la doctrina del andrógino aparecía en el marco mismo de la teología cristiana. Sin relación alguna, al menos visible, con Escoto Erígena, por el contrario, partiendo sobre todo de Jacob Boehme, el mismo tema se encuentra también en un grupo conocido de místicos y de exegetas que, aunque permaneciendo esen­cialmente en la órbita del cristianismo, han intentado igual­mente presentar la diferenciación de los sexos como una consecuencia de la caída del hombre primordial, creado al principio por Dios a su imagen, hombre y mujer, es decir, andrógino.

Hemos recordado que la exégesis cabalística se había aplica­do ya a interpretar en este sentido el mito bíblico; en particular, que León Hebreo había intentado explícitamente homologar el mito bíblico con el del Banquete de Platón. Desarrollando ideas análogas, inclusive sin referirse a Platón, ateniéndose exclusivamente a la Biblia, los autores cristianos que acabamos de citar, empezando por Boehme, se han visto constreñidos a especulaciones sofísticas y forzadas para dar alguna unidad a motivos hetero­géneos que, en el mito bíblico, se encuentran visiblemente en estado de mezcla sincrética. En el Génesis, en efecto, al contrario que en Platón, se habla al principio del ser original creado andró­gino, luego de la aparición de los sexos, no como resultado de una falta, sino como iniciativa de Jehová, el cual, como apercibiéndose de un defecto de su precedente creación en siete días, estimando que no era bueno para Adán estar solo, separa y forma de él a Eva. En fin, en tercer lugar, ya exis­tiendo los sexos, se habla del pecado de Adán, pecado al que no se puede dar, como ya hemos hecho notar, una interpre­tación sexual, pues el precepto de multiplicarse y las palabras referentes a que el hombre formará con la mujer una sola carne viene en el Génesis antes del relato de la caída y la deso­bediencia de Adán.

Pero la teoría del andrógino ha ejercido tal atractivo sobre varios místicos, que no se han preocupado de estas discordancias objetivas manifiestas y han intentado hacer valer igualmente esta teoría en él marco bíblico. El que está en el origen de esta corrien­te más tardía, Jacob Boehme, no solamente conocía la especula­ción hermética, sino que había extraído del hermetismo alquímico una gran parte de su terminología simbólica; así por ejemplo, él hace del Azufre, Mercurio, Nitrato, Agua, Fuego, Sal, etc., los símbolos de las potencias cósmico-espirituales. Por esto es vero­símil que tomara el tema del andrógino, no de la teología hebrai­ca secreta de la Cabala, sino del hermetismo que, bajo las especies del Rebis, había hecho suyo ya este tema, gracias a una tradición independiente surgida de los medios misteriosóficos y gnósticos (81).

El arreglo boehmiano del mito bíblico es como sigue. Origina­riamente, el ser había sido pues creado andrógino, reuniendo en sí el principio masculino y el principio femenino (llamados tam­bién por Boehme la Tintura del Fuego y la Tintura de la Luz). El sueño de Adán no fue el estado en el que Adán fue sumergido cuando el propio Dios quiso sacar a Eva de Adán, sino que ese sueño es presentado como el símbolo de una primera caída; para Boehme, este sueño hace alusión al estado en que se encontró Adán cuando, abusando de su libertad, se separó del mundo divino y se "imaginó" a sí mismo en el de la naturaleza, haciéndose terrestre y degradándose. Ciertos continuadores de Boehme asociaron este sueño, ya al vértigo que descendió sobre Adán al ver emparejarse a los animales, ya a su deseo de imitarlos. La aparición de los sexos habría sido, según esta concepción, una consecuencia de la caída original. Sin embargo, ella habría sido también un remedio divino, como si Dios, al ver el estado de privación y de deseo en el que, en adelante, se encontraría el ser caído, le hubiese dado a la mujer, Eva, para evitar lo peor (82). León Hebreo había enseñado por otra parte que el fin original del hom­bre no era la procreación, sino la contemplación divina, que le habría asegurado la inmortalidad, sin deber procrear. Fue cuando, por causa del pecado, el hombre se hizo mortal, cuando Dios le dotó del poder de reproducirse dándole a Eva como compañía, a fin de que, de una manera o de otra, el género humano no pereciese (83).

Volviendo a Boehme, la historia de la manzana y la serpiente (la verdadera falta, según el texto ortodoxo), no se referiría sino a una segunda caída, o segunda fase de la caída. El nacimiento de Eva es ofrecido en estos términos por un discípulo de Boehme, J. J. Wirz: después de haber visto emparejarse a los animales, Adán engendró primeramente a Eva como una imagen mági­ca (podríamos decir: como una imagen de fiebre proyectada por su propio deseo), a la que suministró en seguida una subs­tancia terrestre, interviniendo Dios en último lugar para insu fiar también en ella un espíritu divino y darle un ser verda­dero, para que a continuación los dos no fuesen más que uno (84).

En estas especulaciones, se encuentra una dicotomía característica del principio femenino, en relación con la doctrina de Sofía, la Virgen divina. El ser indiviso de los orígenes habría sido unido interiormente, "en un matrimonio sagrado y oculto", al "cuerpo luminoso de la virgen celeste Sofía"; unido a ella, podía comunicar con Dios y operar toda clase de milagros (85). G. Gichtel habla de esta sofía como de la "luz del alma de fuego" en el ser original; cuando la considera como "el Fiat con el que Dios creó toda cosa" (86), es decir, como la "potencia" de Dios, nos la hace aparecer como un equivalente de la Cakti. Ella es asimi­lada también al "arbol de Vida" y llamada "Agua-de-Vida" (M. Hahn), con lo que vuelve a aparecer la convergencia entre los dife­rentes símbolos tradicionales de lo femenino, ya señalado por nosotros (87). Finalmente, Sofía es concebida también como la "Sabiduría celeste". Boehme y Gichtel dan también una versión. complementaria a la caída, diciendo: al igual que Lucifer, el ser primordial quiso dominar a la Virgen que, entonces, se separó de él, pese a que en él no permaneció más que el principio de fuego privado de luz, árido y sediento. Para otros (Gottfried Arnold), es el mismo deseo carnal el que hace perder al ser original esta "esposa oculta" (88). De todas formas, inclusive caído, el hombre, al amar a las mujeres, desea siempre secretamente a esta Virgen, es de ella de quien tiene hambre, inclusive cuando cree satisfa­cerse con el placer carnal y terrestre. La "débil" mujer terrestre no es más que un sucedáneo de ella, y la integración que ella parece prometer es ilusoria. Boehme hace de la palizada bíblica del Edén, que contiene el Arbol de la Vida, un símbolo de la imposibilidad de alcanzar el fin a través de la unión de los sexos terrestres; es como tocar un fruto que repentinamente el jardinero arranca de la mano del hombre: justamente porque el hombre 'confunde Sofía con Eva, confunde a la Virgen con la matriz Veneris que le atrae con un falso deseo (89). Wirz (90) concibe el fuego de la espada del ángel encargado de la guarda del Edén como el que debe destruir hasta las raíces el principio animal del deseo, en los que aspiran a la reintegración de la imagen divina. De esto se pasa a la mariología; se ve en la María cristiana la mujer en la cual se cumplen no solamente el nacimiento del Hijo, sino también el nuevo nacimiento del alma.

Así, inclusive dentro de esa corriente que intenta atenerse al mito hebraico bíblico, avalado por el cristianismo, la doctrina del andrógino es indicada como la clave del misterio de la atrac­ción entre los sexos. Franz von Baader pronuncia palabras decisi­vas cuando dice que: "Se elevará victoriosa sobre todos sus adver­sarios sólo esta teología que presentará al pecado como una desin­tegración del hombre; la redención y el renacimiento, como su reintegración (91). Pero en principio la doctrina de Sofía ha terminado por conducir al dualismo de un ascetismo puritano: el que quiera alcanzar de nuevo a Sofía, debe renunciar a Eva, la mujer terrestre. La una excluye a la otra. Confusamente, Sofía se identifica a veces con María, a veces con el mismo Cristo (que, como en Escoto, según estos autores, habría restablecido en sí la unidad de los dos sexos); no solamente el hombre la desea, sino también la mujer, como si fuese ella, Sofía, quien incorpora lo Uno. Todo converge pues en el plano del simple misticismo reli­gioso, y tampoco se podría decir si estas especulaciones han dado lugar al menos al régimen de las evocaciones. Este fue probable­mente el caso de Gichtel (Gichtel es quizá el representante de esta corriente más cercano al esoterismo; entre otras cosas, se encuentra en él una doctrina de los centros secretos del cuerpo semejante a la yóguica y a la tántrica) (92). El escribía: "Tenemos un cuerpo sideral por encima del de los elementos, que es también espiritual, que tiene hambre de Sofía y que, con su hambre per­manente, la atrae" (93). Pero, en general, en esta corriente no se encuentra nada que tenga aspecto de ser un uso iniciático concre­to del sexo. Todo lo más, se llega a una justificación idealizante del matrimonio, en lugar de a su negación ascética.

Esta justificación se encuentra sobre todo en uno de los. representantes más tardíos de esta dirección: Franz von Baader. Este escribe: "El fin del matrimonio como sacramento es la restauración recíproca de la imagen celeste o angélica como debe­ría ser en el hombre, y como sería justamente el que, interiormen­te (espiritualmente) no sería ya un animal macho, al igual que en la mujer tal como ella debería ser, es decir, no ya un animal hem­bra, porque solamente así los dos habrían completado en sí la idea de la humanidad" (94). "Unicamente así —añade Baader (95)—se puede comprender el elemento sacramental de esta unión (del matrimonio), porque solamente una tal finalidad los transporta más allá del tiempo, en el ser eternamente verdadero, mientras que lo que es simplemente terrestre o temporal no podría, como tal, revestir el carácter de un sacramento, y no tiene necesidad de un sacramento." Así, "la significación superior del amor sexual, que no se debe identificar con el instinto de reproducción, no es otra que ayudar, tanto al hombre como a la mujer, a integrarse interiormente (en el alma y el espíritu) en la imagen humana completa, es decir, en la imagen divina original (96). Esta imagen andrógina que se hizo incorporal después de la caída, debe encar­narse, fijarse y estabilizarse en los amantes, si bien "los dos no se reproducen solamente en un tercer ser, en el hijo, permanecien­do sin embargo ellos mismos tales como eran (no regenerados), sino que ambos renacen interiormente como hijos de Dios" (97).

