Sexo. J. G. Bennett

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Sexo. J. G. Bennett

Mensaje  mariocesar el Dom Ago 28, 2011 11:18 pm


Sexo. J. G. Bennett

Algunos grandes maestros sufies, como Ibn Arabi, dicen que es a través de la unión del hombre y la mujer que el alma se prepara para el amor universal, y que el amor de Dios empieza con el amor de ambos. Cuando dice esto, deja muy en claro que él se refiere a la unión de voluntades. Esta unión es lo que se llama correctamente “matrimonio”, y resulta duro admitir – aunque es la verdad – que el verdadero matrimonio es un hecho excepcional en la vida humana. Sólo acontece en los casos en que existe en ambos contrayentes un potencial para un tipo especial de servicio. Sólo cuando se ha entrado en esa unión se comprende y experimenta el profundo significado del sexo. Entonces es posible verlo como un acto global: desde una unión física sexual hasta una totalidad espiritual. Este es el verdadero misterio del sexo, que posee una energía que trasciende la naturaleza y que constituye el medio por el cual el hombre y la mujer pueden entrar al mundo espiritual.

Probablemente la mejor manera de entender esto es a través de la terminología de la enseñanza sufí que habla de las “moradas”. Tomémoslo como una metáfora de valor indicativo, ya que los temas espirituales están más allá del alcance de nuestro lenguaje corriente. Los Maestros de Sabiduría conciben los grados de unión como tres moradas – o viviendas – del hombre. Se podría decir que ellas existen en las profundidades del corazón humano, en la más íntima naturaleza de su sensibilidad que está más allá del alcance de las emociones comunes.

La primera morada se denomina Beit-ul-Muharem. Muharem significa privado, interior, oculto, proviene de la misma raíz que harem, que es el lugar oculto de la casa donde no pueden entrar extraños. Nuestra naturaleza incompleta precisa de la unión con el otro sexo, la que está mucho más allá de un suceso en el mundo físico. El matrimonio, en el real sentido de la palabra, es un acto de voluntad, una decisión del hombre y de la mujer de aceptarse mutuamente. En esta primera morada, el hombre y la mujer se unen en lo que es la verdadera meta del matrimonio.

Sólo mediante la aceptación incondicional del otro alcanzamos la totalidad del matrimonio. Cuando existe cualquier tipo de reserva, o condicionamiento, o segundas intenciones, la aceptación plena resulta imposible. Esta aceptación no implica subordinación ni ceguera ante los defectos y debilidades del otro. Debemos aceptar con ojos abiertos, bien conscientes de lo que aceptamos. Para que el matrimonio se transforme en una unión espiritual, es necesario estar siempre dispuestos a colocar al otro en primer lugar, y a sí mismo en segundo lugar. Para que esto suceda debe producirse una subordinación del egoísmo. No es fácil, debe haber una tercera fuerza presente. En el sentido cristiano se habla de Cristo o Dios, que participa en la bendición del matrimonio. Los sufíes hablan de la Tercera Fuerza y del Trabajo sobre Sí.

Podemos darnos cuenta de las diferencias visibles de una pareja y del tipo de conflictos que pueden surgir en una relación externa. Cuando nuestro Trabajo sobre nosotros mismos logra un cierto impulso, podemos percibir las diferencias psíquicas que existen internamente. Aún de las fuerzas en conflicto que funcionan entre el hombre y la mujer y que no pueden conciliarse mientras no hayan unido sus voluntades. Creo firmemente que es imposible formar un matrimonio en el verdadero sentido de la palabra sin el Trabajo sobre Sí. El puede conciliar estas fuerzas conflictivas profundas. No es que ellas desaparezcan, más bien se reconcilian, de tal manera que las tres fuerzas – activa, pasiva y conciliadora – se transforman en una y, de hecho, el Trabajo se encarna en ellas.

Resulta extraordinario que en la organización de la naturaleza humana y del proceso de su evolución, esta unión espiritual sea posible a través de la misma relación entre hombre y mujer requerida para la conservación de la especie. Aunque la unión espiritual sea muy diferente de la unión cuya finalidad es la reproducción. Es posible que ocurra sin necesidad alguna del acto sexual, ni siquiera es esencial que el compañero (o compañera) de esta unión esté encarnado. Existe algo llamado unión mística o matrimonio místico que tiene el mismo efecto. Se debe, sí, comprender que esta unión mística es aún más excepcional que el propio matrimonio en la dimensión física, y que sólo puede ocurrir en circunstancias especiales y como resultado de una empresa compartida, de un compromiso conjunto a nivel espiritual.