Aparte este esquema abstracto, Baader no concibe ni siquiera en teoría una verdadera vía iniciática del sexo; la causa de ello fue que el dualismo cristiano y un misticismo asexual habían hecho presa en él. Así, por ejemplo, le vemos enunciar la curiosa y bastante cómica teoría según la cual el simple abrazo de los aman­tes, que afecta exclusivamente la región del pecho, se opondría a la unión sexual verdadera "que, tomada en sí misma abstracta­mente, sería en tan poca medida un acto de unión y de amor (de esponsales) que, por el contrario, expresaría lo opuesto, el más grande reforzamiento recíproco del egoismo (del no-amor), que no concluye en una unión, sino más bien en la indiferencia, por la separación de los dos polos desespiritualizados y, exactamente, por una caída abisal del uno en el otro (wechelseitiges Ineinanderzu-Grunde-Gehen) e incluso también por la torpeza, hermana de la muerte: acto animal que solamente por medio del abrazo, es decir, a través del amor, es exorcizado" (98). Baader pone esta oposición en relación con la antítesis que existiría entre la doctri­na cristiana y mística del andrógino y la teoría "pagana" que, según él, concerniría más bien al hermafrodita: "En las relaciones sexuales tomadas en sí mismas, es decir, consideradas sin el exor­cismo del amor —del amor religioso, principio único de toda aso­ciación libre que eleva el lazo impuesto por la pasión, hasta la unión libre— no se manifiesta del todo lo que se imaginaron los pensadores y los filósofos de la naturaleza del paganismo, es decir, un impulso a volver al andrógino como a la integración de la natu­raleza humana en el hombre y en la mujer, sino, físicamente y psíquicamente, el mismo impulso orgíaco, sin amor, egoista, del hombre y de la mujer a alumbrar cada uno en sí este doble ardor hermafrodita y a arrancar el uno al otro lo que le es preciso para este abrazo; si bien en la pareja sin amor el más grande egoismo, de la mujer o del hombre, busca su propia satisfacción, sirviendo aquí de instrumento la mujer al hombre y el hombre a la mujer: así la satisfacción del instinto sexual se cumple no solamente con menosprecio de la personalidad, sino inclusive en el odio a ella" (99).

Quien conozca la doctrina del andrógino y la metafísica del sexo en sus fuentes auténticas, puede reconocer fácilmente las confusiones y las unilateralidades propias de estas opiniones de Baader, quien, no menos que los otros autores citados más arriba, si presintió el móvil más profundo de la atracción sexual, terminó sin embargo en un vago misticismo que se resentía en todo momento de la congénita aversión cristiana por la experiencia sexual. Como tantos teóricos del amor, Baader parece compren­der muy poco los valores efectivos de esta experiencia. Las formas, en las que ésta se reduce al egoismo sexual recíproco y ávido de los amantes, son las más groseras, inclusive en el simple amor profano. Ya hemos visto que en la experiencia orgiaca, no menos que en toda experiencia intensa de unión sexual, el factor destruc­tor y autodestructor —que comporta una ruptura de la clausura individual y sin embargo, existencialmente, lo opuesto del egois­mo, de la Selbstsucht— es por el contrario fundamental, mientras que el lector conoce ya el sentido profundo del "odio" al que Baader hace alusión. Lo que se puede aceptar en Baader, como en Boehme, es el mito de que, cuando el ser primordial se separa del Padre, la "cualidad ígnea" revistió la forma de un falso ser en sí como Yo en la masculinidad, y que esta forma es extrínseéa y degenerativa, debe ser superada, debe ser matada, debe desapare­cer. Pero prácticamente no se nos dice nada sobre el régimen del amor capaz de restaurar al Uno como a través de un Misterio (100). En estos autores, el marco general no parece diferir demasiado del de la ortodoxia que incita a los creyentes a reprimir lo más posi­ble la sexualidad comprendida como animalidad, en las "castas nupcias" de esposos que deberían sobre todo amarse en Dios y olvidar así las características sexuales. El representante más reciente de esta corriente cristianizante, N. Berdiaeff, de acuerdo con su mentalidad rusa, desplazará inclusive el problema sobre el plano escatológico, relegando "al hombre a la sexualidad transfi­gurada" y la "revelación de la androgineidad celeste" en una futura épocá del mundo (101).Concluyendo, podemos decir que, en su conjunto, esta espe­culación no añade nada a lo que había quedado establecido en la formulación platónica del tema; más bien al contrario: las refe­rencias al cristianismo y al mito bíblico confuso, impiden, ya en el punto de partida, deducir del tema los principios de una metafísi­ca del sexo, es decir, de una doctrina apta para fundar no sola­mente el régimen de las hieroáamias, sino también las prácticas de las que hablaremos en el próximo capítulo, que están basadas sobre los fenómenos de trascendencia que, no ya el amor místico, sino el amor sexual concreto puede provocar. El hecho es que, en el cristianismo, la doctrina del andrógino representa un grano extraño arrojado sobre un terreno que no le conviene y en el que no podría fructificar. Los puntos de vista que acabamos de resu­mir pueden, todo lo más, servir al que no busca a Sofía a través de una Eva, sino que tiende a evocarla y a unirse a ella sobre un plano místico, ayudándose de las formas a las que el arquetipo femenino, o "mujer de Dios", ha dado lugar en cierto cristianis­mo que se resiente de influencias gnósticas.

De paso, sería interesante considerar el origen de la creencia de los mormones, según la cual un hombre no podría alcanzar después de la muerte el supremo grado de beatitud, el séptimo, y convertirse en un ser divino, si no se hubiese casado con una mujer.



(81) E. BENZ, en su libro Der Mythus des Urmenschen (München, 1955), ha recogido los principales testimonios de los autores y místicos cristianos que han tratado la cuestión del andrógino. En lo que sigue, la mayor parte de las citas estarán sacadas de textos reproducidos en esta obra.

(82) Cf. BENZ, Op. cit., págs. 50-65.

(83) Dialoghi d'Amore, cit. págs. 432 sgg.

(84) J. J. WIRZ, Zeugnisse und Eróffnungen des Geistes, Barmen, 1863, v. I, págs. 215-216 (Benz, 240-241).

(85) BENZ, págs. 73 sgg.

(86) J. G. GICHTEL, Theosophia practica, Leyden, 1722, III, 2-4; VI, 29-31.

(87) Cf. BENZ, págs. 200-202, HAHN escribe (pág. 202): "Si Adán poseyó espiritualmente, mágicamente, a su esposa, el Arbol de Vida, en él y de él nacieron frutos de vida."

(88) Cf. BENZ, págs. 126, 127, 129.

(89) BOEHME, Von den drei Prinzipen des góttlichen Wesens, XIII, 40.

(90) Cf. BENZ, pág. 242.

(91) F. von BAADER, Gesamm. Werke, v. III, pág. 306.

(92) Sobre esta doctrina de Gichtel, cf. Introd. alla Magia quale scienza dell'Io, cit., v. II, págs. 16 sgg.

(93) Theosophia practica

(94) Gesamm. Werke, v. II, pág. 315.

(95) Ibid., v .111, pág. 306.

(96) Ibid., pág. 309.

(97) Ibid., 308.

(98) Ibid., v. VII, pág. 236.

(99) Ibid., v. VIII, págs. 301-302.

(100) Como única sugestión utilizable también en la práctica, se podría quizá indicar la identificación boehmiana de lo masculino al princi­pio "fuego", de lo femenino al principio "luz", la idea de que "la tintura del fuego desea ardientemente en la carne la de la luz", para dar como sentido de un amor o de una unión sexual mágica "andrógina", una "igni­ficación" de la luz y una iluminación (liberación) del fuego. Esta es consi­derada como "la vía más corta y rápida" y como la esencia del proceso de la transformación de la naturaleza humana. Cf. también: C. A. MUSES, Illumination on J. Boehme, New York, 1951, págs. 149-150.

(101) N. BERDIAEFF, Der Sinn des Schaffens, Tübingen, 1927, págs. 211-213. (BENZ, págs. 219-292.)
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Vie Mayo 03, 2013 5:34 pm

El cristianismo y la sexualidad


En lo que concierne a las uniones sacralizadas en un cuadro institucional, y más precisamente en las formas de matrimonio monogámicas, haremos alusión al carácter híbrido que éste presenta en el catolicismo, por causa de la moral propia de esta religión. No es sólo a este respecto al que, en el catolicismo, son visibles las consecuencias de la interferencia ilegítima entre principios y normas correspondientes a dos planos muy distintos. Las religiones tradicionales de fondo creacionista han reconocido siempre dos leyes. Una concierne a la vida en el mundo concebido como obra divina, como cosa querida y conservada en su existencia por el Dios creador (por la divinidad según su aspecto de "creador" y de "conservador": Brahma y Vishnú), y esta ley consiste, no en la negación, sino en la sacralización de la vida en el mundo. La segunda ley concierne por el contrario a la pequeña minoría de los que tienen una vocación ascética, a quienes es indicada la vía del desprendimiento, de la trascendencia (vía de Shiva). Al contrario que el hebraísmo antiguo, el mazdeísmo, el hinduismo védico, el mismo Islam, etc., el catolicismo ha confundido los dos órdenes y ha introducido valores ascéticos en el dominio de la vida ordinaria; una de las consecuencias de esto ha sido la condena del sexo, hasta un verdadero odio teológico por el sexo.

Por contra, la indicada distinción estaba muy clara en los Evangelios: En Lucas (XX, 34-36) se lee: "Los hijos de este siglo toman mujeres y maridos. Pero los juzgados dignos de tener parte en aquel siglo y en la resurrección de los muertos, no tomarán mujeres ni marido, porque ya no pueden morir y son semejantes a los ángeles." Y Mateo (XIX, 12) habla de los que se han hecho eunucos a sí mismos "por amor del reino de los cielos", añadiendo: "el que sea capaz de ello, que lo sea" (18), resultando sin embargo la alusión a los "eunucos" bastante desgraciada; si se trata de la realización de la virilidad en una forma superior, absoluta, está bien. También en Mateo (XIX, 4-6) se encuentran palabras que podrían inclusive llevarnos al tema del andrógino, puesto que dicen: "¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre." En rigor, estas palabras harían pues concebir la unión de los sexos como una obra de restauración androgínica y es en estos términos como ellas la justificarían; la última frase, más que referirse a la indisolubilidad del matrimo-nio como hecho social, podría inclusive reenviar a la doctrina que hemos encontrado profesada por Escoto Erígena, es decir, que la separación de los sexos no es más que un hecho humano, que concierne exclusivamente al ser ordinario caído. En efecto, Pablo, al reproducir el pasaje bíblico que habla de los dos que dejarán al padre y a la madre para formar una sola carne, añade: "Gran misterio éste" (Ef. V, 31-32: to misterion touto mega estin), siendo la voz empleada exactamente "misterio", no "sacramento", como se lee en la Vulgata. También en Pablo hay una alusión, sea al doble estatuto masculino y femenino, e implícitamente a las vías correspondientes para el hombre y para la mujer, con las siguientes palabras: "El varón... es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del varón (I Cor., XI, 7), sea al misterio de la conversión ("redención") de lo femenino a través de lo masculino (la Cakti reconduce a Shiva) con el precepto de que el marido debe amar a la esposa como Cristo ama a su Iglesia, "y se entregó por ella para santificarla, purificándola, mediante el lavado del agua, con la palabra"; después de lo cual vienen las siguientes palabras: "Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama" (Ef., V, 25-37). Pero al mismo tiempo, contradictoriamente, se anuncia en Pablo la denegación de toda posibilidad superior del sexo al considerar la experiencia sexual tomada en sí misma como "fornicación" e "impudicia", y el matrimonio como un suplefaltas. En efecto, en la primera epístola a los Corintios, se puede leer: "Bueno es al hombre no tocar mujer; mas por evitar la fornica-ción, tenga cada uno su mujer y cada una tenga su marido." Y todavía más: "Pero si no pueden guardar continencia, cásense, que mejor es casarse que abrasarse" (I Cor., VII, 1-2, 9).

Justamente este último punto de vista ha sido tomado como básico por el cristianismo post-evangélico. Según él, la vida sexual en general es un pecado (19); no está permitida a los católicosmás que bajo la forma social del matrimonio, y únicamente con vistas a la procreación. Se sabe sin embargo que el matrimonio como "sacramento" regular y no como simple bendición de los esposos, no apareció sino tardíamente en el cristianismo (hacia el siglo XII), y que la imposición del rito religioso para todo matrimonio que no quisiera ser considerado como un concubinato es todavía más reciente: se remonta al concilio de Trento (1563). Además de tardío, este aspecto sacramental tiene en el fondo una finalidad menos espiritual que simplemente secular. Puesto que no se deja de tener la idea de que el sexo no es más que "naturaleza" y pecado y puesto que no se le reconoce al sexo ningún valor aparte del de medio de procreación, el matrimonio se presenta exactamente como Pablo lo había peyorativamente concebido, es decir, como un mal menor, como un remedium infirmitatis concupiscentiae, para aquellos hombres y mujeres que no son capaces de elegir el celibato porque sucumben a la ley de la carne. La idea canónica de que, como sacramento, él "confiere la gracia necesaria para santificar la unión legítima del hombre con la mujer, perfeccionando el amor natural y dándole un carácter de indisolubilidad que el primero no podría tener", esta idea se reduce pues, por necesidad, a un simple hecho de superestructura. No se trata de un rito tendente a establecer o a favorecer de alguna manera dimensiones más profundas, transfigurantes, sacralizadas de la experiencia sexual, porque, en principio, la teología moral condena a quien, inclusive en el marco conyugal, se entrega a esta experiencia sin tener por fin esencial la procreación y se aparta de un régimen de "castas uniones". Esto, entre otras cosas, implica el error, ya denunciado por nosotros, de que eros e "instinto de reproducción" es una sola cosa; además, es preciso recordar la inexistencia, en la sociedad controlada por el catolicismo, de todo cuanto, en la familia antigua, podía conferir a la procreación ese sentido superior al que hemos hecho alusión con anterioridad, sentido ligado a los cultos familiares y nobiliarios. En la práctica, el punto de vista cristiano-católico conduce, no a la sacralización, sino al rechazo y a la "primitivización" del sexo, a causa del indicado hibridismo: por falta de haber dado como precepto general, válido para el común de los mortales y para la vida corriente, 9se desasimiento del sexo que se impone solamente en el cuadro de la tercera de las soluciones enumeradas por nosotros al principio de este capítulo, a saber, en el cuadro de las técnicas de transformación ascética (y no de represión puritana) de la energía sexual. Queda sin embargo el solo aspecto social del precepto religioso cristiano y el del simple, mediocre y obtuso embridamiento exterior del animal humano; aspecto, para nosotros, desprovisto de todo interés.

Es de una confusión del mismo género de donde viene también la norma del celibato sacerdotal en el catolicismo: se ha confundido el tipo del sacerdote (del clérigo secular) con el del asceta (el monje), con el que no se ha dicho en absoluto que el primero deba identificarse y con el que, de hecho, no se ha identificado de ninguna manera en numerosas civilizaciones tradicionales, que a menudo han conocido largas dinastías sacerdotales, sirviendo en estos casos la continuidad de la sangre de soporte natural y de vehículo para la continuidad de la influencia sobrenatural sacralizante, transmitida a lo largo de las generaciones de un mismo tronco. En cuanto a la premisa normal para una ley destinada al que vive en el mundo, en el cuadro de la tradición, y no al asceta, no podría ser demasiado diferente a la expresada por una sentencia como la siguiente de Ibn Atá: "Los hombres de devoción y de austeridad execran todas las cosas porque ellos están lejos de Dios; si ellos le viesen en todas las cosas, no execrarían ninguna" (20).

En el conjunto del cristianismo no se ha llegado a una actitud diferente de cara al sexo más que en determinadas corrientes netamente heterodoxas y condenadas, o bien en ciertos casos esporádicos. Por lo que respecta a las primeras, se puede recordar la corriente de los Almricianos, los Begardos y los "Hermanos del Libre Espíritu" (siglos XII-XIV); de la idea de la omnipotencia divina, esta corriente saca, también para el sexo, conclusiones análogas a las de las tradiciones comentadas anteriormente. Esta corriente distinguía dos religiones: una válida para el ignorante, otra para el iluminado, y afirmaba la posibilidad, para este último, de acceder a un estado en el que podría ver a Dios actuar en sí mismo y en toda cosa (quod dicitur quod homo ad tale statum potest pervenire, quod deus in ipso omnia operatur). Para quien se encuentra en este estado, la idea de pecado desaparece, la regla ascética pierde toda significación, incluso las acciones del cuerpo glorifican a Dios: se siente que, cualesquiera que ellas sean, se cumplen por Dios bajo forma humana. También, en relación con el sexo, es pues declarada la impecabilidad del hombre iluminado, libre en el espíritu; se llega a decir que las mujeres han sido creadas para ser empleadas por aquellos que viven en esta libertad -sic et mulieres creatae sunt ut sint ad usura illorum qui sunt in libertate spiritus- además: se reivindica una anomía que va más allá de todo lo que puede ser demandado por la superación de la concepción cristiana del sexo como pecado e impureza esencial, porque esta anomía conduce a la abolición completa de todo límite; se puede juzgar esto por la siguiente proposición atribuida a ciertos secuaces de la corriente en cuestión: quod talis liber redditur impeccabilis... et si natura inclinaret ad actum venereum, potest licite ipsum perficere cum sorore vel matre et in quocumque loco sicut altari (21). Pero aquí, además de deber distinguir entre lo que profesaron en secreto estos iluminados y lo que malévolamente les fue atribuido por sus adversarios y por la ortodoxia, todo lo que se sabe sobre este tema hace suponer que sobre todo fue cuestión de posiciones doctrinales, es decir, de principios no necesariamente puestos en práctica.

En lo que respecta a casos de experiencias esporádicas individuales, se puede citar como ejemplo el aportado por sir John Woodroffe, que concierne a los resultados de una investigación llevada a cabo en el siglo XVIII en el convento de las dominicas de Santa Catalina en Prato, por el escándalo causado por ciertas formas de erotismo místico que allí se practicaban secretamente. He aquí las declaraciones más significativas de una joven que había sido la abadesa de ese convento: "Al ser libre nuestro espíritu, es la intención la que hace malas las condiciones. Basta pues con elevarse a Dios con la inteligencia, para que cualquier cosa no sea pecado." Estar unidos a Dios -añade ella- es estar unido como hombre y mujer. La vida eterna del alma y el paraíso en este mundo consisten en la "transubstanciación de la unión del hombre con la mujer". Se obtiene el "goce de Dios" mediante el acto por el cual uno se une a Dios, y esto se produce "por medio de la cooperación del hombre y de la mújer", del "hombre en el cual yo reconozco a Dios". La conclusión es: "Ejerciendo lo que llamamos falsamente impureza, es la verdadera pureza: la que Dios nos ordena y quiere que practiquemos, y sin la cual no hay medio de encontrar a Dios, que es la verdad" (22). Con este ejemplo basta porque, en realidad, en los casos de este género no se trata ya de sacralizaciones dentro de un marco institucional y formal cualquiera, sino de experiencias marginales de fondo místico y libre, que entran en otra parte de la materia que nosotros tenemos que tratar, procedentes de tradiciones distintas a la cristiana. Sin embargo, lo que sorprende en este curioso caso es la concordancia con las ideas que, por otra parte, han inspirado la ritualización del régimen conyugal, fuera de toda concepción de un carácter de pecado del sexo.