En este camino llega un determinado momento en la evolución de ambos en que la unidad interior de voluntades es inequívoca, y resulta claro que no existe la dominación del uno sobre el otro y que sus decisiones son idénticas. Sus pensamientos con frecuencia coinciden, sus percepciones se han ampliado hasta el extremo que al mirar algo se dan cuenta de que han compartido la misma visión. Lo más importante es la certeza de que son capaces de aceptar la totalidad de la relación y de que cada uno es absolutamente libre siendo que, al mismo tiempo, hay una unión completa de los dos en uno. El estar conscientes de que no hay exigencias ni deseos de dominar y el darse cuenta de que existe una identidad de voluntades son evidencias de que se está en el Beit-ul-Muharem.

Se alcanza una etapa aún más avanzada en esta evolución interior cuando el hombre y la mujer – habiendo creado en ellos mismos la capacidad de ser – pasan del Beit-ul-Muharem al Beit-ul-Mukades, en un nuevo acto de aceptación. En este lugar pueden entrar los otros. Es más que una morada privada. La palabra Mukades significa “sagrado” y cuando un hombre y una mujer han entrado allí, se han convertido en algo totalmente diferente de lo que fueron. En el budismo, el que ha entrado en esa morada es descrito como el Bodhisatva.

Una vez que se han trascendido a ellos mismos, el hombre y la mujer pueden pasar a una aceptación de la raza humana que Gurdjieff describió como “amor imparcial”, en el que todas las personas son aceptadas interiormente tal como ellos se aceptaron el uno al otro en el Beit-ul-Muharem .

Al considerar la unión del hombre y la mujer, miremos un solo factor dominante: la aceptación. Puede haber una atracción sexual muy fuerte, incluso amor, entre el hombre y la mujer; sin embargo, en su interior se dan cuenta de que no hay una aceptación total y sin reservas. Nada que esté por debajo de la aceptación absoluta podrá desplegar el potencial extraordinario de nuestra naturaleza humana. Se requiere sacrificio, no el sacrificio superficial de los intereses o inclinaciones personales, sino el sacrificio de uno mismo y la intención de no ser uno mismo sino nosotros mismos.

Es una lástima que las personas capaces de conseguir este tipo de unión pierdan la oportunidad por no saber cuál es el secreto. El matrimonio es un paso muy importante en nuestra transformación, porque, si un hombre y una mujer logran una aceptación mutua total, entonces podrán aceptar a las otras personas también. Por eso se dice que el amor parcial no puede existir. Si alguien ama de verdad, entonces ama a todos y a todo. Quienes lo consiguen hacen un gran servicio a la humanidad.

Que pueda haber una aceptación transitoria muestra que ella es posible. El amor se derrama sobre todo lo que se ve. Por unos momentos el egoísmo deja de existir. Para lograr que esto sea permanente hay que recorrer un largo y arduo camino. Debemos humillarnos en nuestro interior para admitir a ese amor superior.

A fin de comprender que la condición de esta unión es espiritual, debemos revertir nuestra perspectiva habitual de la realidad. En la vida corriente, lo que llamamos la realidad sustancial es la de nuestros cuerpos. Dentro de ellos podemos llegar a experimentar un mundo interior de energías. Se supone que más allá de esto existe un mundo espiritual de voluntades y principios. Pero la verdad es lo contrario. Nuestra realidad no consiste en tener este cuerpo, ni este ser o naturaleza, sino en que somos la encarnación del principio del mundo espiritual. Este es el mundo de los nombres de Dios, como lo llama Ibn Arabi.

El hombre está hecho “a la imagen de Dios” porque los principios espirituales se expresan en él. El principio trivalente de un acto completo de la voluntad – o la tríada – se refleja en nuestra naturaleza. El hombre tiene tres cerebros, cada uno de los cuales trasmite uno de los tres impulsos. En la relación entre esposo y esposa, el hombre y la mujer pueden realizar sus roles afirmativo y receptivo debido a la existencia del Trabajo sobre Sí para reconciliarlos. Aquí el Trabajo sobre Sí es aquella acción que ha sido dada al hombre para permitirle cooperar con los poderes superiores

La totalidad del cosmos se mueve hacia la unidad y la integración, desde un estado de dispersión hacia un estado superior de organización, a partir del cual se origina una nueva creación. En esto consiste la espiritualización de la materia y la realización del espíritu.

El hombre es una especie en evolución. No está en su naturaleza permanecer inactivo. Como individuo, puede entrar en la corriente de evolución y transformarse. Esto no un asunto privado, ni la transformación de la especie es una serie de hombres perfeccionados aislados el uno del otro. El hombre como totalidad se mueve hacia la unidad. En la medida que podamos decir que existe una meta de la evolución humana, toda la raza humana debiera organizarse en una sola experiencia total. Y nadie puede saber cuanto tiempo se necesitará para lograrlo.

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Re: Sexo. J. G. Bennett

Mensaje  mariocesar el Vie Ago 02, 2013 10:59 am

Hijos Espirituales De San Pio De Pietrelcina


EL AMOR ES UNA LARGA PACIENCIA
De: Catholic.net
El amor comienza con un sentimiento y sigue con un sentimiento, pero además es una tarea.

Cuando yo era chico, el hombre y la mujer que deseaban entablar una relación medianamente duradera, tenían a su alcance tres instituciones: el noviazgo, el matrimonio y el concubinato. Eso era todo lo que el mercado amoroso le ofrecía.

Con el paso del tiempo aparecieron otras opciones: el matrimonio a prueba, el vivir en pareja con variadas formas de convivencia, compartiendo la cama además de la heladera y el techo, o solo compartiendo la cama y viviendo cada uno donde le plazca, con etapas agregadas a su relación, como sea compartir juntos vacaciones, viajes o temporadas de la clase que ustedes quieran, o ellos quieran. Hay una gran variedad de situaciones. Los de la vieja usanza no sabemos ya que nombre darle.

Los crecidos a la vieja usanza, ya hemos tenído que aprender a no horrorizamos de nada o de casi nada. Antes pasábamos por el altar y después a ponchazos iniciábamos el trámite para la venida del hijo. Ahora, cada día es más frecuente, la llegada al altar con el hijo elaborado, con el hijo ya en camino. Dicen por ahí que hay que alegrarse de las cosas que terminan bien. Alegrémonos que el altar sigue siendo un inicio de una vida nueva, de una nueva vida sino para dos, si para tres.

Los tiempos del amor vienen barajándose distinto, tengamos esperanza de que sea solamente eso, un barajar distinto los tiempos del amor.

Yo no sé si todo el mundo, los de la vieja o nueva usanza, se dan cuenta que en el día del casamiento junto con los variados regalos, también se recibe un regalo especial: una persona.
Esa persona es el otro y esa persona trae consigo un montón de cosas. Todo lo que lleva el otro es también un regalo para mí.

En esa nueva vida en común deberé aprender a convivir con dos dificultades que todos llevamos a cuestas y por lo tanto lo llevamos también como regalo de boda. Uno es el orgullo y el otro es el egoísmo. Cada uno deberá aprender a convivir con el orgullo y el egoísmo del otro, si quiero llegar lejos en la vida matrimonial. Deberé aprender a convivir.

Y en ese nuevo aprender debo estar atento a toda una nueva manera de convivir:

Cuidar mis pensamientos porque se volverán palabras.
Cuidar mis palabras por que se volverán actos.
Cuidar mis actos porque se volverán costumbres.
Cuidar mis costumbres porque se volverán carácter.
Cuidar mi carácter porque influirá en el destino de dos. Y este destino será modelo de vida para los hijos.

Un ciego le preguntó a San Antonio: ¿Qué puede ser peor que perder la vista? Él le respondió: Que pierdas tu visión de las cosas.

La felicidad es un hábito o el resultado de varios hábitos (Aristóteles)

La clave para ser feliz mora en el interior de cada uno (Jesús)

Para ser feliz hay que dejar de culpar a los demás y buscar la causa en nuestra propia mente, en nuestra manera de ver y vivir las cosas.

La felicidad está en la degustación de los valores espirituales.

La felicidad es un asunto del espíritu y si no te gusta lo que recibes de regreso, ¡revisa muy bien lo que estás dando!

La felicidad no consiste en tener buenas cartas, sino en jugar bien las que uno tiene. (Josh Billings)

El amor es una larga paciencia. El verdadero amor está hecho de una vida de paciencia. Todo hombre y toda mujer viven mendigando el amor toda su vida y tenemos que tener la paciencia de darlo y de recibirlo.

El amor comienza con un sentimiento y sigue con un sentimiento, pero además es una tarea: una tarea en la cual la paciencia ocupa un lugar predominante. ¿Cómo se ama de verdad? Se ama de verdad cuando se ama sin esperar nada a cambio. Nada reporta tanta felicidad como hacer feliz al otro sin que siquiera se entere. (Fernando Albercoa). Frecuentemente uno escucha a personas que han roto su matrimonio y confiesan que si hubieran tenido la mitad de la paciencia que tienen en su segunda unión, el primer matrimonio no se hubiera roto.