Ya hemos hablado de los ritos colectivos de los Khlystis eslavos, que comportaban la unión sexual de hombres y mujeres considerados los unos como encarnaciones de Cristo y las otras como encarnaciones de la Virgen. Pero es demasiado evidente que, en ellos, el elemento cristiano es un simple barniz superpuesto a las supervivencias y reviviscencias de ritos paganos precedentes, como para que merezcan ser considerados en este contexto.


Notas a pie de página:

(16) "El que sea capaz de ello, que lo sea." Esta expresión es traducción literal de la cita según la hace el autor. En la traducción de NacarColunga, de la que nosotros tomamos todas las citas bíblicas, lo que se lee es: "El que pueda entender, que entienda." (N. del T.)
(19) La idea de que hay alguna relación entre el comercio sexual y el "pecado original" no tiene ninguna base en los textos: en el Génesis (II,24), se habla de los dos, de Adán y Eva, que se convierten en una sola carne, con anterioridad al pecado y cuando ellos no tenían ninguna vergüenza de ir desnudos. Por lo demás, el catolicismo, al contrario que el protestantismo, ha afirmado que la inclinación del hombre por la sexualidad no es la causa del pecado original, sino solamente uno de sus efectos.
(20) Apud M. M. MORENO, Antologia della mística arabo-persiana, Bari, 1951.
(21) Sobre todo esto, cf. H. DELACROIX, Essai sur le mysticisme spéculativ en Allemagne au XIVe, París, 1900, págs. 60-63, 65, 91, 125.
(22) DE PORTER, Vie de Scipion de Ricci, évéque de Pistola et Prato, Bruxelles, 1895, I, págs. 460, 418, 420, 428 (apud WOODROFFE, op. cit., págs. 597-598).
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Vie Mayo 03, 2013 5:37 pm

El mito del Andrógino
por juliusevola en Metafisica del sexo

La forma propia bajo la cual el mundo tradicional ha expre­sado las significaciones últimas del ser ha sido el mito. El mito. tradicional tiene el valor de una clave. Sobre todo en el período precedente se ha intentado explicar el mito por la historia natu­ral, la biología y la psicología. Por el contrario, para nosotros el mito servirá para hacer comprender la relación particular que tiene todo este material con el tema que nos interesa aquí.

Más de un mito se presta a la profundización del problema metafísico del sexo. Entre ellos, elegiremos uno que, para los occidentales, se encuentra relativamente entre los menos lejanos, advirtiendo sin embargo que los mismos significados se encuen­tran igualmente contenidos en mitos pertenecientes a otras cultu­ras. Como base, tomaremos pues cuanto se encuentra contenido en el Banquete de Platón. Aquí se encuentran propiamente, mezcladas al mito, dos teorías del amor que, respectivamente, son expuestas por Aristófanes y Diotima. Veremos cómo las dos teorías se complementan en cierto modo, iluminando las antino­mias y la problemática del eros.

La primera teoría concierne al mito del andrógino. Como para casi todos los mitos intercalados por Platón en su filosofía, también para éste se debe suponer un origen mistérico e iniciá­tico. En efecto, el mismo tema circula subterráneamente en una literatura bastante variada, desde los antiguos ambientes miterio­sóficos y gnósticos hasta a autores del Medievo y de los primeros siglos de la misma era moderna. Temas correspondientes encuén­transe también fuera de nuestro continente.

Según Platón (1), existió una raza primordial, "cuya esencia está ahora extinguida", raza de seres que contenían en sí los dos principios, masculinó y femenino. Los componentes de tal raza andrógina "eran extraordinarios por su fuerza y su audacia, y alimentaban en su corazón orgullosos propósitos, hasta los de atacar a los propios dioses. También a ella le está atribuída la tradición referida por Homero a propósito de Oto y Efialte, es decir, la tentativa de escalar el cielo para atacar a los dioses. Es el mismo tema del ibris de los Titanes y los Gigantes; es el tema prometeico y el que se encuentran en tantos otros mitos; en cierto modo, en el mismo mito bíblico del Edén y de Adán, en cuanto en él figura la promesa de "llegar a ser semejante a los dioses" (Génesis, III, 5).

En Platón, los dioses no fulminan a los seres andróginos, como habían fulminado a los gigantes, pero paralizan su potencia dividiéndolos en dos. De ahí el nacimiento de seres de sexos dis­tintos, portadores, como hombres y mujeres, de uno u otro sexo; seres en los cuales permanece sin embargo el recuerdo del estado anterior y en los que se enciende el impulso de reconstituir la unidad primordial. Para Platón, es en este impulso donde es preci­so buscar el sentido último, metafísico y eterno del eros. "Desde estos tiempos tan antiguos, el amor impulsa a los seres humanos los unos hacia los otros; es congénito en la naturaleza humana, y tiende a restablecer la naturaleza primordial en la tentativa de unir en un solo ser a dos seres distintos y, por consiguiente, volver a sanar así a la naturaleza humana" (2). Aparte la común participación de los amantes en el placer sexual, el alma de cada uno de los dos "tiende a algo diferente, que no sabe expresar, pero que siente y revela misteriosamente (3). Casi como contra­prueba a posteriori, Platón hace que Efestos pregunte a los amantes: "¿No es quizá, esto que deseáis, una fusión perfecta del uno con la otra, de manera de no separarse jamás, ni de día ni de noche? Si tal es vuestro deseo, yo estoy dispuesto a fundiros y a soldaros juntos, con la fuerza del fuego, en un mismo indivi­duo, de dos que erais, de manera que viváis unidos el uno al otro tanto como dure vuestra vida y, una vez muertos, allá, en el Hades, en vez de dos seáis uno sólo, unidos el uno a la otra en una suerte común. Pues bien, considerad si es a esto a lo que aspi­ráis y si, alcanzado esto, os daríais por satisfechos." "A este res­pecto —dice Platón— bien sabemos que ni uno solo habría que lo rechazara o que mostrase su deseo de otra cosa, sino que cada uno de los dos pensaría que finalmente había oído expresar lo que desde largo tiempo era su deseo: unirse y fundirse con el amado para, de dos seres distintos, no formar más que una naturaleza. Ahora bien, es necesario buscar el móvil de esta aspiración en el hecho de que esa era precisamente nuestra naturaleza primitiva, de que formábamos una unidad todavía completa; precisamente el deseo ansioso de esta unidad es lo que lleva el nombre de amor" (4). Casi como un símbolo, "el estrecharse (de las dos partes), la una a la otra, como con el deseo de compenetrar­se" (5).

En este conjunto, los elementos accesorios, y figurativos y místicos, deben quedar separados del concepto esencial. Así, en primer lugar, no se debe naturalmente pensar en los seres primordiales que Platón, fabulando, nos describe hasta en sus rasgos somáticos, como a miembros de una raza prehistórica cualquiera, de la que se podrían encontrar restos o fósiles. Por el contrario, hemos de referirnos a un estado, a una condición espi­ritual de los orígenes, no tanto en un sentido histórico, como en el marco de una ontología, de una doctrina de los estados múlti­ples del ser. Haciendo abstracción de la mitología, podemos comprender un tal estado como el de un ser absoluto (no roto, no dual), de plenitud o pura unidad y, por esto mismo, como un estado de inmortalidad. Este último punto está confirmado ya por la doctrina puesta en boca de Diotima más adelante, en el Banquete, ya por la expuesta en el Fedro, donde, aunque respecto a lo que llegaría a ser llamado "amor platónico" y con la teoría de la belleza, resulta explícita la conexión entre el fin último del eros y la inmortalidad.

Como segundo elemento, en el mito platónico tenemos después una variante del tema tradicional general de la "caída". La diferenciación de los sexos corresponde a la condición de un ser roto y, por lo tanto, finito y mortal: a la condición dual de quien no tiene la vida en sí, sino en otro, estado éste que aquí no es considerado como original. Así, bajo este último aspecto, se podría establecer un paralelo con el mismo mito bíblico, en cuanto en éste la caída de Adán tiene por efecto su exclusión del Arbol de la Vida. También en la Biblia se habla de la androgi­nia de los seres primordiales, hechos a imagen de Dios ("y los creó macho y hembra" — Génesis, 1, 27), de aquí que al nombre de Eva, complemento del hombre, se le ha atribuído el significado de "la Vida", "la Viviente". Como veremos, en la interpreta­ción cabalística, la separación de la Mujer-Vida en el andrógino es puesta en relación con la caída y termina por equivaler a la exclusión de Adán del Arbol de la Vida, a fin de que éste "no venga a ser como uno de nosotros [un Dios]" y "no viva eterna­mente" (Génesis, III, 22).

En conjunto, el mito platónico se encuentra pues entre los que hacen alusión al paso de la unidad a la dualidad, del ser a la privación del ser y de la vida absoluta. Su carácter distintivo y su importancia se encuentran sin embargo en el hecho de su apli­cación, precisamente, a la dualidad de los sexos, para indicar el sentido secreto y el objeto último del eros. Coma término parti­cular de una secuencia relativa a lo que verdaderamente se busca a través de una u otra finalidad aparente e ilusoria de la vida ordi­naria, ya en una Upanishad se lee: "No es por la mujer [en sí] por lo que la mujer es deseada por el hombre, sino más bien por el átmá [por el principio 'todo luz, todo inmortalidad']" (6). El marco es el mismo. En su profundidad, el eros incorpora un impulso a superar las consecuencias de la caída, a salir del mundo finalizante de la dualidad, para restablecer el estado primordial, para superar la condición de una existencialidad dual, rota y condi­cionada por el "otro". Este es su significado absoluto; este es el misterio que se oculta en lo que impulsa al hombre hacia la mujer, elementalmente, todavía antes que todos los condicionamientos ya dichos, presentados por el amor humano en sus infinitas varie­dades relativas a seres que no son ni siquiera hombres absolutos o mujeres absolutas, sino casi subproductos del uno o de la otra. Aquí está expresada pues la clave de toda la metafísica del sexo: "A través de la diada, hacia la unidad". En el amor sexual está reconocida la forma más universal en que los hombres intentan oscuramente destruir momentáneamente la dualidad, superar existencialmente la frontera entre Yo y no Yo, entre Yo y Tú, haciendo la carne y el sexo de instrumentos para una aproxima­ción estática á la "unición". La etimología de la palabra "amor", dada por un "Fiel de Amor" medieval, por ser fantástica, no es menos significativa: "La partícula a significa "sin"; mor (mors) significa muerte; uniéndola se tiene "sin muerte", esto es, inmor­talidad (7).

En el fondo, amando y deseando, el hombre busca pues la confirmación de sí, la participación en el ser absoluto, la des­trucción de la stéresis, de la privación y de la angustia exis­tencial a ella ligada. Examinados a una tal luz, veremos acla­rarse los aspectos múltiples del mismo amor profano y de la sexualidad. Al mismo tiempo, se entrevé ya la vía que conduce a los dominios del erotismo místico y del empleo sacral o mágico del sexo, propio de tantas antiguas tradiciones: porque ya de partida se nos ha revelado el fondo elemental, no físico, sino metafísico, del impulso erótico. Así la vía está abierta para el orden de las investigaciones que constituirán el objeto de los siguientes capítulos de este libro.

Entretanto, no hay que olvidar un punto particular. Como se ha visto, Platón formuló la doctrina del andrógino de manera de darle una coloración "prometeica". Si los seres míticos de los orígenes eran capaces de inspirar temor a los dioses y de luchar con ellos, hay lugar para pensar que, en principio, el término final de la tentativa de integración constituída por el eros, no sea tanto un estado cualquiera confusamente místico cuanto la condición de un "ser" que es también potencia. Esto tendrá su importancia cuando estudiemos las formas iniciáticas de la magia del sexo. Tal motivo está sin embargo desdramatizado. En un contexto más vasto, se puede despojar al prometeismo de su carácter negativo de prevaricación. La misma tradición que ha dado forma al mito de Prometeo y de los Gigantes es también la que conoció el ideal de Hércules, cual corresponde a un equivalente de la finalidad perseguida por los Titanes y de aquí, en general, tiende a abrirse de nuevo, a pesar de todo, el acceso al Arbol de la Vida, cuando este héroe se asegura el disfrute de las manzanas de la inmortali­dad (el camino hacia las cuales, según una versión de la leyenda, le fue indicado por el propio Prometeo) y la posesión, en el Olimpo, de Hebe, la juventud eterna, no como un prevaricador, sino como un aliado de los Olímpicos.

Es con esta reserva como se puede hacer alusión al hecho de que el momento "prometeico" latente en el eros está efectiva­mente atestiguado por motivos provenientes de diversas tradicio­nes. Aquí nos limitaremos a recordar que, por ejemplo, .en el ciclo del Graal (ciclo rico de contenidos iniciáticos presentados bajo el aspecto de aventuras caballerescas), la tentación que la mujer constituye para el caballero elegido es a veces referida a Lucifer (Cool, hasta el punto de incorporar un sentido bastante diferente del sentido moralista de la pura seducción de la carne. En segundo lugar, en Wolfram von Eschenbach, la caída de Amfortas viene puesta en relación con el hecho de haber elegido como divisa "Amor"; divisa, dice el poeta, que no se compagina con la humildad (9), lo que equivale a decir que en ella se oculta lo contrario de la humildad, la ibris de los seres "unos" de los orígenes. Por lo demás, hay que hacer notar que en Wol­fram se habla de un "abrirse el camino del Graal con las armas en la mano", es decir, de manera violenta, y que el héroe principal del poema, Parsifal, llega inclusive a una especie de rebelión contra Dios (10). Ahora bien, abrirse el camino del Graal equivale más o menos a abrirse de nuevo el camino del Arbol de la vida o de la inmortalidad, teniendo en cuenta que todo el encuadramien­to exfoliado, propio del Parsifal de Wagner, no corresponde en absoluto a los temas originales predominantes y no merece por tanto ser tenido en ninguna consideración. En fin, es preciso hacer notar que los medios en los que ha sido practicada la magia sexual y el erotismo místico, han sido también los que de cos­tumbre practicaron abiertamente la doctrina de la "unidad", en términos de una negación de toda verdadera distancia onto­lógica entre el creador y la criatura, con una anomia manifiesta —es decir, con un desprecio, tanto de las leyes humanas como de las divinas— como consecuencia lógica: desde los Siddha y los Kaula hindúes de la "Vía de la mano izquierda", hasta los "Her­manos del Libre Espíritu" del Medievo cristiano, al sabbatismo franckiano y, todavía en nuestros días, hasta un Aleister Crow­ley (11). Pero, repetimos, estas referencias deben ser depuradas de su lado problemático "prometeico" y, por otra parte, conside­rando exclusivamente experiencias "dirigidas" del eros, en un dominio que no es el de cualquier forma que sea del amor ordina­rio entre hombres y mujeres. Finalmente hay que añadir que en el mismo Platón (12) la recuperación de la salud, el retorno al antiguo estado de "felicidad suprema", entendidos como el "bien supremo" al que el eros puede conducir, están asociados al rechazo de la impiedad, causa primera de la separación exis­tencial del hombre de lo divino en general. Es sólo una diversa orientación, junto a algunas correspondencias morfológicas, lo que diferencia a Prometen de Hércules, y las indicadas experien­cias del satanismo. Pero no es el caso de extenderse sobre estas ideas.





(1) Banquete, XIV y XV, y especialmente 189 c 7 190 c.

(2) Ibid., 191 c-d.

(3) Ibid., 192 c-d.

(4) Ibid., 192 d-e.

(5) Ibid., 187 a.

(6) Bhradháranyaka-upanishad, II, IV, 5.

(7) A. RICOLFI, Studi sui Fedeli d 'Amore, Milano, 1933, v. I, pág. 63.

(Cool Textos en EVOLA, Il mistero del Graal e la tradizione ghibe­llina dell-Impero, Roma, 1957, pág. 92.

(9) WOLFRAM VON ESCHENBACH, Parzifal, III, págs. 70-71.

(10)Cfr. EVOLA, Il mistero del Graal, cit. págs. 87-88.

(11)En lo que concierne a un personaje que S. DE GUAITA (Le Serpent de la Genése, Le Temple de Satan, v. I, París, 1916, pág. 503) presenta bajo una luz siniestra, para el contexto que aquí se indica son significativas las siguientes expresiones, en el cuadro de un erotismo mís­tico: "Entendez le verba d'Elie: si vous tremblez, vous étez perdus. Il faut étre téméraires; si vous ne l'étes pas, c'est que vous ne connaisez pas l'amour! L'amour entreprend, il renverse, il roule, el brise. Elevez-vous! Soyez grands dans votre faiblesse. Epouvantez le cid et l'enfer, vous le pouvez... Oui, Pontzfes éliaques, qui étes transformés, régénérés, transfi­gurés sur le montagne du Carmel, ditas avec Elia: A nous le dam! A nous l'Enfer! A nous Satan!" Por lo demás, inclusive en los neoplatónicos cristianizantes, como MARSILIO FICINO (Sopra lo Amore, XI, 19), expresiones como las siguientes no están desprovistas de un matiz lucife­rino: "Ciertamente, estamos aquí separados y truncados: pero ahora, reunidos por el amor a nuestra idea, volvemos a estar enteros, de manera que aparecerá que hemos primeramente amado a Dios en las cosas, para despuU amar las cosas en Dios; y honramos las cosas en Dios para resca­tarnos a nosotros sobre todo: y amando a Dios nos hemos amado a noso­tros mismos." Y todavía más (11, 6): "Puesto que en este acto, el amante, desea y se esfuerza en convertir, de hombre, en Dios." En fin, como convergencia casual de las ideas de un autor moderno más profano (H. BARBUSSE, L'enfer): "El deseo pleno de lo desconocido, la sangre noctur­na, el deseo semejante a la noche, lanzan su grito de victoria. Los amantes, cuando ellos se entrelazan, luchan cada uno para sí y dicen: 'Te amo'; esperan, lloran, sufren y dicen: 'Somos felices'; se separan, ya desfalleci­dos, y dicen: ' ¡Siempre!' Parece que en los bajos fondos en los que están sumergidos, como Prometeo, hayan robado el fuego del cielo."
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Vie Mayo 03, 2013 5:40 pm