No se tiene noción del gran daño que se provoca cuando un matrimonio se rompe. Daño mucho mayor cuando hay hijos pequeños. No solamente se daña el yo personal y el de los hijos, sino la comunidad toda sale dañada. Con mi actitud soy como un cáncer que corrompe las actitudes de otros.

En algunos estados de EE.UU. los jueces antes de otorgar el divorcio, llaman a los hijos, si los hay, para saber que dicen y si son de corta edad, solamente otorga la separación pero no el divorcio. Los hijos pueden entender que sus padres no se llevan bien y tengan que estar separados, pero siempre mantienen la esperanza de que un día volverán a convivir como padre y madre. Cuando hay un divorcio y hay nueva unión, con hijos de la nueva pareja, esta esperanza se pierde totalmente, causándoles un daño irreparable. De vivir un dolor con esperanza, pasan a vivir un dolor sin esperanza. Son los hijos de la desesperanza.

Nunca se tiene conciencia de la dimensión del daño que se hace cuando esa pequeña comunidad de a dos se rompe, se astilla y frecuentemente ocurre por una falta de paciencia. Hagamos el esfuerzo y pongamos voluntad para que no nos ocurra esto a nosotros.

Lo que la gente necesita es esperanza: saber que los matrimonios pueden perdurar, no porque los esposos fueron muy inteligentes en su inicio, sino porque pueden ser suficientemente amables y flexibles durante muchos y largos años

Si lo hacemos, nos estaremos no solo ganando el cielo, sino que contribuiremos a la felicidad de otros, empezando por nuestros hijos, si los hay. En definitiva, ¿para qué vive uno? Si no es para ir al paraíso.

Mario César Ingénito La paciencia es la escalera de los filósofos , la humildad la puerta de su jardín. El filósofo es el amante o amigo paciente de SOFÍA, de MARÍA y toda mujer es ELLA...
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Re: Sexo. J. G. Bennett

Mensaje  mariocesar el Sáb Ago 30, 2014 9:55 am

Abdul Haqq Rubin.

El matrimonio es la presencia fisica y cotidiana del maestro
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Re: Sexo. J. G. Bennett

Mensaje  mariocesar el Sáb Ago 30, 2014 10:19 am

Si no te querés casar hacete cristiano. RUMI-
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Re: Sexo. J. G. Bennett

Mensaje  mariocesar el Jue Jul 02, 2015 3:36 am

Historia Zen - Alcanzar la budeidad con el sexo
- Maestro, ¿qué es un Maestro de alcoba?
- Aquél que es capaz de hacer sentir a una mujer, en una sola noche, el origen del orgasmo, respondió el Gurú.
El discípulo preguntó: -¿ Hay niveles de Maestría en la Alcoba?
- Lo que te dije recién es el primer nivel...
El discípulo preguntó: - ¿Cuál es el segundo nivel?
- Regalarle a la mujer tantos orgasmos que en un momento te diga: Dios te manda saludos...
El discípulo se comenzaba a inquietar...- ¿Hay un tercer nivel?
- En el tercer nivel, tu eres Dios...
- Me imagino que ese es el último nivel...
- ¿Último?, aquí comienza otra octava en la Maestría...En este nivel la mujer sana todas sus heridas, se perdona asimisma... En ese instante, tu te conviertes en su compañero, amigo, amante... En ese momento, la mujer es el ser humano más consciente y feliz de este mundo...En ese momento, ya no existe nada más que beatitud... En ese momento se produce el verdadero Matrimonio: La unión del hombre con la matriz de la mujer...
El discípulo comenzó a llorar de felicidad...
- Maestro, que maravilloso sería que todos los hombres puedan saber esto...
- No todos los hombres quieren saberlo, respondió el Maestro. Pero nos compete a nosotros encontrar la forma de llegar a todos...
- ¿Quieres saber cuál es el último nivel en el arte de alcoba?
- No puedo creer que aún falte un nivel más...
En el último nivel el hombre se disuelve, ya no sabe si es hombre o mujer, y tampoco le interesa saberlo...
entonces su mujer, lo mira con mucha dulzura...y le susurra al oído: - Finalmente eres un Hombre...
Tashi delek
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Re: Sexo. J. G. Bennett