Según Platón (1), existió una raza primordial, "cuya esencia está ahora extinguida", raza de seres que contenían en sí los dos principios, masculinó y femenino. Los componentes de tal raza andrógina "eran extraordinarios por su fuerza y su audacia, y alimentaban en su corazón orgullosos propósitos, hasta los de atacar a los propios dioses. También a ella le está atribuída la tradición referida por Homero a propósito de Oto y Efialte, es decir, la tentativa de escalar el cielo para atacar a los dioses. Es el mismo tema del ibris de los Titanes y los Gigantes; es el tema prometeico y el que se encuentran en tantos otros mitos; en cierto modo, en el mismo mito bíblico del Edén y de Adán, en cuanto en él figura la promesa de "llegar a ser semejante a los dioses" (Génesis, III, 5).
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Sáb Mayo 04, 2013 8:45 pm

Sexo. J. G. Bennett
Algunos grandes maestros sufies, como Ibn Arabi, dicen que es a través de la unión del hombre y la mujer que el alma se prepara para el amor universal, y que el amor de Dios empieza con el amor de ambos. Cuando dice esto, deja muy en claro que él se refiere a la unión de voluntades. Esta unión es lo que se llama correctamente “matrimonio”, y resulta duro admitir – aunque es la verdad – que el verdadero matrimonio es un hecho excepcional en la vida humana. Sólo acontece en los casos en que existe en ambos contrayentes un potencial para un tipo especial de servicio. Sólo cuando se ha entrado en esa unión se comprende y experimenta el profundo significado del sexo. Entonces es posible verlo como un acto global: desde una unión física sexual hasta una totalidad espiritual. Este es el verdadero misterio del sexo, que posee una energía que trasciende la naturaleza y que constituye el medio por el cual el hombre y la mujer pueden entrar al mundo espiritual.
Probablemente la mejor manera de entender esto es a través de la terminología de la enseñanza sufí que habla de las “moradas”. Tomémoslo como una metáfora de valor indicativo, ya que los temas espirituales están más allá del alcance de nuestro lenguaje corriente. Los Maestros de Sabiduría conciben los grados de unión como tres moradas – o viviendas – del hombre. Se podría decir que ellas existen en las profundidades del corazón humano, en la más íntima naturaleza de su sensibilidad que está más allá del alcance de las emociones comunes.
La primera morada se denomina Beit-ul-Muharem. Muharem significa privado, interior, oculto, proviene de la misma raíz que harem, que es el lugar oculto de la casa donde no pueden entrar extraños. Nuestra naturaleza incompleta precisa de la unión con el otro sexo, la que está mucho más allá de un suceso en el mundo físico. El matrimonio, en el real sentido de la palabra, es un acto de voluntad, una decisión del hombre y de la mujer de aceptarse mutuamente. En esta primera morada, el hombre y la mujer se unen en lo que es la verdadera meta del matrimonio.
Sólo mediante la aceptación incondicional del otro alcanzamos la totalidad del matrimonio. Cuando existe cualquier tipo de reserva, o condicionamiento, o segundas intenciones, la aceptación plena resulta imposible. Esta aceptación no implica subordinación ni ceguera ante los defectos y debilidades del otro. Debemos aceptar con ojos abiertos, bien conscientes de lo que aceptamos. Para que el matrimonio se transforme en una unión espiritual, es necesario estar siempre dispuestos a colocar al otro en primer lugar, y a sí mismo en segundo lugar. Para que esto suceda debe producirse una subordinación del egoísmo. No es fácil, debe haber una tercera fuerza presente. En el sentido cristiano se habla de Cristo o Dios, que participa en la bendición del matrimonio. Los sufíes hablan de la Tercera Fuerza y del Trabajo sobre Sí.
Podemos darnos cuenta de las diferencias visibles de una pareja y del tipo de conflictos que pueden surgir en una relación externa. Cuando nuestro Trabajo sobre nosotros mismos logra un cierto impulso, podemos percibir las diferencias psíquicas que existen internamente. Aún de las fuerzas en conflicto que funcionan entre el hombre y la mujer y que no pueden conciliarse mientras no hayan unido sus voluntades. Creo firmemente que es imposible formar un matrimonio en el verdadero sentido de la palabra sin el Trabajo sobre Sí. El puede conciliar estas fuerzas conflictivas profundas. No es que ellas desaparezcan, más bien se reconcilian, de tal manera que las tres fuerzas – activa, pasiva y conciliadora – se transforman en una y, de hecho, el Trabajo se encarna en ellas.
Resulta extraordinario que en la organización de la naturaleza humana y del proceso de su evolución, esta unión espiritual sea posible a través de la misma relación entre hombre y mujer requerida para la conservación de la especie. Aunque la unión espiritual sea muy diferente de la unión cuya finalidad es la reproducción. Es posible que ocurra sin necesidad alguna del acto sexual, ni siquiera es esencial que el compañero (o compañera) de esta unión esté encarnado. Existe algo llamado unión mística o matrimonio místico que tiene el mismo efecto. Se debe, sí, comprender que esta unión mística es aún más excepcional que el propio matrimonio en la dimensión física, y que sólo puede ocurrir en circunstancias especiales y como resultado de una empresa compartida, de un compromiso conjunto a nivel espiritual.
En este camino llega un determinado momento en la evolución de ambos en que la unidad interior de voluntades es inequívoca, y resulta claro que no existe la dominación del uno sobre el otro y que sus decisiones son idénticas. Sus pensamientos con frecuencia coinciden, sus percepciones se han ampliado hasta el extremo que al mirar algo se dan cuenta de que han compartido la misma visión. Lo más importante es la certeza de que son capaces de aceptar la totalidad de la relación y de que cada uno es absolutamente libre siendo que, al mismo tiempo, hay una unión completa de los dos en uno. El estar conscientes de que no hay exigencias ni deseos de dominar y el darse cuenta de que existe una identidad de voluntades son evidencias de que se está en el Beit-ul-Muharem.
Se alcanza una etapa aún más avanzada en esta evolución interior cuando el hombre y la mujer – habiendo creado en ellos mismos la capacidad de ser – pasan del Beit-ul-Muharem al Beit-ul-Mukades, en un nuevo acto de aceptación. En este lugar pueden entrar los otros. Es más que una morada privada. La palabra Mukades significa “sagrado” y cuando un hombre y una mujer han entrado allí, se han convertido en algo totalmente diferente de lo que fueron. En el budismo, el que ha entrado en esa morada es descrito como el Bodhisatva.
Una vez que se han trascendido a ellos mismos, el hombre y la mujer pueden pasar a una aceptación de la raza humana que Gurdjieff describió como “amor imparcial”, en el que todas las personas son aceptadas interiormente tal como ellos se aceptaron el uno al otro en el Beit-ul-Muharem .
Al considerar la unión del hombre y la mujer, miremos un solo factor dominante: la aceptación. Puede haber una atracción sexual muy fuerte, incluso amor, entre el hombre y la mujer; sin embargo, en su interior se dan cuenta de que no hay una aceptación total y sin reservas. Nada que esté por debajo de la aceptación absoluta podrá desplegar el potencial extraordinario de nuestra naturaleza humana. Se requiere sacrificio, no el sacrificio superficial de los intereses o inclinaciones personales, sino el sacrificio de uno mismo y la intención de no ser uno mismo sino nosotros mismos.
Es una lástima que las personas capaces de conseguir este tipo de unión pierdan la oportunidad por no saber cuál es el secreto. El matrimonio es un paso muy importante en nuestra transformación, porque, si un hombre y una mujer logran una aceptación mutua total, entonces podrán aceptar a las otras personas también. Por eso se dice que el amor parcial no puede existir. Si alguien ama de verdad, entonces ama a todos y a todo. Quienes lo consiguen hacen un gran servicio a la humanidad.
Que pueda haber una aceptación transitoria muestra que ella es posible. El amor se derrama sobre todo lo que se ve. Por unos momentos el egoísmo deja de existir. Para lograr que esto sea permanente hay que recorrer un largo y arduo camino. Debemos humillarnos en nuestro interior para admitir a ese amor superior.
A fin de comprender que la condición de esta unión es espiritual, debemos revertir nuestra perspectiva habitual de la realidad. En la vida corriente, lo que llamamos la realidad sustancial es la de nuestros cuerpos. Dentro de ellos podemos llegar a experimentar un mundo interior de energías. Se supone que más allá de esto existe un mundo espiritual de voluntades y principios. Pero la verdad es lo contrario. Nuestra realidad no consiste en tener este cuerpo, ni este ser o naturaleza, sino en que somos la encarnación del principio del mundo espiritual. Este es el mundo de los nombres de Dios, como lo llama Ibn Arabi.
El hombre está hecho “a la imagen de Dios” porque los principios espirituales se expresan en él. El principio trivalente de un acto completo de la voluntad – o la tríada – se refleja en nuestra naturaleza. El hombre tiene tres cerebros, cada uno de los cuales trasmite uno de los tres impulsos. En la relación entre esposo y esposa, el hombre y la mujer pueden realizar sus roles afirmativo y receptivo debido a la existencia del Trabajo sobre Sí para reconciliarlos. Aquí el Trabajo sobre Sí es aquella acción que ha sido dada al hombre para permitirle cooperar con los poderes superiores
La totalidad del cosmos se mueve hacia la unidad y la integración, desde un estado de dispersión hacia un estado superior de organización, a partir del cual se origina una nueva creación. En esto consiste la espiritualización de la materia y la realización del espíritu.
El hombre es una especie en evolución. No está en su naturaleza permanecer inactivo. Como individuo, puede entrar en la corriente de evolución y transformarse. Esto no un asunto privado, ni la transformación de la especie es una serie de hombres perfeccionados aislados el uno del otro. El hombre como totalidad se mueve hacia la unidad. En la medida que podamos decir que existe una meta de la evolución humana, toda la raza humana debiera organizarse en una sola experiencia total. Y nadie puede saber cuanto tiempo se necesitará para lograrlo.
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mataril el Dom Mayo 05, 2013 8:59 pm

mariocesar escribió:Sexo. J. G. Bennett
Algunos grandes maestros sufies, como Ibn Arabi, dicen que es a través de la unión del hombre y la mujer que el alma se prepara para el amor universal, y que el amor de Dios empieza con el amor de ambos. Cuando dice esto, deja muy en claro que él se refiere a la unión de voluntades. Esta unión es lo que se llama correctamente “matrimonio”

Sólo cuando se ha entrado en esa unión se comprende y experimenta el profundo significado del sexo.

Probablemente la mejor manera de entender esto es a través de la terminología de la enseñanza sufí que habla de las “moradas”. Tomémoslo como una metáfora de valor indicativo, ya que los temas espirituales están más allá del alcance de nuestro lenguaje corriente. Los Maestros de Sabiduría conciben los grados de unión como tres moradas – o viviendas – del hombre. Se podría decir que ellas existen en las profundidades del corazón humano, en la más íntima naturaleza de su sensibilidad que está más allá del alcance de las emociones comunes.
La primera morada se denomina Beit-ul-Muharem. Muharem significa privado, interior, oculto, proviene de la misma raíz que harem, que es el lugar oculto de la casa donde no pueden entrar extraños. Nuestra naturaleza
incompleta precisa de la unión con el otro sexo, la que está mucho más allá de un suceso en el mundo físico. El matrimonio, en el real sentido de la palabra, es un acto de voluntad, una decisión del hombre y de la mujer de aceptarse mutuamente. En esta primera morada, el hombre y la mujer se unen en lo que es la verdadera meta del matrimonio.

PRIMERA MORADA ACEPTACIÓN TOTAL.

Sólo mediante la aceptación incondicional del otro alcanzamos la totalidad del matrimonio. Cuando existe cualquier tipo de reserva, o condicionamiento, o segundas intenciones, la aceptación plena resulta imposible. Esta aceptación no implica subordinación ni ceguera ante los defectos y debilidades del otro. Debemos aceptar con ojos abiertos, bien conscientes de lo que aceptamos.

ACEPTAR NO ES PERMITIR NI CEDER YA QUE EN AMBOS TÉRMINOS HAY LUCHA. Este aceptar entra en el ámbito del alma por lo tanto es lo que no se puede enseñar, tan solo definir o esbozar lo que es en términos para que se entienda, pero no se comprenda pues para comprender implica que el hacha está enterrada.

Creo firmemente que es imposible formar un matrimonio en el verdadero sentido de la palabra sin el Trabajo sobre Sí. El puede conciliar estas fuerzas conflictivas profundas. No es que ellas desaparezcan, más bien se reconcilian, de tal manera que las tres fuerzas – activa, pasiva y conciliadora – se transforman en una y, de hecho, el Trabajo se encarna en ellas.
Existe algo llamado unión mística o matrimonio místico que tiene el mismo efecto. Se debe, sí, comprender que esta unión mística es aún más excepcional que el propio matrimonio en la dimensión física, y que sólo puede ocurrir en circunstancias especiales y como resultado de una empresa compartida, de un compromiso conjunto a nivel espiritual.

Esto es el matrimonio alquímico que propuso harigato a talia, ajajajajaja.
Lo siento pero esto demasiado como para que me lo crea. Demasiado para mi cuerpo, no comulgo con esta unidad divina de máscaras. Y además. Un hombre o mujer sin la personal, que contacto físico hay en ese matrimonio?


Nuestra realidad no consiste en tener este cuerpo, ni este ser o naturaleza, sino en que somos la encarnación del principio del mundo espiritual. Este es el mundo de los nombres de Dios, como lo llama Ibn Arabi.
El hombre está hecho “a la imagen de Dios” porque los principios espirituales se expresan en él. El principio trivalente de un acto completo de la voluntad – o la tríada – se refleja en nuestra naturaleza. El hombre tiene tres cerebros, cada uno de los cuales trasmite uno de los tres impulsos. En la relación entre esposo y esposa, el hombre y la mujer pueden realizar sus roles afirmativo y receptivo debido a la existencia del Trabajo sobre Sí para reconciliarlos. Aquí el Trabajo sobre Sí es aquella acción que ha sido dada al hombre para permitirle cooperar con los poderes superiores.
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  Invitado el Lun Mayo 06, 2013 6:45 pm

mariocesar escribió:Sexo. J. G. Bennett
Algunos grandes maestros sufies, como Ibn Arabi, dicen que es a través de la unión del hombre y la mujer que el alma se prepara para el amor universal, y que el amor de Dios empieza con el amor de ambos. Cuando dice esto, deja muy en claro que él se refiere a la unión de voluntades. Esta unión es lo que se llama correctamente “matrimonio”, y resulta duro admitir – aunque es la verdad – que el verdadero matrimonio es un hecho excepcional en la vida humana. Sólo acontece en los casos en que existe en ambos contrayentes un potencial para un tipo especial de servicio. Sólo cuando se ha entrado en esa unión se comprende y experimenta el profundo significado del sexo. Entonces es posible verlo como un acto global: desde una unión física sexual hasta una totalidad espiritual. Este es el verdadero misterio del sexo, que posee una energía que trasciende la naturaleza y que constituye el medio por el cual el hombre y la mujer pueden entrar al mundo espiritual.
Probablemente la mejor manera de entender esto es a través de la terminología de la enseñanza sufí que habla de las “moradas”. Tomémoslo como una metáfora de valor indicativo, ya que los temas espirituales están más allá del alcance de nuestro lenguaje corriente. Los Maestros de Sabiduría conciben los grados de unión como tres moradas – o viviendas – del hombre. Se podría decir que ellas existen en las profundidades del corazón humano, en la más íntima naturaleza de su sensibilidad que está más allá del alcance de las emociones comunes.
La primera morada se denomina Beit-ul-Muharem. Muharem significa privado, interior, oculto, proviene de la misma raíz que harem, que es el lugar oculto de la casa donde no pueden entrar extraños. Nuestra naturaleza incompleta precisa de la unión con el otro sexo, la que está mucho más allá de un suceso en el mundo físico. El matrimonio, en el real sentido de la palabra, es un acto de voluntad, una decisión del hombre y de la mujer de aceptarse mutuamente. En esta primera morada, el hombre y la mujer se unen en lo que es la verdadera meta del matrimonio.
Sólo mediante la aceptación incondicional del otro alcanzamos la totalidad del matrimonio. Cuando existe cualquier tipo de reserva, o condicionamiento, o segundas intenciones, la aceptación plena resulta imposible. Esta aceptación no implica subordinación ni ceguera ante los defectos y debilidades del otro. Debemos aceptar con ojos abiertos, bien conscientes de lo que aceptamos. Para que el matrimonio se transforme en una unión espiritual, es necesario estar siempre dispuestos a colocar al otro en primer lugar, y a sí mismo en segundo lugar. Para que esto suceda debe producirse una subordinación del egoísmo. No es fácil, debe haber una tercera fuerza presente. En el sentido cristiano se habla de Cristo o Dios, que participa en la bendición del matrimonio. Los sufíes hablan de la Tercera Fuerza y del Trabajo sobre Sí.
Podemos darnos cuenta de las diferencias visibles de una pareja y del tipo de conflictos que pueden surgir en una relación externa. Cuando nuestro Trabajo sobre nosotros mismos logra un cierto impulso, podemos percibir las diferencias psíquicas que existen internamente. Aún de las fuerzas en conflicto que funcionan entre el hombre y la mujer y que no pueden conciliarse mientras no hayan unido sus voluntades. Creo firmemente que es imposible formar un matrimonio en el verdadero sentido de la palabra sin el Trabajo sobre Sí. El puede conciliar estas fuerzas conflictivas profundas. No es que ellas desaparezcan, más bien se reconcilian, de tal manera que las tres fuerzas – activa, pasiva y conciliadora – se transforman en una y, de hecho, el Trabajo se encarna en ellas.
Resulta extraordinario que en la organización de la naturaleza humana y del proceso de su evolución, esta unión espiritual sea posible a través de la misma relación entre hombre y mujer requerida para la conservación de la especie. Aunque la unión espiritual sea muy diferente de la unión cuya finalidad es la reproducción. Es posible que ocurra sin necesidad alguna del acto sexual, ni siquiera es esencial que el compañero (o compañera) de esta unión esté encarnado. Existe algo llamado unión mística o matrimonio místico que tiene el mismo efecto. Se debe, sí, comprender que esta unión mística es aún más excepcional que el propio matrimonio en la dimensión física, y que sólo puede ocurrir en circunstancias especiales y como resultado de una empresa compartida, de un compromiso conjunto a nivel espiritual.
En este camino llega un determinado momento en la evolución de ambos en que la unidad interior de voluntades es inequívoca, y resulta claro que no existe la dominación del uno sobre el otro y que sus decisiones son idénticas. Sus pensamientos con frecuencia coinciden, sus percepciones se han ampliado hasta el extremo que al mirar algo se dan cuenta de que han compartido la misma visión. Lo más importante es la certeza de que son capaces de aceptar la totalidad de la relación y de que cada uno es absolutamente libre siendo que, al mismo tiempo, hay una unión completa de los dos en uno. El estar conscientes de que no hay exigencias ni deseos de dominar y el darse cuenta de que existe una identidad de voluntades son evidencias de que se está en el Beit-ul-Muharem.
Se alcanza una etapa aún más avanzada en esta evolución interior cuando el hombre y la mujer – habiendo creado en ellos mismos la capacidad de ser – pasan del Beit-ul-Muharem al Beit-ul-Mukades, en un nuevo acto de aceptación. En este lugar pueden entrar los otros. Es más que una morada privada. La palabra Mukades significa “sagrado” y cuando un hombre y una mujer han entrado allí, se han convertido en algo totalmente diferente de lo que fueron. En el budismo, el que ha entrado en esa morada es descrito como el Bodhisatva.
Una vez que se han trascendido a ellos mismos, el hombre y la mujer pueden pasar a una aceptación de la raza humana que Gurdjieff describió como “amor imparcial”, en el que todas las personas son aceptadas interiormente tal como ellos se aceptaron el uno al otro en el Beit-ul-Muharem .
Al considerar la unión del hombre y la mujer, miremos un solo factor dominante: la aceptación. Puede haber una atracción sexual muy fuerte, incluso amor, entre el hombre y la mujer; sin embargo, en su interior se dan cuenta de que no hay una aceptación total y sin reservas. Nada que esté por debajo de la aceptación absoluta podrá desplegar el potencial extraordinario de nuestra naturaleza humana. Se requiere sacrificio, no el sacrificio superficial de los intereses o inclinaciones personales, sino el sacrificio de uno mismo y la intención de no ser uno mismo sino nosotros mismos.
Es una lástima que las personas capaces de conseguir este tipo de unión pierdan la oportunidad por no saber cuál es el secreto. El matrimonio es un paso muy importante en nuestra transformación, porque, si un hombre y una mujer logran una aceptación mutua total, entonces podrán aceptar a las otras personas también. Por eso se dice que el amor parcial no puede existir. Si alguien ama de verdad, entonces ama a todos y a todo. Quienes lo consiguen hacen un gran servicio a la humanidad.
Que pueda haber una aceptación transitoria muestra que ella es posible. El amor se derrama sobre todo lo que se ve. Por unos momentos el egoísmo deja de existir. Para lograr que esto sea permanente hay que recorrer un largo y arduo camino. Debemos humillarnos en nuestro interior para admitir a ese amor superior.
A fin de comprender que la condición de esta unión es espiritual, debemos revertir nuestra perspectiva habitual de la realidad. En la vida corriente, lo que llamamos la realidad sustancial es la de nuestros cuerpos. Dentro de ellos podemos llegar a experimentar un mundo interior de energías. Se supone que más allá de esto existe un mundo espiritual de voluntades y principios. Pero la verdad es lo contrario. Nuestra realidad no consiste en tener este cuerpo, ni este ser o naturaleza, sino en que somos la encarnación del principio del mundo espiritual. Este es el mundo de los nombres de Dios, como lo llama Ibn Arabi.
El hombre está hecho “a la imagen de Dios” porque los principios espirituales se expresan en él. El principio trivalente de un acto completo de la voluntad – o la tríada – se refleja en nuestra naturaleza. El hombre tiene tres cerebros, cada uno de los cuales trasmite uno de los tres impulsos. En la relación entre esposo y esposa, el hombre y la mujer pueden realizar sus roles afirmativo y receptivo debido a la existencia del Trabajo sobre Sí para reconciliarlos. Aquí el Trabajo sobre Sí es aquella acción que ha sido dada al hombre para permitirle cooperar con los poderes superiores
La totalidad del cosmos se mueve hacia la unidad y la integración, desde un estado de dispersión hacia un estado superior de organización, a partir del cual se origina una nueva creación. En esto consiste la espiritualización de la materia y la realización del espíritu.
El hombre es una especie en evolución. No está en su naturaleza permanecer inactivo. Como individuo, puede entrar en la corriente de evolución y transformarse. Esto no un asunto privado, ni la transformación de la especie es una serie de hombres perfeccionados aislados el uno del otro. El hombre como totalidad se mueve hacia la unidad. En la medida que podamos decir que existe una meta de la evolución humana, toda la raza humana debiera organizarse en una sola experiencia total. Y nadie puede saber cuanto tiempo se necesitará para lograrlo.
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Leer esto verbaliza el interior.