Mensaje  mariocesar el Mar Ago 11, 2015 11:02 am

Mujer Nagual
P a r e j a S a g r a d a

El cambio viene por la mujer. La mujer es la que abre la puerta, da el permiso, abre las piernas.
La mujer es la casa de la vida.
El padre da la semilla, la fuerza. El padre jala todo el potencial cósmico en su esperma.
Los huevos son recipientes divinos. Las eyaculaciones atracciones cósmicas.
El poder protector del padre sol lo tenemos dentro nuestro.
El poder creador de la madre tierra lo tenemos dentro nuestro.
El cambio viene por el despertar de lo femenino (el amor) en hombres y mujeres. Femenino y masculino van juntos, uno sin el otro no hacen nada.

Abuela Margarita
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Re: Sexo. J. G. Bennett

Mensaje  mariocesar el Jue Ago 13, 2015 6:21 am

Andrés López
"Éxtasis", de John Donne
© Versión de Juan Carlos Villavicencio,
a partir de traducciones de David Horta Pimentel y otra sin dato editorial.
Donde, como una almohada sobre un lecho,
una Preñada ribera se erguía
para que las violetas reclinen sus cabezas,
nos sentamos los dos, cada uno lo mejor del otro.

Firmemente asidas iban nuestras manos
por un fuerte bálsamo que de ellas provenía,
se entrelazaron las miradas, tejiendo
en una doble trenza nuestros ojos.

Rizar así nuestras manos era entonces
el único medio de hacernos uno,
y las imágenes de nuestros ojos
fueron nuestra única propagación.

Como entre dos Ejércitos iguales, el Destino
aplaza la victoria incierta,
nuestras almas (que a conquistar su condición
salieron de los cuerpos) cuelgan entre ella y yo.

Y mientras ahí nuestras almas negociaban,
yacíamos como estatuas sepulcrales,
todo el día, en la misma posición nos mantuvimos,
y no dijimos nada, todo el día.

Si alguien, tan refinado en el amor
que comprenda el lenguaje de las almas,
y que por el buen amor se hiciera todo espíritu
se detuviera a distancia conveniente,

podría (aún sin saber qué alma hablaba,
porque ambas decían, ambas significaban lo mismo)
hallar un nuevo elixir
y partir más puro que cuando aquí llegó.

Este Éxtasis nos ilumina
(dijimos) y nos revela lo que amamos;
vemos así que no era sexo,
vemos que no veíamos la causa:
pero como cada alma contiene
una amalgama de elementos para sí desconocida,
el amor vuelve a mezclar estas almas diluidas,
haciendo de ambas una –ésta y otra–.

Trasplanta una simple violeta
y su fuerza, tamaño y color
–cuanto en ella era escaso y miserable–
crecerá aún y se multiplicará.

Cuando una con otra el amor
vivifica dos almas,
el alma enriquecida que de ahí fluye
controla los defectos de la soledad.

Nosotros, que somos esta alma renovada,
sabemos de qué estamos compuestos y hechos,
pues los Átomos de los que crecemos
son almas a las que ni un cambio puede invadir.

Mas, oh, ¿por qué tanto tiempo, tan distantes,
nuestros cuerpos hemos olvidado?
Ellos son nuestros, aunque ellos no nos constituyan,
Nosotros somos las inteligencias y ellos la esfera;

les debemos gratitud, pues,
desde el inicio, nos acercaron a nosotros mismos;
nos cedieron sus fuerzas, su sentido
y no son para nosotros escoria sino alivio.

No obra así en el hombre la influencia del cielo,
sino que antes imprime el aire,
para que el alma pueda fluir en el alma
aunque primero repare en nuestro cuerpo.

Como nuestra sangre se afana en engendrar espíritus
en lo que puede semejantes a las almas,
pues tales dedos necesitan tejer
ese sutil nudo que nos hace hombres:

así deben descender las almas de los amantes puros
a los afectos y facultades,
que los sentidos puedan alcanzar y aprehender.
De lo contrario, un gran Príncipe yace encarcelado.
Tornemos pues a nuestros cuerpos, para que
débiles puedan contemplar el amor revelado;
los misterios del amor crecen en el alma,
pero aún el cuerpo es su libro.

Y si algún amante, tal como nosotros,
ha escuchado este diálogo de uno,
déjenlo que nos siga atendiendo;
que vea los pequeños cambios
cuando a nuestros cuerpos hayamos retornado.
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Re: Sexo. J. G. Bennett

Mensaje  mariocesar el Miér Oct 14, 2015 4:18 am

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