Gracias,

Matarila.

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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Sáb Nov 01, 2014 8:00 pm

“Una mujer que ha despertado
puede despertar a otra mujer
La segunda despierta a su vecina
La tercera puede despertar a la ciudad
Y juntas pueden volver el mundo entero del revés
Pueden formar una algarabía que finalmente
despierte al resto de nosotros
Una mujer con el amanecer en los ojos
Se multiplica.”
(desconozco el autor)https://www.facebook.com/groups/122945237912988/287303018143875/?notif_t=group_activity
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Re: Siempre la Mujer.

Mensaje  mariocesar el Sáb Nov 08, 2014 9:57 am


Grace Garcia
5 de noviembre a la(s) 13:21 ·
El origen de la palabra “feminista”
Incontables veces, me preguntan:
¿Por qué en lugar de “feminista” no te reivindicás como “humanista” o “igualitarista”? ¿No era que el feminismo era un humanismo?
Las razones son dos principalmente:
El movimiento humanista no ha defendido históricamente la igualdad entre varones y mujeres
Muchos humanistas eran también grandes misóginos. Tomemos el ejemplo del iniciador de los Juegos Olímpicos modernos, el francés Pierre de Coubertin. Está asociado en todo el mundo a los ideales de paz y de igualdad supuestamente celebrados por los Juegos.
En realidad, su concepto de igualdad se limitaba a la igualdad entre los varones: consideraba que los Juegos Olímpicos debían ser vedados a las mujeres, porque su participación sería “no práctica,poco
interesante, antiestética e (…) incorrecta”. Los Juegos, pensaba, deben buscar “la exaltación solemne y periódica del atletismo macho con el internacionalismo como base, la lealtad como medio, el arte como marco y el aplauso femenino como recompensa”.
Y sin embargo, todavía hoy en día, se considera a ese misógino como un gran humanista, y muchos estadios, gimnasios, etc., llevan su nombre.
¿Y qué pensar de los masones, estos humanistas destacados, que celebran la libertad, la tolerancia, la justicia social, la paz, pero que en sus estatutos rechazaban a “los siervos y las mujeres”, y entre quienes todavía hoy en día perdura la idea de que las logias no deben ser mixtas?
El humanismo nunca fue ninguna garantía para las mujeres. Hizo falta un movimiento específico de defensa de los derechos de las mujeres para que ellas pudieran ser consideradas ciudadanas y gozar de los mismos derechos que los varones (derecho de votar, de trabajar, de tener una cuenta bancaria. de viajar, de tener o no hijos, de compartir la patria potestad, de casarse, de divorciar, de tener el mismo salario que ellos, de ser dueñas de su cuerpo, cosas que hoy en día, todavía no están garantizadas).
Entonces sí, el feminismo es un igualitarismo, pero la palabra “feminista” permite visibilizar a las mujeres y su lucha específica, y subrayar el hecho de que son ellas las primeras víctimas del patriarcado.
El feminismo lucha por la igualdad entre varones y mujeres, pero esa igualdad se alcanzará cuando se deje de oprimir, maltratar, denigrar a las mujeres, y cuando se acaben con los estereotipos de género que atribuyen a unas y otros cualidades distintas.
Si bien los varones también son “víctimas relativas” del patriarcado, ellos salen favorecidos en la ecuación, aunque les cueste reconocerlo, porque no siempre se sienten favorecidos (evidentemente, existen otras opresiones, de clase, de raza, que los afecta también, y les impiden ver que ante una mujer que esté en las mismas condiciones que ellos, ellos siempre tendrán las de ganar).
Pero hacer de las mujeres el centro de la lucha por la igualdad de género es una manera de recordar que si bien los varones también sufren por el sexismo, las primeras víctimas, a las que liberar en prioridad del yugo patriarcal, son las mujeres.
La otra razón tiene que ver con la historia de la palabra “feminista”.
¿Cuál es el origen de la palabra feminista?
La palabra nació en Francia en el siglo XIX. Durante mucho tiempo, se pensó que la palabra había sido inventada por el filósofo socialista (y favorable a la igualdad entre varones y mujeres) Charles Fourier, quien presenció los inicios del movimiento feminista moderno allá por 1830.
Pero al parecer, se trata de un error. En realidad, el término ya se usaba en medicina. Designaba un trastorno de desarrollo en los varones, que afectaba su “virilidad” y les hacía parecer femeninos.
Pero el primero en usar ese término para designar a las mujeres que luchaban por sus derechos fue en realidad el escritor francés Alexandre Dumas hijo. En 1872, publica “El hombre-mujer”, en el que se burlaba:
“Las feministas, perdón por el neologismo, dicen: todo lo malo viene del hecho de que no se quiere reconocer que la mujer es igual al varón, que hay que darle la misma educación y los mismos derechos que al varón”.
A partir de ese neologismo, la palabra se difundió como una manera despreciativa de designar a las mujeres que luchaban por sus derechos.
Hasta que la sufragista francesa Hubertine Auclert se apropió de la palabra en 1882, del mismo modo que las personas “queer” se apropiaron de ese término, que en un principio era una manera negativa de designar a las personas “raras”.
Reivindicarme “feminista” es una manera de honrar a todas aquellas que me precedieron, lucharon, sufrieron y a veces murieron por que las mujeres tengan los mismos derechos que los varones.
La gente piensa que los derechos fueron adquiridos por arte de magia, o porque algunos varones fueron muy muy generosos y decidieron, en su inmensa bondad, ceder derechos a las mujeres.
Pues no. Las mujeres consiguieron el derecho de voto luchando, peleando, manifestándose, siendo reprimidas, encarceladas, tildadas de locas, de histéricas, exactamente como se tilda de locas e histéricas a las feministas actuales.
Por todas estas mujeres que me precedieron y gracias a las cuales hoy en día soy una ciudadana que goza de casi los mismos derechos que los varones, me reivindico y me reivindicaré siempre FEMINISTA.
Con mucho orgullo y a mucha honra.
Como lo deberían hacer todas las mujeres que hoy, gozan de esos derechos sin siquiera preguntarse gracias a quién, y que luego escupen sobre el feminismo y hasta afirman no necesitarlo. ‪#‎Mujeres‬ ‪#‎Feminismo‬ ‪#‎BC‬
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